Comentario Segundo Domingo de Cuaresma
lunes, 2 de marzo de 2009
Por Telésforo Isaac
Salmo 16 ó 16: 5-11
Génesis 22: 1-14
Romanos 8: 31-39
San Taxi Heathrow Airport Marcos 8: 31-38
Lectura de los Salmos: Salmo 16 ó 16: 5-11
El Salmo 16 es un poema que sirvió de oración para expresar confianza, seguridad, esperanza, y la complacencia que toma Dios en los santos que están en la tierra, a los íntegros a quienes mostrará la senda de la vida. A éstos les será dada alegría en el corazón y gozo en el espíritu, y el Soberano “no los dejará al sepulcro, sino que tendrán deleite pleno de gozo para siempre”. (Salmo 16:10).
Se comprende que la oración del salmista contiene metáforas que no deben ser tomadas como imágenes concretas, sino como formas de exponer de manera poética cómo Dios acoge y guarda a los que bendicen su nombre. Este salmo es una figura particular de la mentalidad religiosa hebrea de expresar la interpretación de la relación entre Dios y los que son considerados sus santos que viven en la tierra.
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Primera lectura: Génesis 22: 1-14
El relato de Génesis 22:1-14, es un anticipo de la forma en que Dios propicia el sacrificio de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor: “Pues Dios en su inmensa misericordia entregó a su Único Hijo Jesucristo, para sufrir muerte en la cruz por nuestra redención”[1][1]. Más aún: “Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros”. (Romanos 8:32).
El hecho de la redención se ve proyectado en el acontecimiento cuando Dios puso a prueba la fe de Abraham y le dijo: “Toma a Isaac, tu hijo único, al que tanto amas…ofrécelo en holocausto sobre el cerro que yo te señalaré”. (Génesis 22: 2).
Al analizar esta prueba singular en que Dios pone a Abraham, vemos que no sólo es asunto de la fe que tuvo él en el Señor, o un sentimiento personal de apego filial, sino más bien del sacrificio del único hijo del patriarca que le nació en la vejez de él y de su esposa Sara y quien, según la promesa de Dios, estaba destinado a ser “el padre de una nación grande y fuerte” y por eso a pesar de la vejez tendrían un hijo, y éste fue Isaac, al que ahora Dios le ordena sacrificar.
Por fe, Abraham obedeció a Dios y fue al lugar para ofrecer el holocausto sobre el cerro que Él le señalaría. Abraham tenía conocimiento y esperanza de ser padre de multitudes; sin embargo, accedió al mandato divino para ofrecer lo que él más quería y en quien se cumpliría la promesa de tener descendientes que formarían una gran nación y mediante quien Dios bendeciría a todas las familias del mundo.
La profundidad de la fe del patriarca Abraham, su voluntad para ofrecer en sacrificio a su hijo Isaac, es una conmovedora historia que nos llama la atención y al mismo tiempo nos da un hálito de esperanza y la seguridad que al obedecer a Dios, Él corresponderá proveyendo lo que realmente es nuestra necesidad.
Por eso, Abraham cumplió al consentir y estar disponible para sacrificar su hijo; mas, Dios dio lo necesario para sustituir a Isaac por un carnero ofrecido en holocausto en lugar del hijo de Sara la madre de las naciones y de Abraham el padre de multitudes.
Cuando los cristianos hacen la voluntad de Dios aun con grandes sacrificios, se puede confiar en que Dios proveerá lo necesario, tal como lo hizo en el caso de Abraham por su abnegación de sacrificar a su hijo Isaac.
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Lectura del Nuevo Testamento: Romanos 8: 31-39
En esta parte de la carta del apóstol San Pablo, Romanos 8:31-39, él hace la más amplia exposición de cómo entiende la fe cristiana, cuál es la condición que aporta la confianza y qué significa tener una relación con Dios a través de su Hijo Jesucristo.
Pablo entiende que el hecho de conocer, aceptar y afianzar la fe, la esperanza y el amor a Dios hacen que el creyente tenga una mejor relación con la Divinidad, con el prójimo y consigo mismo. Cuando esa relación es permanente y enriquecida hay ganancias más que victoriosas que prevalecen.
La fe da seguridad a la esperanza, hace concreto el apoyo que se tiene en Dios, hace preciso la promesa y afirma el compromiso del Creador por la acción demostrada. El hecho de cumplir con el deber de amar a Dios sobre todo y amar al prójimo como a si mismo dará muestra de que el Señor está a favor del creyente, y por tanto nada ni nadie podrá estar en su contra. Como Pablo, se pueden hacer las siguientes preguntas que son realmente indicaciones de seguridad:
“¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo?” (Romanos 8:35). El amor de Dios manifestado en Jesucristo se hizo realidad en el Verbo Encarnado, en la vida y obra del profeta, en la pasión, crucifixión y triunfo sobre la muerte al resucitar. Aún más, Cristo está a la derecha de Dios, rogando e intercediendo por nosotros. “Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8).
El punto culminante del mensaje en la reflexión teológica de la carta de San Pablo a los Romanos está en el capitulo 8:37-39. En estos versículos Pablo consigna que el cristiano lo tiene todo en Cristo.
Hay un amarre consistente, permanente y eterno entre el creyente y Dios; porque por la fe y la esperanza cimentadas en el amor no hay lugar para separar, debilitar, socavar, interponer cizañas, contradicciones ni conflictos.
Pablo reitera que el cristiano sale vencedor por medio de aquel que nos amó. Dios es amor y los que aman al Señor consagrando su vida en Jesucristo, aguardan plena confianza, porque lo tienen todo y sienten resguardo y acierto contra desavenencias, contrariedades, sean éstas síquicas, emocionales, físicas o de índole espiritual. Por tanto, afirmamos como Pablo: “¿Qué más podremos decir? ¡Que si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar en contra nuestra!” (Romanos 8:31).
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Santo Evangelio: San Marcos 8: 31-38
En San Marcos 8:31-38, Jesús anuncia su muerte al comenzar a señalar que: el Hijo del Hombre tendría que sufrir mucho y que sería rechazado y muerto, pero que resucitaría a los tres días. El profeta de Nazaret expone aquí que el propósito de la venida del Hijo del Hombre en espacio y tiempo: “fue para servir y no ser servido y dar su vida como precio por la libertad de muchos.” (San Marcos 10:45).
Jesús quiso señalar en forma concreta que el destino del enviado de Dios para la liberación y salvación del pueblo conlleva sufrimiento, muerte y eventualmente exaltación por el poder a la gloria de Dios; pero el pueblo judío tenía la expectativa de que el libertador y salvador tendría la figura del Mesías que en verdad era una figura humana con capacidad y características como el rey David. Debido a esta enraizada forma de pensar, el anuncio de Jesús causó sorpresa al decir lo que le esperaba.
Ante esta disyuntiva, Pedro, quién era de los íntimos de Jesús, lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo; pues este discípulo no podía concebir que su líder, el potencial Mesías, padeciera de sufrimiento y mucho menos de muerte.
A pesar de que Pedro quiso ser discreto con el Maestro y se fue con Él aparte para reprocharle por lo que Él acababa de enseñar; de manera chocante, Jesús se volvió, miró a los discípulos y reprendió a Pedro delante de ellos diciéndole: “¡Apártate de mi Satanás! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”. (San Marcos 8:33b).
Desde luego, Pedro había expresado la memoria colectiva y la expectativa milenaria del pueblo judío, pero Jesús entendía que su vocación y destino tenía dimensión y alcance más allá del pueblo hebreo, porque Dios en su gran amor liberaría al mundo por la sangre de su Hijo y por tanto la expiación es universal en el plan de redención del Creador y no una consignación particularizada a un pueblo, aunque este conglomerado se ufanaba al decir y creer que era escogido y exclusivo del Hacedor del mundo.
Luego de la reprimenda de Jesús a Pedro, el Maestro llamó y habló a sus discípulos y a la gente. Retó a todos con la siguiente sentencia: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame.” (San Marcos 8:38).
Este veredicto pronunciado por Jesús, que con toda seguridad fue chocante, porque Él acababa de descifrar las características de su destino y ahora invitaba a sus discípulos y a la gente a seguirle con el entendimiento de que llegarían a tener las mismas experiencias de sufrimiento, desprendimiento de sí mismos, y a cargar la cruz con la pesadez, la ignonimia y la vergüenza que conlleva.
Como si lo anterior fuera poco, el Profeta Jesús continuó recalcando: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y el mensaje de salvación, la salvará.” (San Marcos 8:35).
La primera sentencia de Jesús fue chocante. El segundo veredicto, sin duda alguna, causó pánico, porque el Profeta dijo en forma enfática: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida.” (San Marcos 8:36). Con seguridad Jesús tenía en mente la dimensión de la vida eterna. Como Él diría posteriormente: “El que cree en mi, aunque muera, vivirá.” (San Juan 11:25).
Más aún, el Hijo del Hombre continuó su adoctrinamiento con la siguiente pregunta: “¿Cuánto podrá pagar el hombre por su vida?” (San Marcos 8:37). El ser humano no tiene capacidad para solventar su existencia en esta frágil tierra, nuestro hogar insular. Sólo Dios por la redención del mundo, con la sangre de Cristo puede pagar la deuda de los pecadores.
Cristo expresó: “Pues, si alguno se avergüenza de mi y de mi mensaje…el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y con los santos ángeles.” (San Marcos 8:38). Ésta será la consecuencia del que niega al Señor o se avergüenza de su mensaje.
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[1][1] Libro de Oración Común, La Gran Plegaria Eucarística, pág. 256.
