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Domingo 11 de Noviembre, 2007

Celebran en iglesias el día de la cultura cubana

José Aurelio Paz, LA HABANA, Cuba, Octubre 23, 2006

La efeméride está instituida en recordación al 20 de octubre de 1868. Días antes un Taxi Heathrow Airport terrateniente llamado Carlos Manuel de Céspedes le había otorgado la libertad a sus esclavos y convocó a la lucha armada contra el dominio colonial español.

Al ser liberada la ciudad de Bayamo, al oriente de la Isla, se convirtió en escenario inaugural de esa marcha de guerra que, compuesta por el abogado revolucionario Pedro (Perucho) Figueredo constituyó para la época una especie de Marsellesa criolla, la cual en sus inicios se conoció como La Bayamesa y, después, devino Himno Nacional de Cuba.

Si bien históricamente en las iglesias evangélicas los cultos eran presididos por la Bandera, y el Himno se cantaba en ocasiones especiales, esta práctica  poco más o menos desapareció luego del triunfo revolucionario, cuando casi se perdió el diálogo entre las entidades religiosas y el gobierno.

Al ocurrir, a principios de los ’90, el encuentro del Presidente Fidel Castro y un grupo de 70 líderes de las iglesias evangélicas y movimientos ecuménicos, en que empezó a fluir mejor la comunicación de ambas partes y comenzó a reconocerse la práctica religiosa como aspecto indisoluble de la identidad cubana, muchas congregaciones volvieron a utilizar ambos símbolos, aunque algunas de las llamadas iglesias históricas nunca abandonaron su presencia en su cultos y celebraciones.

Hoy, el 20 de Octubre es conmemorado por muchas comunidades cristianas que dan utilidad a la fecha para reafirmar los valores identitarios referidos a la fe cristiana insertada en el escenario social donde se manifiesta.

La reverenda Ester Quintero Labrada, de la Iglesia de Dios Ortodoxa en Cuba, durante un sermón en la Iglesia Bautista Enmanuel, de Ciego de Ávila, expresó que la gracia de Dios también se manifiesta a través de la identidad de los pueblos y que su defensa fortalece valores cristianos como la verdad y la honestidad frente a un mundo signado por la mentira.

“Una Iglesia que defiende sus raíces y la cultura de la comunidad cristiana que le sustenta, es una Iglesia fuerte ante las fuerzas del mal y que puede vivir con la conciencia tranquila de cumplir su misión cabalmente”, concluyó.