Reflexiones para el Tercer Domingo de Cuaresma
martes, 10 de marzo de 2009
LECCIONARIO “B”
Por Telésforo Isaac
Salmo 19: 7-14
Éxodo 20: 1-17
Romanos 7: 13-25
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Juan 2: 13-22
Lectura Salmo 19
El Salmo 19 en los versículos del 7 al 14, es una composición poética en que el salmista expresa su convicción, que los preceptos, las virtudes, las leyes, los mandamientos y los juicios de Dios son cualidades maravillosas del Divino Creador y demuestran su majestad y esencia de orden y virtudes.
El salmista da a entender que es deseable el conformarse a los mandamientos de Dios y a la disciplina de las criaturas hechas a su imagen y semejanza.
Para el autor, los seres humanos deben desear el cumplimiento de estas leyes y virtudes “deseadas más que el oro fino y la dulzura de la miel que mana del panal”. La vida del creyente y su conducta deben dar testimonio, fidelidad y sencillez de corazón.
Este salmo termina en el versículo 14 con la cita más usada con que comienzan los predicadores sus sermones o mensajes en las iglesias históricas. Salmo 19: 14: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor, Roca mía y Redentor mío”.
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Lectura del Antiguo Testamento: Éxodo 20: 1-17
La lectura del libro del Éxodo 20: 1-17, es una de las porciones bíblicas mejor conocidas por ser los Diez Mandamientos de Dios dados a Moisés para el pueblo hebreo.
Podemos observar que el salmo 19 en sus versículos 7-14, sirve para preparar la mente al hacer mención de las leyes, mandamientos y virtudes de Dios y de la disciplina que se debe llevar para estar conforme a los preceptos del Señor.
La porción del salmo 19, es apropiada para la introducción a los Diez Mandamientos que corresponden a la lectura del Antiguo Testamento en este Tercer Domingo en Cuaresma.
Es de notar que los Diez Mandamientos, según el libro del Éxodo, tienen una serie de observaciones negativas que el siervo de Dios debe conocer y evitar para preservar su conducta y estar limpio de pecado.
En Éxodo 20: 1-17, los mandamientos tienen dieciocho No o Ni, que son palabras para enfatizar lo que no se debe hacer o permitir que se haga. Muchas veces oímos decir que la religión cristiana es una serie de negativas en lugar de ser indicaciones de acciones positivas a seguir.
Se sobreentiende que el ser humano desde la creación ha sido terco, indisciplinado y dado a usar su libre albedrío, haciendo lo contrario a los dictámenes de Dios y violando los mandamientos y socavando las virtudes; por tanto, hay la necesidad de ser enfático, como en el caso del lenguaje imperativo de los Diez Mandamientos que insisten en decir: “No te hagas o ni permitas que se haga…”.
La ley de Dios o los Diez Mandamientos equivalen a la acción, palabra y potencia dinámica del Señor para instruir, orientar, moldear y establecer parámetros para la necesaria condición y conducta que los seres humanos deben observar en sus relaciones con Dios, con el prójimo y consigo mismo.
Sabemos que las leyes, los mandamientos, los preceptos y las ordenanzas deben ser inculcadas, enfatizadas, repetidas y a veces exigidas con un enfático y contundente: “No se debe hacer, no se debe permitir”. Atendiendo esto los Diez Mandamientos recalcan: “No y ni” para imponer el precepto divino.
Cuando decimos que Dios habló o escribió o dio las leyes o los Diez Mandamientos u ordenanzas nos referimos a metáforas bíblicas que son expresiones del carácter y las exigencias o demandas de la Divinidad que en realidad son acciones de gracia para ayudar a la humanidad en su comportamiento.
Los Diez Mandamientos tuvieron mucha valía en el momento cuando fueron dados al pueblo hebreo mediante Moisés. Ayer como hoy esas reglas y normas continúan constante e invariables y tiene el mismo peso de antaño, pues sirven para mantener la presión, el equilibrio, la estabilidad, la demarcación entre la Divinidad y los seres humanos y la buena relación de los componentes de las comunidades y pueblos. Los fundamentos y requerimientos de las ordenanzas del Señor son para acondicionar la disciplina, conducta y calidad social, a fin de que se viva en paz, armonía y con respeto a la dignidad de los congéneres..
El decálogo o la Tabla de Mandamientos, según Éxodo 20: 1-17, tiene dos enfoques bien marcados, la primera face tiene cuatro mandamientos que rigen la manera de relacionarse con Dios:
1. No tendrás otros dioses
2. No te harás imagen alguna (para rendirle culto)
3. No invocarás en falso el nombre de Dios
4. Recuerda el día de descanso para santificarlo
Los hebreos habían sido liberados de la esclavitud en Egipto, tenían la necesidad de concretar y promulgar leyes, ordenanzas y mandamientos propios para la nueva etapa en la historia de ese pueblo. Era preciso que el pueblo reconociera a YHWH (Yahvé, Jehová, Adonai, Señor Dios, El Shadai, El Elion, El Betel, Elroi, El Berit, El Elohe-Israel, Elohim) como el único y verdadero Dios y que su Dios es celoso, no admite imágenes para desviar la atención o socavar la pureza de la religión, ni permitir el uso indebido de su santo nombre. Se estableció un día para descansar y rendir culto a Dios quien había liberado el pueblo de las garras opresoras, de la explotación y duro trabajo de los faraones.
Se entiende que los esclavos hebreos trabajaban sin descanso alguno, pero ahora el pueblo tenía la oportunidad de acomodar su vida, de modo que se pudiera rendir culto a Yahvé y al mismo tiempo reposar de las faenas del diario vivir. Así se estableció el Sabat (día de descanso).
Los seis restantes mandamientos del decálogo son reglas de buena relación y conducta que los individuos están llamados a observar como miembros de la comunidad. Estos mandamientos precisan:
1. La honra debida a los progenitores
2. La condena de asesinar
3. La vileza de cometer adulterio
4. La deshonra de robar
5. El descrédito de dar falso testimonio contra el prójimo
6. Lo impropio de codiciar lo ajeno.
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Lectura del Nuevo Testamento: Romanos 7: 13-25
En la porción de la epístola o carta del apóstol Pablo a los Romanos 7: 13-25, hay una expresión muy personal del autor, pero que es algo generalizado en toda la humanidad. Pablo dice que “el pecado está en mí”. Esta confesión es una de las más intrigantes de un creyente cristiano, de un apóstol, de un fiel seguidor de Cristo, de un teólogo, de una mente preclara que sobre sale por su entendimiento de las cosas de Dios y las propiedades religiosas de los seres humanos.
Pablo reconoce la debilidad humana, expresa que somos vulnerables principalmente porque usamos malamente el libre albedrío que Dios nos ha dado desde la creación. Para el apóstol, hay una fuerza que se impone y domina la mente, el corazón, el alma, la conducta y nos incapacita para hacer lo que es bueno.
Si tomamos los conceptos de Pablo en forma literal, podríamos creer que la naturaleza del pecador no es propia de él, sino culpa del pecado que está interno en el corazón dominando la conciencia y los hechos humanos.
La forma de exponer “el pecado está en mí”, según San Pablo es aparentemente una excusa o una forma de atribuir la culpabilidad de los hechos pecaminosos aun imperativos de carácter indomable y siempre presentes en el ser humano.
El Creador hizo el mundo y todo lo que en el existe y vio que era bueno. Dios creó al ser humano; lo creó parecido a sí mismo: hombre y mujer los creó. El Señor dio potestad al ser humano sobre las aves, los animales, los peces, y le dio la responsabilidad y el patrimonio de cultivar y cuidar el medio ambiente.
“Puedes comer del fruto de todos los árboles del jardín, menos del árbol del bien y del mal”. El ser humano hizo exactamente lo contrario a la voluntad y dictamen de la Divinidad. Desobedeció el mandato de no comer de ese árbol prohibido.
Cuando Dios quiso requerir del hombre y la mujer del por qué de su desobediencia, éstos sintieron vergüenza y se escondieron al ser interrogados por el Señor, el hombre se excusó diciendo que fue la mujer que lo indujo a aprovecharse del árbol. La mujer dijo que fue la serpiente quien le hizo quebrantar la orden del Creador, y la serpiente había dicho: “Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman del fruto de ese árbol podrían saber lo que es bueno y lo que es malo, y que entonces serán como Dios” (Génesis 3:5).
Como vemos, desde el principio la humanidad ha tenido la falta de delicadeza para acusar a otros. Eso lo vemos hoy por nuestras propias actuaciones, por la conducta de los que nos rodean, en fin, por los hombres y mujeres de este mundo en que vivimos; pues siempre echamos la culpa a otros o a las circunstancias que nos rodean y terminamos diciendo como Adán y Eva: “Yo no tengo la culpa”; o como Pablo: “En mi naturaleza humana estoy vendido como esclavo del pecado. No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero y en cambio aquello que odio es precisamente lo que hago” (Romanos 7: 14-15).
El autor de la carta a los Romanos parece decir con esta parte de su misiva: “Soy pecador, pero la culpa no es mía. Realmente pienso mal, hablo mal y me conduzco inadecuadamente porque el pecado que yace en mí provoca la separación de Dios, el deslizamiento a la mala conducta, a las desavenencias con el prójimo, a la indisciplina personal y a la incapacidad de razonar y ser virtuoso”.
El capítulo 7 de la carta de San Pablo termina con una exclamación de derrota, de ruina espiritual e incapacidad de razonar conforme a los mandatos de Dios y los principios éticos-morales que exige la buena conducta del creyente.
Para Pablo lo único que le salva es el sometimiento a la ley de Dios, porque sólo así se puede liberar del poder de la muerte.
¡Desdichado de mí! Es un grito de dolor, de angustia y de incapacidad, mas, el apóstol hace notar que sólo se salva por medio de nuestro Señor Jesucristo.
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Lectura del Santo Evangelio: San Juan 2: 13-22
El Evangelio correspondiente a este Tercer Domingo en Cuaresma, nos narra el hecho de la purificación del Templo por Jesús.
El Profeta de Nazaret fue a Jerusalén cuando se acercaba la fiesta de Pascua de los judíos [1]como lo hacían muchos de su época. Encontró en el templo a vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a cambistas de dinero. Los bueyes, las ovejas y las palomas estaban allí en venta para los que intentaban ofrecer dones y sacrificios durante la época de la pascua.
Los cambistas estaban allí para ponerse a la orden, a fin de facilitar a los judíos, que venían de todo el mundo conocido de entonces, para ofrecer sacrificios y dones en Jerusalén y tenían la necesidad de cambiar el dinero extranjero en moneda de curso legal en Jerusalén.
Era tradición la llegada de los judíos de la diáspora para la fiesta de la pascua y el templo y sus alrededores se convertían en un mar de gente, animales, vendedores y cambistas en actividades seculares de negocios para satisfacer a los peregrinos en sus actividades religiosas y cívicas.
Cuando Jesús vio la algarabía y el desorden, posiblemente la suciedad de los animales, la basura y las actividades seculares no piadosas, dijo: “Me consume el celo por tu casa”. Esta expresión dicha por Jesús, fue la chispa para que el Maestro y Profeta de Galilea tomara unas cuerdas, hiciera un látigo y echara a todos del templo junto con los animales.
Echó el dinero de los cambistas al suelo, volcó las mesas y dijo: “¡Saquen esto de aquí, no hagan un mercado de la Casa de mi Padre!” [2]
Uno puede imaginarse el impacto que causó ese alboroto de la acción deliberada de Jesús de azotar a los vendedores y cambistas arrojando sus monedas al piso, y echar a los animales fuera del recinto sagrado del templo.
Con esta acción Jesús significó que el templo es en realidad Casa de Oración, lugar sagrado, morada de Dios y Santuario de Adoración, y no recinto de consumismo y actividades seculares..
