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Jueves 30 de Agosto, 2007

Cristiana salvadoreña, servidora fiel

Hector Fernandez, CIUDAD DE MÉXICO, México, Agosto 21, 2007

En memoria de
Vilma Elizabeth Fernández Espino. 1946- 2007
 

Hija y hermana de pastores luteranos salvadoreños, entre los que se encuentra nuestro padre, el reverendo Héctor Fernández Herrera, perteneciente a la primera generación de pastores de esa confesión en aquel país, la experiencia de crecer en un hogar cristiano con vocación pastoral fueron algunos factores que le ayudaron a interpretar y desarrollar su vida como compromiso a vivir como fiel seguidora de Jesús,  portadora de la Buena  Nueva. No fueron necesarios para ella ritos litúrgicos, que aunque se los ofrecieron, sin despreciarlos, priorizó la practica cristiana con alto contenido ético.

Desde niña cultivo el amor por los necesitados, trasmitió siempre la misericordia de Dios.
Tanto en El Salvador, como en México desarrolló un ministerio reconocido sobretodo por los y las pobres de aquellos países y por hermanos/as de otras latitudes que conocieron su testimonio de los años de guerra en El Salvador.

En la Colonia El Ajusco, localizada en el Distrito Federal en la Ciudad de México, lugar donde vivió sus últimos años de vida, compartió el amor de Dios con los mas necesitados. Su humilde pero acogedor hogar, donde aun hoy se observan flores de diferentes tamaños y colores, hablan de su amor por la creación de Dios, por la vida. Las personas niños, niñas, jóvenes, adultos que la conocieron, hablan de ella con mucho amor y admiración; sintieron en ella a Dios acompañándoles, experimentaron, que su hogar era espacio de la comunidad, donde la comida y bebida aunque en muchas ocasiones escasa, sobreabundaba, porque  hacia el milagro del compartir.

Como hermano puedo decir que creo que hay algo que ella no logró visualizar en toda su dimensión: es el impacto evangélico, en el sentido de Buena Noticia que provocó en las vidas de muchas personas de los lugares donde Dios le permitió vivir, pero sobretodo en aquellas que estaban más cerca de ella en los últimos años, en la Colonia El Ajusco.

Entre otras enseñanzas que ella nos deja, está ahora muy presente y vivo el hecho que la iglesia institucionalizada, si quiere ser realmente Iglesia de Cristo, no puede ni debe estar cautiva por institucionalismos, jerarquías, burocracias, dependencia absoluta de proyectos económicos que dificultan y porque no decirlo estorban y colocan una cortina de humo a la proclamación del Evangelio, sino que necesita sobretodo ser una proclamación coherente con la práctica.

La Iglesia popular, de los y las pobres en esta América Latina, no ha perdido una cristiana consecuente militante del movimiento de Jesús, más bien su vida de sacrificio, de entrega a los que al igual que ella son económicamente pobres, nos motiva, alienta a continuar construyendo la iglesia de los y las pobres en nuestra América Latina.

Sus hijos, su familia, la gran familia, el pueblo de Dios en el Ajusco, México, animados/as con el impacto de su ejemplo continuaremos en nuestra lucha, que fue también su lucha, por hacer prevalecer la luz del Evangelio en medio de un mundo de tinieblas. Y ella seguirá muy presente, viva en nuestras mentes y corazones, pero sobretodo en la fe proyectada en la acción.

Su memoria nos invita a consolidar y profundizar nuestro compromiso, ha continuar en la construcción de la Iglesia de la cual ella fue parte activa e importante: la Iglesia de los descalzos y descalzas, la Iglesia de Cristo que como ella nos enseñó, debe ser casa abierta; Iglesia  sin muros, burocracia, jerarquía y ritualismo vació; Iglesia que desarrolla sus encuentros, con los recursos limitados que con amor cada quien pone al servicio de los otros, las otras y allí se multiplican; la Iglesia del Cristo de la calle, del Cristo que trasforma sobretodo con el ejemplo, con la entrega con la militancia de toda la vida.

Vilma continuara caminando, hablando, trabajando en la Iglesia de los y las pobres de nuestra América Latina, del Ajusco, de El Salvador y otros lugares donde los hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas que siendo parte activa de la Iglesia popular sigamos firmes y seguros en el camino de liberación que inicio Jesucristo y en el cual nos acompaña Cristo, Monseñor Romero y todos los mártires de la iglesia.

En este sentido en ella se hacen realidad las palabras del autor del Apocalipsis al decir: Bienaventuradas desde ahora las que mueren en el Señor, porque sus acciones con ellas siguen.