![José Aurelio Paz, periodista cubano. [Foto: CLAI.]](/picture/Paz_Jose_-_Quito_2004_46b5cf.jpg)
Con Dios me levanto...¿Con Dios me acuesto?
José Aurelio Paz, Curazao, Julio 26, 2007
desde Curazao, Antilla holandesa
Una Isla es el mundo en miniatura. Para entenderlo hay que Taxi Heathrow Airport vivir la experiencia. Ese cerco perennne del océano aporta un sentimiento a lo Robinson Crusoe de abandono y, a la vez, de soledad que propicia, como espejismo, cierto gigantismo insano al creer que nada existe fuera de ella y que todo es perfecto, cuando el espíritu de continente es mucho más tolerante y ddemocrático a la hora de moldear actitudes humanas.
De paso por Curazo, “con Dios me acuesto, con Dios me levanto”, como reza el viejo verso infantil conque las abuelas pretendían reafirmar nuestra fe en el momento exacto de irnos a la cama. La nostalgia en que, a veces, transcurren los días del extranjero hace que te aferres más a esas anclas invisibles que la fe tiende.
Pero, a mi modo de ver, en una isla como esta, que vive del comercio, la frase se inviete para abrir la interrogación que da título a estas reflexiones: “Con Dios me levanto, pero... ¿con Dios me acuesto?
Curazao, destino de cruceros y cargueros de petróleo, es una roca seca que apenas produce algo. Todo lo importa. Aquí apenas llueve, por aquí no pasan los ciclones y nunca hace frío. Incluso, el agua potable se la da, en préstamo, el mar, luego de un complejo proceso de desalinización que dispara sus costos convirtiéndole en un producto casi de lujo.
Este pequeño pedazo de Holanda, en medio del Caribe, suma a su típica arquitectura colores estridentes. Si bien el contraste le asigna una característica única, según una anédota local su colorido de rojos, azules y amarillos intensos no viene dado por el ardiente carácter de la región, como muchos creen, sino es huella de la vieja estrategia de un gobernador que, muchos años atrás, impuso esa paletada de tonos para promover, bajo pretexto identitario, su particular negocio de pinturas.
Tiene, como encanto adicional, un mercado agrícola flotante. Barquitos que llegan, desde la vecina Venezuela, para competir en precios, oferta y frescura con las verduras y vegetales congelados llegados desde Holanda.
Curazao es una especie de Torre de Babel, tendida sobre este mar lleno de leyendas de piratas, que hace converger culturas y razas, religiones y mecardos, de manera tan profusa que establece feudos: los supermercados pertenecen a familias chinas u holandesas; la mueblería a los árabes; el comercio de ropa resulta privativo de los indúes y las joyerías y los grandes setores financieros están en manos de los judios, con una importante presencia histórica en este lugar.
También, como signo “distinguible”, la isla tiene numerosos casinos, uno de los más famosos y antiguos prostíbulos de Latinoamérica y una base naval norteamericana, destinada al control estratégico de la región, de la cual no se habla en los medios locales y es como un incómodo fantasma, gruardado en el arcón del desván, que sólo se hace visible cuando alguna que otra fragata atraviesa el puerto con sus militares sobre la borda.
Así, aquí se amanece en medio de una amalgama de olores y costumbres, de saumerios y ceremonias que pretenden hacer de cada día el más productivo. Todos los comerciantes “se levantan con Dios”, o mejor dicho, con su dios.
No hay establecimiento que abra sin, primero, ser “purificado” como templo. De manera que, por las expresiones cúlticas, puede usted perfectamente definir qué fe profesan sus dueños. Canciones evangélicas de alabanza se mezclan con letanías cantadas a los dioses Brahamä, Mahoma o Alá; como tampoco falta el festivo ritmo de tumba curazaleña con letras cristianas.
En unos se coloca una Biblia, en lugar visible, para que presida el inmueble; en otros profusión dioses indués, un gran Buda, flores, alimentos, velas de olor e inciensos que son manejados, por hábiles manos, como varitas de la fortuna que perfuman todos los rincones, incluso, dentro de las cajas registradoras para que el dinero fluya en abundancia como las antiguas peticiones bíblicas de trigo, leche y miel... Todo un “congreso ecuménico” de prácticas que, significativamente, no incluyen los ritos de la santería o el bodú en una isla de esencias africanas, como parte del Caribe a donde vino a recalar el pecado de la esclavitud.
Para el comerciante resulta decisivo el primer cliente. Si una persona entra a una tienda, al abrirse esta, y no compra algo, ello se traduce como signo de mal augurio. De manera que, bajo un sutil acoso que le enamora, será el momento ideal para pedir rebajas o la suspensión del impuesto. Los vendedores, de manera dadivosa y condescenciente, por única vez en el día, accederán a su reclamo por tal de que sea usted la llave de un día provechoso en sus aspiraciones financieras.
Al mediodía, bajo el sofocante calor de la isla, ya pocos se acuerdan que se levantaron con Dios, como no sea que alguna vela o incienso permanecen encendidos. A esa hora, en lugar de música cristiana, indú o árabe, habrá colocada una emisora local que reseñe el asalto perpetrado a un ciudadano la noche anterior, el último modelo de auto, el más reciente accidente o el número ganador de la lotería.
Difícil sería precisar qué sucede después que las rejas de los pequeños negocios caen como la tarde y sus dueños van a casa. Si, realmente, “se acuestan con Dios” o Dios para ellos es solo un asesor invisible de mercado, talismán de la suerte para engordar cuentas bancarias lejos de toda memoria posible del pasaje bíblico que relata la irrupción de Jesús, en el templo, látigo en mano.
Quizás se queden dormidos, aferrados al mando de su televisor de pantalla de plasma, mientras la CNN continúa hablando del último ataque suicida, del calentamiento global, de los nuevos secuestros, de la pandemia del SIDA, de las olas de emigrantes o de la explotación infantil. Es posible que el cansancio del día haya vencido a los “pobrecitos” antes de hacer una pequeñísima oración, que selle la jornada, con la petición de un mundo donde el principal valor de cambio sea el Shalom, como expresión magna de la fraternidad humana y de la relación amorosa con el Creador.
No dudo, entonces, de que Yhavé, Alá, Mahoma o Yojoshuah ben Yossef, no puedan conciliar el sueño preocupados por el destino de sus criaturas, encerrados en la oscura caja de caudales hasta la próxima mañana.

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