Volver al inicio

Sábado 1 de Setiembre, 2007

Juan Sepúlveda

Entrevista: Dafne Sabanes, BUENOS AIRES, Argentina, Febrero 27, 2007

“Ministerio, carisma y poder” y “La iglesia y los desafíos éticos” son dos de los Taxi Heathrow Airport temas centrales discutidos en el Foro Teológico durante las sesiones de la V Asamblea del Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI) que se celebró en Buenos Aires, Argentina, del 19 al 24 de febrero. Los documentos que dan sustento a las reflexiones del Foro Teológico fueron preparados basados en el debate surgido en las iglesias, organizaciones y grupos ecuménicos que forman parte del CLAI en las distintas regiones del continente.

En esta entrevista, el pastor Juan Sepúlveda, teólogo pentecostal chileno, quien participó en ambas sesiones del Foro, ahonda en sus percepciones sobre las cuestiones planteadas en estos debates.

ALC: ¿Qué preocupaciones hay en las  iglesias ecuménicas en torno al carisma y al poder?

Juan Sepúlveda: Mi lectura es que las iglesias del campo evangélico han sufrido un impacto muy fuerte de lo que ocurre en el campo pentecostal, sobre todo en los movimientos llamados apostólicos, que ha significado un desafío muy grande a las estructuras eclesiales tradicionales. Por ejemplo, en Chile estamos viendo que hay iglesias que han cambiado totalmente su estructura a partir del trabajo celular. Ayer escuchamos en el debate en plenario la preocupación porque hay iglesias que han dejado de utilizar la Biblia. Surgen líderes apostólicos cuyo liderazgo tiene un status superior al de los liderazgos tradicionales y esto tiende a reemplazar el magisterio de la enseñanza basado en la Biblia, con las consecuencias que esto conlleva. Todas estas situaciones, frente a las iglesias tradicionales, significan un desafío que por un lado se presenta como amenaza, que puede afectar hasta la existencia misma de esa iglesia en particular, pero a la vez como atracción. Está la atracción a imitar estilos en la predicación, en la imagen pastoral, en la manera de ser iglesia. Hay temor y rechazo, pero también claudicación ante este proceso de cambio cultural-religioso. Desde las iglesias ecuménicas, entonces se ve la necesidad de hacer una revisión del significado de términos como “carisma” y “poder” porque son muy utilizados en el ambiente de los nuevos movimientos e iglesias pentecostales, neopentecostales y renovadas que surgen hoy en día. La pregunta de fondo es la pregunta por la renovación eclesiástica. Vivimos en un tiempo en el cual la renovación se han convertido en casi una necesidad de supervivencia para muchas iglesias, al punto que pareciera ser que una iglesia que no se renueva es una iglesia que no tiene futuro. La pregunta rondaría entonces en renovarse con qué fines, y además, de qué manera se mantiene la identidad, la historia de las iglesias y el mensaje de Jesucristo en esta búsqueda de renovación.

ALC: Muchas veces encontramos iglesias y movimientos misioneros evangélicos  nuevos que invitan a seminarios, conferencias, grandes encuentros si mencionar a Dios, a Jesús ni al Espíritu Santo en la convocatoria, pero que hablan de guerras y batallas. ¿Cómo se explica esta tendencia y qué reflexiones hay sobre el tema en el campo ecuménico?

Juan Sepúlveda: Existe una visión del ministerio muy beligerante, que busca el poder, y que creo que poco tiene que ver con lo que Jesús predicó, con su ministerio cimentado en la gente del pueblo, en las mujeres, los pobres, los niños, los enfermos, en la confianza en el cambio y en la justicia, a pesar de los poderes que pretenden dominarnos. El predominio de estas visiones de la misión nos desafía a profundizar en el modelo de Jesús, un modelo que involucra a toda la comunidad. El modelo del carisma tiende a sobredimensionar a determinados líderes en desmedro de la comunidad, que termina alabando y elogiando a su líder pero no es una comunidad sacerdotal. Rescatar los carismas y sacarlos del límite de lo emocional, ubicarlos en las personas que integran la comunidad, sin discriminaciones, para su servicio es vital. Además, estos grupos han producido un retroceso en el reconocimiento de los cambios sociales, por ejemplo, en el reconocimiento del lugar de las mujeres en el ministerio de la vida de la iglesia. Pero también ocurre con la juventud. ¿O acaso el único rol que pueden cumplir los jóvenes en las iglesias es encargarse de la alabanza, del canto, de tocar los instrumentos musicales? ¿O no hay todo otro campo muchísimo más amplio donde pueden actuar los jóvenes frente a los desafíos que enfrenta ellos mismos a diario? Lo mismo ocurre con la cuestión indígena,  donde lo cultural pasa a ser folklórico y mostrado como tal y no se tiene en cuenta la espiritualidad de los pueblos indígenas ni su modo de ser Iglesia.  Podríamos agregar el tema de los discapacitados, en los que existen carismas diferenciados que también hacen aportes valiosos a la vida de la iglesia. En los grupos que trabajaron los documentos, estos temas han salido con claridad, apuntando a la necesidad de contar con iglesias que sean inclusivas y que contribuyan con un nuevo modelo de vida a la sociedad.

ALC: ¿Cómo llegamos a una iglesia donde los fieles dejen de ser meros receptores y cumplan con el llamado al sacerdocio universal de todos los creyentes?

Juan Sepúlveda: Me interesó escuchar una vez a Emilio Castro en un debate sobre este tema, en el que señalaba que no es cuestión de rechazar de plano estos nuevos modelos de ministerio, sino ver de qué manera se llega con el mensaje de Jesucristo no sólo desde lo racional. Pero es cierto que hay congregaciones donde los fieles se han convertido en meros espectadores. El pastor se convierte en el chamán que tiene el poder para cambiar las cosas y las comunidades de fe pierden la posibilidad de ejercer su carisma como comunidades sanadoras, acogedoras, participativas. Es importante tomar de los nuevos movimientos aquello que puede enriquecer a nuestras iglesias, con un discernimiento bíblico y también sociológico. La renovación es importante, pero recordemos que nosotros recibimos el Evangelio de Jesucristo hace dos mil años. Y es esa  palabra la que debemos continuar interpretando para hacerla pertinente en nuestro tiempo. Hay que mantener esa tensión entre esa buena nueva, anunciada hace siglos, y su significado en este momento.

ALC: El crecimiento numérico de las iglesias ha hecho pensar a muchos líderes en la posibilidad de lograr poder político. ¿Cuáles son las preocupaciones de las iglesias ecuménicas sobre este tema?

Juan Sepúlveda: En la reunión de la Región Andina del CLAI, que elaboró el documento sobre “Ministerio, carisma y poder”, se discutió mucho este tema. Se escucharon voces críticas a la tentación del poder. Hubo quienes recordaron que desde las filas evangélicas se criticó históricamente el vínculo entre la Iglesia Católica Romana y el poder político, que existe desde épocas coloniales. Pero a la vez se observa una tentación de copiar el mismo modelo. Hay quienes sostienen que podemos hacerlo porque los evangélicos somos mejores, tenemos el Evangelio puro, y que por ello debemos lograr incidencia política. Hay una aspiración a ocupar ese lugar en la sociedad y definirle a los políticos como hay que hacer las cosas. Frente a esto, hay quienes dicen que hay que tener cuidado con las tentaciones del poder. Pero también están los que sostienen que si nos quedamos temerosos sin hablar ni actuar estaremos evadiendo un campo en el que también puede haber lugar para el testimonio cristiano. Las preguntas en torno a esto están vinculadas a cómo se entra en este campo, sobre todo sabiendo que las iglesias protestantes y evangélicas tenemos una tradición muy fuerte de separación entre la Iglesia y el Estado. Se habla, entonces de pensar el poder como servicio con señales poderosas de que los intereses de la comunidad están primero, asumiendo la función pública y la acción política con esa perspectiva. Debemos comprender también que la política tiene su dinámica, que la negociación es inevitable y que no podemos entrar en ella ingenuamente.

ALC ¿Cómo jugaría la ética evangélica o protestante en todo esto?

Juan Sepúlveda: Creo que lo importante es que las iglesias intervengan en los grandes debates que se están dando en nuestra región en la actualidad, dando a conocer que teniendo opiniones distintas podemos hablar con una voz cuando es necesario y que nos asumimos como una voz entre otras, algo que a la Iglesia Católica Romana le cuesta muchísimo aceptar, por ejemplo. Tenemos que tratar de persuadir a las autoridades, a los políticos, a los líderes sociales  y a la sociedad toda con nuestros aportes, cuya validez está dada por sus fundamentos y no por quienes somos ni porque digamos hablar en el nombre de Dios. Creo que debemos aportar a la construcción de una sociedad plural, que respeta y valora la diversidad. Cuando hablamos de ética, esto es crucial.