Luces y sombras de la Reforma
Manuel López, MADRID, España, Noviembre 15, 2006
Una alumna de una institución de enseñanza teológica me pide que le describa en unas pocas líneas mi opinión sobre el tema objeto de un trabajo que está realizando sobre "Luces y sombras de la Reforma Protestante".
Sobre la marcha, pues sé que los buenos estudiantes primero trabajan sus temas y sólo al final recurren a la opinión de teóricos expertos, por lo que le urge mi respuesta, me pongo manos al teclado y me sale esto:
“Luces y sombras de la Reforma”
“Luces.- Muchas y absolutamente determinantes. Ningún otro acontecimiento histórico ha propiciado la serie de cambios en cadena -a mejor- que los que impulsó la Reforma Protestante en los campos más diversos, no sólo en la esfera eclesiástica y el orden espiritual.
“[Cito sólo dos que me son próximos. Uno, la difusión de la Biblia impresa, que contribuyó a que la tasa de analfabetismo en la Europa Protestante pudiera ir cayendo en picado. Otro, la formulación de la Ética protestante, que hoy inspira la mayoría de los Libros de Estilo de las Redacciones de los medios más serios e influyentes en todo el mundo.]
“Sombras.- No faltan: las guerras de religión, el sometimiento a los príncipes y el compadreo con los banqueros, el clericalismo protestante profesional que ha apuntalado iglesias pastor-céntricas en vez de comunidades proféticas de fe.
“[Otras dos sombras cuyos efectos o, mejor dicho, ausencia de efectos, me son próximos. Una, la insoportable burocratización de los despachos eclesiásticos. Otra, que siendo las Iglesias históricas semillero involuntario de movimientos sectarios, no se molesten en desmarcarse del rodillo de la derecha religiosa que nos invade.]”
Justo por esos días el Consejo Evangélico de Madrid estaba preparando la Celebración Unida del Día de la Reforma, en el que, excepto un par de grupos denominacionales “de bolsillo” reticentes a cualquier convocatoria conjunta, vienen participando la práctica totalidad de las familias denominacionales evangélicas arraigadas en la capital de España. Ciertamente, es muy hermoso ver al oficial mayor del Ejército de Salvación co-presidiendo el acto, al lado de un reformado, un bautista, un pentecostal…
Es innegable el trascendental efecto del brillo de las “luces” de la Reforma Protestante, precisamente en España, el único país del mundo cuyos gobiernos impopulares combatieron en el pasado con las armas los tres grandes movimientos que alumbraron la sociedad moderna: La Reforma Protestante, la Revolución Francesa y la Socialdemocracia.
Pero también hay sombras, claro que sí. En esta católica España de nuestros pecados, la Iglesia Protestante está todavía en fase de… definición. Detalle del que se aprovechan autonombrados “representantes” de nosotros, los protestantes, cuando la representación natural sólo puede corresponder a cada creyente a título personal y, más allá, a las instituciones que hacen al caso, que no son otras que las iglesias históricas que hunden sus raíces en el siglo XIX y las entidades asociativas naturales: los Consejos Evangélicos regionales y, en última instancia, la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE). Y paren ustedes de contar.
En fase de integración al corpus “políticamente correcto” del Protestantismo está el aluvión de grupos carismáticos de nueva implantación y gran crecimiento numérico sin relación con la Reforma, así como también la Alianza Evangélica, que por estos lares pareciera autoerigirse por momentos, intentando incluso hacer sombra a la propia FEREDE, en “la” entidad protestante “representativa” y desde presupuestos ideológicos ciertamente bien distantes del ideal de fraternidad ecuménica y el espíritu de respeto y tolerancia de su origen masónico.
Al otro lado, con la mano tendida, ahí está el movimiento ecuménico, denostado sistemáticamente con nula caridad cristiana desde entornos fundamentalistas evangelicales. Sin olvidarnos del creciente fenómeno de los “cristianos sin iglesia”. Que también están incluidos en la Oración de Jesús al Padre en Juan 17 -donde, por cierto, no se habla de instituciones, sino de personas-.
En esto, me llega el número 41, de septiembre de 2006, de ”Signos”, la revista del CLAI que dirige Nilton Giese. “El ideal frustrado de la Reforma Protestante”, reza el titular de la portada. Autocrítica al fin, bendita sea.
Recomiendo vivamente la lectura del editorial “La Reforma y el desafío ecuménico”, que firma el propio Giese. La situación ha cambiado. “Actualmente”, apunta, “las mismas comunidades protestantes no glorifican la Reforma sin discusión y sin reservas”. Y propone una “terapia para el futuro” cuyas líneas maestras cito textualmente:
“Si las iglesias quieren recuperar el significado político perdido y convertirse así de nuevo en signo e instrumento de paz y reconciliación en el mundo, no les queda más salida que encontrar una nueva forma de cristianismo unido ecuménicamente, que constituya la prueba evidente de que han superado su división. No es con la creación e nuevas iglesias o de partidos políticos evangélicos que vamos a mejorar el testimonio de las bendiciones de la Reforma protestante. Sólo una cristiandad unida puede presentarse como ejemplo de una convivencia de convivencia en paz, justicia, unidad, tolerancia, para toda la humanidad. La Reforma sólo podrá considerarse un éxito, cuando se superen las divisiones heredadas mediante una Iglesia ecuménica renovada e integrada por todos los cristianos y las cristianas.”
Se puede decir más alto, pero no más claro. Amén, así sea.

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