
“Buenos aires” para el ecumenismo latinoamericano (II Parte)
Juan Fonseca, LIMA, Perú, Marzo 12, 2007
El movimiento y la institución
La actividad central en el evento fue la Asamblea en Taxi Heathrow Airport sí misma. Conducidos bajo la Junta Directiva saliente, cerca de 140 delegados tuvieron la complicada tarea de aprobar informes y documentos, así como elegir a la nueva Junta Directiva.
Por los comentarios previos en los pasillos se preveía un ambiente relativamente tenso por las diversas corrientes de opinión respecto al desempeño de la actual administración del CLAI. Fue importante la decisión de los asambleístas de cambiar el orden de la agenda para permitir que dos documentos claves –“Realidad y perspectivas del movimiento ecuménico en América Latina” y “Visiones y desafíos para el ministerio del CLAI”- fuesen leídos antes de las elecciones. Ambas presentaciones se acoplaron muy bien, y creo que marcan el rumbo futuro del CLAI como institución preservadora y promotora del ecumenismo latinoamericano. Las elecciones fueron moderadamente reñidas y permitieron la elección del Obispo Murray como nuevo presidente del CLAI. En su discurso de aceptación, Murray remarcó el significado reivindicativo de la elección de un afrodescendiente en el más alto puesto de una entidad de la envergadura del CLAI.
Este punto me lleva a algunas reflexiones respecto al rol del CLAI como espacio de inclusión y diversidad. El CLAI y el movimiento ecuménico en general han sido y siguen siendo los espacios de más clara defensa de la diversidad, la inclusión y la tolerancia en el espacio cristiano del continente. Sin embargo, cuando la prédica reivindicativa y la defensa de la equidad se convierten en instrumentos de búsqueda de poder, dañan su esencia ética.
En ese sentido, se notó en la Asamblea la constante voz de los grupos indígenas que, con toda justicia, reclamaban mayor presencia e inclusión en el organismo ecuménico. Se recibieron con agrado los cambios en países como Bolivia y Perú, en donde los indígenas han logrado puestos importantes en el gobierno (estuvieron en la Asamblea la congresista peruana María Sumire y la exministra boliviana Casimira Rodríguez, ambas mujeres indígenas). No obstante, a veces resulta asfixiante el constante discurso “desde la trinchera” que caracteriza a la elite dirigente indígena. El reclamo constante por sus derechos no va acompañado de propuestas concretas para la inclusión, no solo de ellos, sino también de otros grupos que sufren marginación. La victimización da buenos resultados, pero también puede ocasionar la fatiga de quienes vemos en nuestro hermanos indígenas, no sólo su historia de opresión o su color de piel, sino personas que, como todos y todas, merecen respeto y deben respeto. Me pregunto por qué nuestro hermanos indígenas no reclaman con el mismo vigor por los derechos de los afroamericanos, discapacitados u homosexuales, que son también grupos marginados en las sociedades latinoamericanas.
Debo señalar que eso también se nota en otros grupos “marginados” como la mujeres y los jóvenes, que usualmente solo formulan sus demandas y propuestas a partir de una identidad colectiva cerrada y enfrentada a las otras. El día que los jóvenes reclamen por los derechos de las mujeres, o los indígenas luchen por la discriminación de los discapacitados, creo que habremos superado esta fase de lucha exclusivista y atomizada. Las identidades cada vez son más cruzadas y menos exclusivas.
Asimismo, resulta preocupante que los intereses inclusivos del CLAI sigan excluyendo a grupos que también sufren otro tipo de discriminaciones, a veces mucho más sutiles y dolorosas. Los discursos de un hermano invidente en varios pasajes de la Asamblea muestran el silencio del CLAI respecto a los discapacitados en todas sus formas. Asimismo, los niños, los inmigrantes, los homosexuales y los enfermos de VIH, entre otros, son grupos que aún no tienen voz y menos voto en la fraternidad ecuménica latinoamericana. Hay que comprender que las categorías de exclusión o marginación cruzan ahora las rígidas fronteras rico-pobre u opresor-oprimido que predominaron en el pensamiento tradicional del ecumenismo. Hay maldad y pecado en todos los sectores, y también luz y esperanza en cada uno de ellos. Los excluidos tienen ahora rostros nuevos y cambiantes, cuya voz no debe ser silenciada.
Con respecto a la naturaleza del movimiento, muchos comentaron sobre el giro pro-pentecostal y pro-evangélico que el CLAI parece estar dando en los últimos años. En primer lugar, creo que es saludable que la institución abra sus brazos hacia el interior del movimiento protestante conservador, que es el mayoritario en el continente. El reconocimiento que los esfuerzos de unidad cristiana no han sido exclusivos al entorno del CLAI, sino que también han estado presentes en el medio evangélico, es un paso adelante. Ese reconocimiento debe ir acompañado de una actitud abierta y proactiva hacia el gran sector evangélico latinoamericano, en especial a las nuevas formas de organización eclesial (las comunidades cristianas) que son una manera diferente y contextual de hacer misión. Los esfuerzos de la actual administración del CLAI son en ese sentido positivos y ya están dando sus frutos. La admisión de varias iglesias pentecostales y evangélicas al seno de la institución en la última asamblea, es una muestra de los buenos resultados de ese acercamiento. Las iglesias históricas no deben ver eso como una amenaza sino como la apertura de una nueva fase del ecumenismo latinoamericano.
Sin embargo, sí puede resultar preocupante que, en aras de lograr la incorporación del evangelicalismo, el CLAI neutralice su rico legado de denuncia profética, tolerancia y diálogo interreligioso. Debemos entender que la especificidad del ecumenismo latinoamericano no está en lo que comparte con el evangelicalismo, sino con aquello que éste no consideró: la visión holística de la misión y del rol de la Iglesia en el mundo. Por ello, es fundamental que la revisión de los paradigmas ideológicos y teológicos del ecumenismo latinoamericano, no renuncien a esa “osadía ética” que siempre tuvo optando por la comodidad del discurso “políticamente correcto”.
A pesar de estas reflexiones críticas, que son absolutamente debatibles, creo que en general el movimiento ecuménico latinoamericano, y el CLAI como su portavoz privilegiado, están experimentando un buen cambio de aires. Las nuevas generaciones del liderazgo ecuménico tienen una gran tarea por delante. Con nuevos paradigmas y nuevos contextos, pero sin olvidar el legado histórico que los une con Edimburgo 1910 o Huampaní 1982. Latinoamérica entera espera que la voz de esperanza y de liberación del cristianismo ecuménico no se apague, sino que se oiga más fuerte.
Historiador – Pontificia Universidad Católica del Perú
Iglesia de Dios del Perú
Asesor teológico de la V Asamblea General del CLAI

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