Una luz que no debe apagarse
Claudia Florentín, Diciembre 12, 2007
Hace pocos días, mientras la comunidad judía celebraba su festividad de Januká, hice el ejercicio Taxi Heathrow Airport de evocar esa historia. La resistencia del pueblo judío que se recuerda en la Fiesta de las Luminarias, finalizada ayer, no nos debe ser ajena. Su relato se encuentra en los libros de los Macabeos, llamados deuterocanónicos o, durante años, "apócrifos".
Antíoco, rey de Siria, regía la región de Judea. Cuando tomó Jerusalén, prohibió el judaísmo e intentó establecer el culto a los dioses griegos. Judá y sus cuatro hermanos formaron un ejército y se identificaron con el nombre de "Macabeos" (Macabi significa martillo) debido a la forma en que luchaban: caían sorpresivamente sobre sus enemigos y rápidamente desaparecían tras eliminarlos. Luego de tres años de luchas, los Macabeos resultaron vencedores y alejaron a los sirios del territorio de Israel recuperando el Templo en Jerusalem.
Mientras recordaba esa epopeya, llegó a mis manos una historia que me conmovió profundamente y quise compartirla, porque conociendo la historia, las tradiciones, la vida de quienes caminan a nuestro lado, es como iremos venciendo los funamentalismos, los temores, los prejuicios.
La historia dice así: Hace varios años, un médico del sur de Francia se puso en contacto conmigo. Su nieta estaba enferma. Sus médicos estaban desconcertados ante una enfermedad que desconocían. Me pidió, después de leer varios de mis artículos, que le dijera que hacer.
Su nieta tenía síntomas que parecían coincidir con aquellos que yo había escrito, y él me preguntó si lo podría ayudar. Durante muchos meses colaboré con la niña francesa y sus médicos, por teléfono y fax, dirigiendo sus pruebas de diagnóstico.
Finalmente tuvimos un diagnóstico, y les dije lo que deberían hacer.
Al cabo de unos meses tuvo una milagrosa recuperación. Sus abuelos expresaron su profundo agradecimiento y me dijeron que si algún día viajaba a Francia que los llame, para encontrarnos personalmente.
En el verano de 1996, fui invitado a hablar en una gran reunión científica internacional que se realizó en Niza, Francia. Les avisé que estaría allí y recibí una invitación para ir a su casa a cenar.
Durante la cena me dijo que su esposa estaba enferma y que no se sentía bien, pero había insistido en participar de la reunión.
Después de la cena, nos sentamos en el salón, y saboreamos cogñac.
Después de un tiempo, la mujer me preguntó, "Mi esposo me dice que usted es judío".
Hablamos sobre judaísmo, pero ella estaba especialmente interesada en la festividad de Januka. Yo no entendía porque.
Una vez que había terminado de contestar todas sus preguntas, ella me dijo: "tengo algo que quiero darle". Ella desapareció y regresó varios minutos después con un paquete envuelto en una tela gastada y antigua. Comenzó a hablar lentamente.
"Cuando era una niña de ocho años, durante la segunda guerra mundial, las autoridades alemanas llegaron a nuestro pueblo y a las casas de todos los judíos. Mi mejor amiga en ese momento, era una niña de mi edad que se llamaba Jeanette. Una mañana vi como su familia era obligada a punta de pistola a subir en un camión. Corrí a mi casa a contarle lo sucedido a mi madre y preguntarle a donde se fue Jeanette."
Los alemanes tomaron todo lo de valor — salvo las cosas judaicas, que lanzaron a la calle. Cuando me acerqué, vi un objeto en la calle, lo tomé y me acordé que Jeanette y su familia lo usaban para encender velas.
Pensé, lo voy a tener hasta que Jeanette regrese. Pero ella y su familia nunca regresaron.
Hizo un silencio y lentamente tomo un sorbo de brandy.
Muchos años mantuve este paquete en secreto, esperando una señal para saber a quien entregárselo. Esperaba algo y no sabía que. Ahora sé lo que estaba esperando. Lo esperaba a Usted, a un judío, que ayudó a nuestra nieta a curarse, y es en usted que puedo confiar este pequeño paquete.
Sus temblorosas manos me lo dieron. Lentamente quite el paño que lo cubría.
Al abrirlo vi una menorah, pero diferente de cualquier otra que yo había visto antes. Hecha de latón, con ocho pequeños recipientes donde colocar el aceite y las mechas y un noveno, mas salto que los otros. Tenía una arandela en la parte superior, y la mujer mencionó que recordaba que la familia de Jeanette lo colgaba en el pasillo de su hogar.
Cuando lo envolví, comencé a llorar. No sabía que decir.
Ella me dijo: "estas luces no deben volver a apagarse".
Este Januka, como lo he hecho en los últimos años, encendemos la menorah una vez más, para ver su luz. Una luz que nunca dejaremos que se apague. Esa es la promesa que nos hicimos y que le hicimos a Jeanette, aun sin conocerla.
Esta historia la vivió el Dr. Blair P. Grubbs, quien es profesor de medicina y pediatra en el Medical College of Ohio.
La historia de Januka es la eterna lucha del pueblo por seguir siendo judíos.
-------------------------------------------------------------------------
Yo recuerdo aquella frase de la Escritura que permanece aún hoy en el emblema de la Iglesia Valdense: LUX LUCET IN TENEBRIS.
Que la Luz pueda seguir brillando.
La historia del Dr. Grubbs es publicada con permiso del Rabinato de la comunidad Benei Tikva, Buenos Aires, Argentina

Portada
Inicio