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lunes, 25 de enero de 2010

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¿Los intocables de Dios?

José Aurelio Paz

La Habana, lunes, 25 de enero de 2010

El terremoto de Haití no ha desatado pocas preguntas en el ciberespacio. La más reiterativa Taxi Heathrow Airport es dónde estaba Dios que permitió el terremoto. Sazonado todo con el hecho de que los barrios ricos de Puerto Príncipe, custodiados ahora por tropas norteamericanas, apenas sufrieron las consecuencias de la furia volcada sobre los pobres.

En Brasil, las lluvias en demasía de este enero –que han llegado a romper rércords históricos–, dejan también una huella mucho más pálida, pero casi la misma interrogante. La mayoría de las víctimas muertas o sin viviendas pertenecen, de modo general, a zonas fabeladas, mientras los poderosos ven los aguaceros, desde sus altos y lujosos predios, como simple nota romántica y nostálgica, mientras se enteran de las inundaciones por los noticieros.

Ni soy teólogo, ni arquitecto, ni ingeniero para dar respuestas. Solo sé que las evidencias apuntan a salvar a quienes tienen mejores empleos y más ganancias, quienes nacieron en cuna de oro y no tienen que dormir a la intemperie o bajo los puentes de las “rúas”, porque les falta techo.

La noticia, ahora, es la actitud de los de la clase alta en la pobre isla abatida. Muchos han escapado a Miami, tratando de salvarse de otro sismo y esperando a que todo tome su nivel, mientras tanto sus propiedades son salvaguardadas por las “fuerzas del orden” que no dan a basto para socorrer a los damnificados de la tragedia.

Según los datos del Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas (PNUD), Haití ocupa el puesto 108 en la escala de desarrollo humano, país en el cual la población vive por debajo de la línea de la pobreza en un 65 por ciento, teniendo una esperanza de vida que no supera los 50 años. Y si bien se decía que el 47 por ciento sufría de desnutrición crónica y un 60 por ciento moría de VIH-SIDA, constituyendo según la OMS la tasa más alta de mortalidad para todo el Caribe, cómo será a partir de ahora. ¿Entonces, dónde está el futuro y la esperanza para esta gente?

Los medios de prensa, en esa guerra mediática que también se soba, en alguna medida de la tragedia, afirman que en lo más alto de las colinas de Petionville no se ven muertos ni escombros en las calles, y menos saqueos, ya que la mayoría de este sector ha preferido salir del país hasta tanto la situación mejore y el clima imperante se estabilice. Aunque, también agregan, que no sería problema para ellos si sus propiedades hubiesen sucumbido, en tanto una porción extraída de sus cuentas en Europa sería suficiente para volver a construir sus propiedades y, quizás ahora, luego de esta fatal experiencia, reforzadas y hechas a partir de especificidades antisísmicas.

Sin embargo, es como si continuaran existiendo dos paisajes diferentes dentro de una misma isla, solo que ahora de modo diferente y con muchas más diferencias de las que hasta ahora avergonzaban.

Hablando en términos de movimimientos de cámara en televisión, antes la gente hacía lo que se llama un till-up; o sea, usted movía la vista desde las márgenes de las colinas, donde la mayoría de la población haitiana vivía en casuchas (la más de las veces inventadas, sin planos arquitectónicos ni otros diseños que no fueran los impuestos por la necesidad y la carencia de espacios) hasta llegar a la cima en la cual la lúgubre vista se encendía con lujosas mansiones de tonos pasteles. Hoy ocurre al revés. Ahora lo que predomina es una mirada a lo till-down; es decir, sus ojos se posan en las estructuras de lo alto, apenas dañadas, y baja hasta ese amasijo de escombros y cuerpos que es la realidad de los pobres.

¿Qué es lo que salva el paisaje, entonces, de la desesperanza, amén de los que se hayan podido ir huyendo sin importales, para nada, el sufrimiento que dejan atrás, con sus chequeras intactas en los bolsillos y quizás con algún apartamento de su propiedad en Miami Beach o en la Quinta Avenida de Nueva York como destino? La solidaridad de la gente, esa geografía unitaria em que socorristas de muchas partes del mundo, dejando atrás las comodidades de su hogar y su país, y al riesgo de que puedan ser presa de otro embate de la Naturaleza, están allí para patentizar que el cataclismo mayor sería que la Humanidad perdiera su sentido solidario.

Un custodio de una de las mansiones de lo alto de las colinas de Petionville, mientras cuida y da mantenimiento a la propiedad de su patrón, comentaba a un reportero que aquello parecía una broma de mal gusto en que ‘los de arriba’ habían sido como los intocables de Dios, mientras abajo se vive un infierno. Y cualquiera tiene el derecho a preguntarse,y hasta a dudar como Tomás –en esa visión humana y limitada que nos asiste–, si resulta factible la justicia divina o si la Naturaleza, como Creación del Supremo para sus criaturas, se le ha escapado de las manos a Dios. Mas a lo que jamás se puede renunciar es al sentido restaurador de la esperanza, verificado en el sacrificio y la resurección de Jesucristo.

Costará trabajo, esfuerzos y años, mas Haití volverá a levantarse no como tierra maldecida, sino como pueblo que tiene derecho a un futuro y a una esperanza. Regresarán a la isla quienes, ahora, han huído como ratas salvando su propio pellejo y su dinero. Mas en los planes de Dios, estoy convencido, estará mucho más estrecho el ojo de la aguja, por el cual tendrán que pasar estos ricos, para ser admitidos en el Reino de los Cielos.