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martes, 1 de septiembre de 2009

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Cuando el hombre despertó, la crisis todavía estaba allí

Cuando el hombre despertó, la crisis todavía estaba allí

José Aurelio Paz

La Habana, martes, 1 de septiembre de 2009

El famoso minicuento de Monterroso sobre el dinosaurio, se me antoja, ahora, ilustrativo de cuanto Taxi Heathrow Airport acontece en el mundo y hago la siguiente paráfrasis: “Cuando el hombre se despertó todavía la crisis estaba allí”.

Hemos repetido tantas y tantas veces, desde los medios y desde el púlpito, que “vivimos en un mundo de crisis”, que ya, prácticamente, nos hemos acostumbrados a convivir con esa frase, como quien comparte habitación con un dinosaurio que ronca, apacible, seguro de que no será expulsado por nosotros.

Para la sociedad se trata de un “asunto global”, para la Iglesia un “signo de los últimos tiempos” y ambas aprovechan su filón aterrador de un Apocalipsis común y rara vez lo que atesora un proverbio anónimo que reza: “las crisis son oportunidades de cambio.”

Por estos días ha circulado por la Internet un texto sobre el tema, supuestamente escrito por Albert Einstein. Si tenemos en cuenta que el genial científico vivió entre los años 1879 y 1955, y las crisis económicas son procesos cíclicos según los economistas, bien pudiera ser de su autoría. Sin embargo, prácticas anteriores de algunos internautas de endosarles falsos textos a figuras como Borges o García Márquez da mala espina.

Ahora bien, independientemente de ello, y mientras algunos se desvían de lo esencial para buscar la autenticidad o no de su autoría, creo que vale la pena volver sobre esas líneas, breves, pero que encarnan una posibilidad de ver el fenómeno desde otra perspectiva más positiva.

La idea planteada es la siguiente: "No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis, es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado.”

¡Quién nos va a hacer cuento a los cubanos de eso! Hemos vivido en perenne crisis, ya sea
por el bloqueo norteamericano impuesto a la Isla, las trabas burocráticas internas, la caída del llamado Campo Socialista, una economía que no acaba de ser sustentable como modelo único en el mundo de hoy y, ahora, la crisis mundial. Si algo nos ha salvado, junto al buen humor que nos asiste hasta en los momentos más críticos, ha sido, precisamente, esa creatividad.

Recuerdo que era el año 1961. Los establecimientos comerciales de la Isla habían casi colapsado al ser asumidos como usufructo estatal por el gobierno revolucionario que había nacionalizado las empresas extranjeras. Se carecía, entonces, de muchos objetos utilitarios y escaseaba la ropa y los zapatos. Pero no sé por qué extraña razón había una sobredosis de rollos de soga en las tiendas. De inmediato, la imaginería popular saltó como el fuego al yute y comenzaron a aparecer hermosas carteras tejidas, precisamente, con ese material que las mujeres compraban y teñían con tinturas de Yodo, Rojoaceptil, Azul de Metileno o algún otro medicamento que tuviera color, las cuales, hoy en día, dejarían boquiabierta a la propia firma de modas Victoria Secret.  

Pero, volviendo a la raíz del asunto, el texto continúa diciendo: “Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.”

Y aquí quiero proponer un ejercicio intelectual. Miremos hacia el interior de la Iglesia como institución. Hagamos una exégesis de estas ideas (sean de Einstein o no) para cuestionarnos si como Cuerpo de Cristo -y dado que conocemos esos períodos de sequías y pestes que acontecen en las historias bíblicas y que hemos estudiado desde niños-, estamos preparados, suficientemente, para enfrentar con un sentido esperanzador, no solo escatológico, el momento actual que vivimos. Dejo la respuesta a los teólogos y a los historiadores, aunque todos y todas la intuyamos.

A veces me parece que no se entiende bien el mensaje redentor de la Cruz, ese Reino que no solo puede ser promesa, sino debe comenzarse a construir desde ahora, en medio de esta crisis. Y es cuando se superpone, a todo intento restaurador de Dios, ese evangelismo a ultranza de absolutizadores propósitos que se consume en una vieja frase como “ganar almas para Cristo”, a tenor de utilizar el miedo, cual instrumento, como quien organiza el tenebroso itinerario de un tren al cual no sabemos si lograremos montarnos o no, para escapar de este mundo en destrucción.

Si como dicen los filósofos “la palabra es la envoltura material del pensamiento”, entonces tenemos que ser cuidadosos del discurso fatuo, que no vaya acompañado de acciones concretas, o que utilice falsas palabras. Cuando escucho un vocablo, tan de moda en los últimos tiempos, utilizado por las jerarquías eclesiales como el de “acompañamiento al pueblo”, tiemblo. Acompañar a alguien presupone una posición por encima del problema que no siempre te hace partícipe de él en todo su dramatismo, en tanto posee un sabor más cercano a la caridad pública que a la verdadera participación en la solución de los conflictos.

El texto concluye dejando sentado que:

“La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia.

“El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.

“Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla."

Si verdaderamente Einsten lo escribió ¡felicidades! Si no, también a quien o a quienes se le ocurrió la idea de lanzar esta pequeña “mina”  antipersonal al ciberespacio, en tanto sus esquirlas hieren para provocar una reflexión colectiva enrumbada hacia cómo debemos vivir el momento actual lejos, precisamente, de esa “crisis de incompetencia” que señala el texto.

Un escritor como Honoré de Balzac viene a ratificar esa tesis cuando plantea que “En las grandes crisis el corazón se rompe o se curte”. Mientras que Arthur Ward agregaba:“El fracaso es demora, pero no derrota; es desvío transitorio, no callejón sin salida”. Sin embargo, el hombre que hizo temblar a los Estados Unidos por una narración radial que anunciaba la inminente invasión de los marcianos a la Tierra, Herbert George Wells, fue quien me hizo meditar más seriamente sobre el asunto: “La crisis de hoy es el chiste de mañana”, afirmó y yo me pregunto: ¿Logremos conseguir que así sea? ¿Seremos capaces de sentarnos, más temprano que tarde, a la puerta de nuestra casa común, el mundo, para reírnos de las tragedias de estos tiempos y verlas como algo pasajero?