La responsabilidad cívica y la importancia de cada voto
Raúl Scialabba, BUENOS AIRES, Argentina, Octubre 25, 2007
Reflexiones acerca de las elecciones del 28 de octubre
Para muchos argentinos, el 28 de Taxi Heathrow Airport
octubre próximo será una fecha especial, ya que con libreta en mano, antes de ingresar al cuarto oscuro, creerán por unas horas que son ciudadanos de pleno derecho en una sociedad en donde los gobernantes y los dirigentes políticos le demuestran a diario lo contrario.
Parecemos pacientes en estado vegetativo que recuperásemos la conciencia y la memoria, sólo momentáneamente y para votar.
Jesús, en el Sermón del Monte, nos dejó el desafío a los cristianos en manera magistral, el ser sal y luz en este mundo.
Nos mostró con su mensaje que ser buenos ciudadanos es algo más que la firma en el documento después de emitir el voto, cada dos años.
Particularmente en la Argentina, cada elección nos muestra cómo, candidatos y estructuras partidarias, estudian estrategias para acercarse a la ciudadanía, tratando de mostrar –cada vez con menos éxito- sus bondades personales y las de la política.
Como cristianos sabemos que tenemos una doble ciudadanía: la llamada ciudadanía del Reino de Dios, pero también la de “este” reino humano, reino que exhibe el divorcio existente entre la política, la religión y los valores.
Cada uno de nosotros en la vida diaria inevitablemente, hace política.
Por acción o por omisión, optamos, decidimos, elegimos frente a distintas circunstancias que se nos presentan, sean éstas en nuestra vida familiar, de trabajo, de relación o de estudio.
Aún cuando comprobemos que política y fe van por carriles separados, estamos llamados a encontrar maneras de articular pensamiento y acción.
Esto no significa que los cristianos alcancen uniformidad de criterio, pero si necesitamos involucrarnos, y particularmente ante un hecho eleccionario cada uno debe hacerlo en el partido que mejor lo represente o con el candidato que mayormente lo represente.
La importancia de una elección como la que tendremos, es por demás significativa. Quienes resulten electos nos gobernarán e impulsarán medidas, acciones y leyes que influirán sobre cada uno de nosotros en el futuro inmediato.
Con nuestro voto estaremos apoyando a quienes creemos que mejor llevarán adelante nuestras convicciones sobre lo que significa el bien, la vida, la justicia, y quisiéramos que con sus acciones den testimonio de ello.
Debemos tener en cuenta que la conciencia cristiana no permite apoyar leyes que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de nuestra fe.
La vida democrática necesita fundamentos verdaderos y sólidos, esto es principios éticos que no son negociables.
Desde nuestra formación como nación, la economía ha sido el factor predominante en el descenlace de los acontecimientos de la historia pasada y presente, pero sin embargo los problemas nacionales tienen raíces más profundas que las que pueden alcanzar los análisis económicos.
Es interesante comprobar que la sociedad argentina no ha podido resolver problemas esenciales que hacen a su constitución como nación y que los mismos se han mantenido por décadas y amenazan con acompañarnos sin resolución ya próximos al Bicentenario.
Estas son:
Crisis de valores y vacío moral; demostrado en los altísimos niveles de corrupción generalizada.
Desequilibrio cultural y social; representado por la falta de igualdad de oportunidades.
Pérdida de confianza y esperanza; corporizada en la ausencia de un proyecto de nación.
No representatividad de los dirigentes sociales en todos sus niveles; ejemplificada en la falta de idoneidad para ocupar cargos públicos.
Olvido del bien común; en contraposición al interés individual y a la búsqueda de beneficios personales o sectoriales.
Falta de justicia en todos los órdenes por el olvido de normas que llevan a premiar lo bueno y castigar lo malo.
Tras analizar todos estos casos, uno puede preguntarse si acaso las cuestiones éticas en la política le importan a la ciudadanía.
Si así fuera, ¿por qué se premia a los partidos que han hecho del clientelismo, de la falta de transparencia, prácticas frecuentes?
Quizás el problema radique en que buena parte de la sociedad no percibe que la mayoría de los dirigentes que hoy aspiran a liderar la oposición vayan a actuar de manera diferente de quienes hoy nos gobiernan.
Podría ser ésa una primera hipótesis.
Personalmente, adheriría a una segunda hipótesis, sin descartar por eso la primera. Esta segunda hipótesis se vincula con una particular cultura política, basada en una vieja tendencia a preferir liderazgos fuertes, aun con reminiscencias caudillistas y aun cuando sus tentaciones hegemónicas a veces socaven a las propias instituciones.
En otras palabras, los argentinos todavía preferimos tener gobernantes fuertes, antes que instituciones sólidas.
Si pretendemos cambios, sepamos que nuestro voto es importante. Pensemos que con él, debemos ayudar a elegir legisladores que se preocupen por terminar con el hambre y la pobreza, la seguridad de personas y bienes, la protección de la vida y de la familia, un mejoramiento cualitativo y cuantitativo de la educación, el cuidado de nuestros menores, el combatir todo tipo de esclavitud como lo son la trata de mujeres, la prostitución y las drogas, todo ello en un marco de honestidad y transparencia.
No podemos dejar de mencionar la importancia del cuidado del medio ambiente, la de una economía que más allá de los índices fríos se ocupe de las personas y del bienestar general, de la salud como un derecho inalienable, la igualdad de oportunidades, el impartir justicia en tiempo y forma, el respeto a la ley y a las normas, el diálogo por sobre la violencia, la solidaridad frente al consumismo y el repudio al terrorismo y la violencia armada.
El Señor ha dado dones a cada ser humano para ser usados para el mejoramiento de la sociedad en la que nos toca vivir, mientras esperamos que El venga.
Nuestra responsabilidad evangélica, -la de transmitir las buenas nuevas-, debe hacerse sentir e influir a través de nuestro voto para que éste luego se transforme en legislaciones y medidas de gobierno acordes con ello.
Contrastar nuestros principios de fe cristiana con las propuestas y promesas partidarias, haciéndolo a a la luz del Evangelio, nos ayudará a decidir a la hora de votar.
Ninguna iglesia puede pues, imponerle a sus miembros partido ni candidato alguno, debiendo cada uno elegir en conciencia y en oración la opción que mejor crea, representa la voluntad de Dios para la hora actual.

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