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Jueves 7 de Junio, 2007

Leopoldo Cervantes, director del Centro Basilea de Investigación y Apoyo.
Leopoldo Cervantes, director del Centro Basilea de Investigación y Apoyo.

Leudar la masa

Leopoldo Cervantes-Ortiz, CIUDAD DE MÉXICO, México, Junio 7, 2006

Disquisiciones alrededor del libro Leudar la Masa de Carlos Mondragón

...entre las ruinas [del edificio Taxi Heathrow Airport tradicional de la América española] germinarán las sectas del libre examen. Constantino Bayle, La cruz y el dólar. Propaganda protestante en la América española, 1930

"El siglo XX: una nueva conciencia de lo protestante”. Estas palabras pueden resumir muy bien el espíritu que preside esta obra tan necesaria para la comprensión del peregrinaje protestante por estas tierras durante el siglo pasado.

Si Jean-Pierre Bastian y otros más han explorado ya, aunque sin agotarlas, las raíces del protestantismo misionero, Carlos Mondragón, luego de varios trabajos aparecidos en obras colectivas, entrega por fin un ensayo unitario (con un cierto tono apologético, aunque referido al pensamiento heterodoxo, lo sitúa en un marco más amplio) sobre las ideas protestantes en América Latina.

Con ello sigue de cerca el celo latinoamericanista y las lecciones de Leopoldo Zea (sobre el surgimiento de un pensamiento genuinamente latinoamericano) y Samuel Silva Gotay (la valoración de lo religioso en la conformación de un pensamiento revolucionario), las exigencias de Helio Gallardo (la teología latinoamericana dentro del marco de las ideas en el continente), las aportaciones de Horacio Cerutti (sobre la inclusión de la teología en la historia del pensamiento latinoamericano).

Mondragón desarrolla apliamente lo que Bastian esboza en Protestantismo y modernidad latinoamericana, al referirse al periodo 1916-1949). Además, no hay que olvidar los Aires de familia revisados por Carlos Monsiváis hace algunos años.

Me atrevería a decir, incluso, que Leudar la masa es el equivalente de aquel libro para el campo religioso protestante, aludido apenas por el autor de Días de guardar.

Resulta muy de agradecerse el reconocimiento explícito de que el objeto de estudio no son “las ideas teológicas” de los pensadores protestantes, sino el pensamiento social, pues lo cierto es que en el periodo que abarca el libro (1920-1950) no podría hablarse de la existencia de una genuina teología producida por autores vernáculos, aunque no se debe olvidar que algunos de los escritores citados fueran teólogos también.

Además, Leudar la masa, por el subtítulo mencionado no puede dejar de verse como una especie de “contestación” al que coordinó Roberto Blancarte en 1996, referido a los católicos mexicanos. Ahora mismo está por circular un volumen afín al que nos ocupa: Los intelectuales católicos y el fin de la cristiandad: 1955-1966, de José Antonio Zanca, dedicado a pensadores argentinos.

Por otra parte, el tono que preside este libro muestra el mismo rigor y equilibrio con que recientemente su autor llevó a cabo “un panorama de las iglesias evangélicas” a petición de algunos organismos ecuménicos, expuesto la sede del Consejo Mundial de Iglesias. 

El arco cronológico propuesto por Mondragón ofrece ya ocasión para el debate, pues el periodo escogido prácticamente cubre el arco que va de la conferencia evangélica de La Habana (1929) a la de Buenos Aires (1949), aun cuando sus referencias a las discusiones de estas conferencias son más bien escasas.

Un obstáculo metodológico para el estudio de conjunto, que Mondragón ha podido superar gracias al acceso a fuentes directas, sobre todo para los casos de México, Perú y Argentina (sobre Brasil no se dice mucho), y la manera en que reconstruye es la dispersión de los textos en sus países originales, pues las diversas bibliotecas no alcanzan a abarcar la variedad de materiales existentes.

Además, reconstruye algunos de los debates que enfrentaron a las cúpulas católicas con los escritores y comunidades evangélicas. Así, llama la atención la necesidad de contar con registros bibliográficos útiles de editoriales tan importantes como La Aurora y Casa Unida de Publicaciones, tarea que está esperando a los nuevos investigadores, pues el volumen de los libros publicados en esa época es verdaderamente impresionante.

El rescate de los precursores misioneros cuya experiencia latinoamericana marcó la orientación de su pensamiento, junto con los escritores nativos, cuenta con un antecedente importante: el curso (experimental en sus inicios) que desde hace algunos años ha ofrecido el profesor Arturo Piedra en la Universidad Bíblica Latinoamericana, respaldado por una antología de lecturas.

El curso se denomina Raíces religioso-teológicas de los pioneros protestantes en América Latina. Entre los autores incluidos están Melinda Rankin, Kenneth Strachan, Carlos Turner, Samuel G. Inman, Stanley Rycroft, Roland Bainton, Kenneth S. Latourette, Federico Hoffet, Juan Varetto, Pablo Burgess y Sante Uberto Barbieri.

Este curso dio continuidad a su tesis de licenciatura que se ocupó de revisar la historia de la Misión Latinoamericana, en donde encontró, por ejemplo, cómo el matrimonio de Henry y Susan Strachan, escribiendo desde Costa Rica, se opuso enérgicamente al intervencionismo estadounidense en América Latina.

Una observación que aparece en la introducción, se desarrolla en el cuerpo del texto y reaparece en las conclusiones, apunta hacia el hecho de que los protestantes no piensan monolíticamente, lo cual complica atrever juicios sobre la validez o no de las opciones ideológicas, lo cual contrasta bastante con la valoración que hace Bastian, por ejemplo, de la labor ideológica de Gonzalo Baéz-Camargo, quien, no debe olvidarse, publicó el libro Marxismo: ¿ciencia pura o ciencia ficción? (1979) en la editorial católica Jus, como muestra de su convergencia con sectores católicos anticomunistas.

Mondragón cita El cristianismo, el comunismo y los cristianos, de 1960.

II. Leudar la masa subraya muy bien el papel de la Comisión de Cooperación para América Latina y de su coordinador Samuel Guy Inman, quien reclutó muchos colaboradores ligados o no a las iglesias. Esto propició la creciente importancia de La Nueva Democracia como publicación modelo, pues protagonizó un papel doble: la difusión de las ideas protestantes y el diálogo con lo mejor de la cultura latinoamericana.

Los autores más sobresalientes, Gonzalo Báez-Camargo, Juan Ritchie, John A. Mackay, Alberto Rembao y Sante Uberto Barbieri fueron escritores de élite, que no necesariamente representaban el sentir de sus iglesias, algo que aparece señalado en la introducción y que, se agrega, aun espera ser evaluado, pues la distancia entre los pensadores y las comunidades es una realidad vigente, por lo que es sumamente debatible suponer que “una forma de pensar personal puede ser vista como una expresión de la ideología del grupo al que se pertenece” (p. 14).

Por otro lado, Mondragón cumple muy bien con otra exigencia metodológica: además de delimitar su investigación en el tiempo, construye un corpus de 21 autores, cuya ubicación geográfica y confesional muestra el abanico religioso que ayuda a explicar la variedad de perspectivas, con todo y que representan abordajes marcados por la orientación teológica.

Es el caso de Mackay, quien al ser citado por Mondragón en relación con sus concepciones acerca del Estado, no deja de aparecer como un “calvinista de formación”. No obstante, existe un cierto consenso en la mayoría de los autores, especialmente en los asuntos más sensibles.

Es de particular interés el acercamiento a una figura del calibre de don Miguel de Unamuno, simpatizante a tal grado del movimiento evangélico latinoamericano, que estuvo muy cerca de asistir al mencionado congreso de 1929 en La Habana.

Mondragón reconstruye los contactos previos a esa fallida participación e incluye algunas cartas en el apéndice del libro. Además de los autores españoles, habría que recordar otras fuentes de su pensamiento religioso, como sus lecturas de Kierkegaard y los teólogos liberales alemanes de la segunda mitad del siglo XIX.

Mondragón hace un resumen muy apretado de algunos contenidos del pensamiento protestante latinoamericano: una práctica religiosa individual (no individualista), inédita en un continente marcado por el corporativismo en todas las relaciones; una cristología sólida, aunque en este caso faltó citar un texto bastante olvidado de Jean-Pierre Bastian ("Los cristos protestantes de México", centrado en un análisis de la himnología, tampoco discutida en el libro); la defensa de la libertad religiosa y la afirmación de la laicidad; y el rechazo de la violencia, entre otros.

Asimismo, acerca de la latinidad del protestantismo, se subraya la forma en que en diversas ocasiones se insistió en la vertiente protestante francesa, al acudir a la figura del reformador Juan Calvino.

En el caso de la cristología, al citar Las manos de Cristo, de Báez-Camargo, Mondragón señala la forma en que se anticipó a algunos aspectos de la teología de la liberación, sobre todo al referirse a la predilección de Jesús por los pobres.

En el contexto estrictamente protestante, la perspectiva sobre la encarnación alcanzará desarrollo hasta 1965 en la reflexión de Justo L. González.

El pensamiento social protestante fue desafiado por la conflictiva época de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial (baste recordar lo sucedido con la Iglesia Luterana de habla alemana en Brasil, muchos de cuyos dirigentes abrazaron el nazismo a distancia aun cuando también surgió un ala que simpatizó con la Iglesia Confesante, en la estela de Karl Barth y la Declaración Teológica de Barmen, de 1934) y la llamada Guerra Fría.

Este contexto obligó a tomar partido ante otros sucesos como la Guerra Civil española, situación bien presentada por el autor. Otro suceso importante fue la Guerra Cristera en México, a fines de los años 20.

III. Al observar el flujo del análisis de los diversos planteamientos de los escritores protestantes, surge una pregunta acuciante: ¿qué tanto reflejaron la mentalidad evangélica prevaleciente las conferencias evangélicas? Pues a veces se pasa por alto que las comunidades o iglesias no necesariamente compartían sus ideas o su praxis corría paralelamente a lo sucedido en las grandes reuniones pero sin que se perciban los vasos comunicantes entre ambas dado que las iglesias estaban dedicadas mayormente a la liturgia y la evangelización, y en menor medida a tareas educativas y de servicio social.

Con ello desarrollaron una auténtica cultura evangélica, caracterizada por su apego a la Biblia, el celo evangelizador y la afición a la música (no necesariamente en ese orden), algo que ha sido reconocido socialmente de manera muy nítida.

Prueba de ello son, entre otras cosas, el monumento al predicador evangélico en Santiago de Chile y el recientemente inaugurado monumento a la Biblia en el Centro Histórico de la Ciudad de México, además de la destacada participación de algunos grupos corales en encuentros o festivales artísticos.

Se entiende por qué, en un trabajo ceñido por las exigencias académicas, no haya alcanzado lugar un reconocimiento suficiente de las aportaciones culturales que permearon efectivamente la mentalidad protestante y que canalizan (o al menos canalizaron en otra época) la mediación entre el discurso teológico y las acciones individuales o comunitarias.

En este sentido, al otorgar privilegio a los escritores (donde por cierto prácticamente no se mencionan mujeres), se subraya el valor de la literatura, aunque tampoco se reconozca la poesía, primordialmente, ni a la narrativa o la dramaturgia.

En este sentido, llama la atención que se use sólo como epígrafe una cita de Lupita, la novela de Rembao (1941), sin abundar en sus características formales.

Lo mismo sucede con la música, cuyo papel formativo en el protestantismo latinoamericano ha sido reconocido por algunos autores como Rubem Alves. Todo ello sin contar con el tremendo impacto que actualmente tienen los nuevos desarrollos de la música, ligada como está a las corrientes actuales.

En ese contexto, no se menciona al poeta mexicano Francisco Estrello, ni las aportaciones de los españoles Manuel y Claudio Gutiérrez Marín, uno de los cuales ejerció el pastorado en México e incluso publicó una antología de poesía hispanoamericana.

Tampoco se analiza mucho la orientación indigenista del trabajo misionero protestante, a pesar de que se incluye en el grupo de autores al presbiteriano Moisés Sáenz, cuyo libro México íntegro es uno de los hitos del indigenismo latinoamericano.

Sáenz fue uno de los organizadores del primer congreso indigenista latinoamericano en 1940. Sobre los puertorriqueños Ángel Mergal y Domingo Marrero se echa mucho de menos en la bibliografía el libro de Luis Rivera-Pagán dedicado a estudiar su pensamiento (Senderos teológicos) y la tesis doctoral del profesor presbiteriano José Irizarry.

Quisiera detenerme brevemente en algunas afirmaciones que llamaron particularmente mi atención. Mondragón afirma: “En la medida en que una iglesia es económica y administrativamente independiente, se profundiza su proceso de nacionalización y de arraigamiento cultural” (p. 43).

Tal vez si se estudiara caso por caso, se encontrarían realizarían hallazgos que no coincidirían, necesariamente, con esta apreciación, pues hemos observado iglesias o denominaciones que han sufrido involuciones, esto es, que vuelven a solicitar el ingreso de misioneros de iglesias ajenas a las llamadas iglesias madres con la consecuente incomprensión cultural por parte de aquellas.

Otro aspecto es el que tiene que ver con esta afirmación: “Romper con la perspectiva institucionalista de la historia del protestantismo (es decir, aquella que sobrevalora el establecimiento y desarrollo de as instituciones oficiales) nos permitirá entender el doble carácter endógeno-exógeno del protestantismo latinoamericano” (p. 55).

No queda claro cómo la alternativa, es decir, escribir historias populares de comunidades, ayudará entender la situación aludida.

Al referirse al papel de la Contrarreforma en la conformación de los países latinoamericanos y en la instalación de la intolerancia (p. 93), llama la atención la ausencia de algunas de las cosas que escribió Octavio Paz al respecto, pues él observó con mucha atención las diferencias de comportamiento político entre las sociedades anglosajonas-protestantes y las hispano-católicas.

En ese sentido, y sobre todo por coincidir cronológicamente, también se echa en falta alguna mención a otros movimientos culturales en México que también fueron acusados de extranjerizantes, como es el caso del grupo de escritores denominado Contemporáneos, quienes en los mismos días en que los grupos protestantes latinoamericanos comenzaban a debatir sobre su papel en el continente, libraban batallas culturales intensas.

Estos paralelismos arrancan desde movimientos anteriores como el modernismo, que también contribuyeron a que el continente se ganara un lugar en el concierto cultural. Prueba de ello es la influencia de esta corriente sobre Unamuno o Antonio Machado, por citar sólo a algunos, para no mencionar que estos años también fueron testigos del surgimiento de los grandes nombres de la poesía vanguardista latinoamericana: Vallejo, Huidobro. Girondo, Neruda, etcétera.

Algo similar ocurriría más tarde con el boom de la novela y el surgimiento de las teologías de liberación.

Sin embargo, la literatura evangélica (el ensayo y la poesía, sobre todo), estuvieron muy presentes en la labor de la mayoría de los pensadores estudiados, por lo que se extraña una mínima valoración de los aspectos estilísticos.

Así, nos quedamos únicamente con la observación de que el estilo de Rembao es “muy peculiar” y nada más. Si bien se menciona un artículo de Méndez Plancarte sobre la poesía religiosa de Báez-Camargo, no nos enteramos de cómo es esa poesía.

Tampoco tenemos acceso a una valoración mínima del propio Báez-Camargo, Barbieri o Mergal, como poetas, siendo que ellos consideraban su labor literaria como parte integral de su desempeño como intelectuales protestantes.

Es de extrañarse también alguna mención al trabajo literario del poeta mexicano Francisco Estrello, colaborador y director de La Biblia en América Latina, cuyo libro En comunión con lo eterno ha sido reeditado muchas veces  desde su aparición precisamente en 1949.

Los desafíos que deja la lectura y goce de este libro son mayúsculos: por ejemplo, la necesidad de elaborar índices o ediciones críticas de revistas como La Nueva Democracia, y la urgencia de reunir las obras completas o ediciones amplias de autores clásicos: Gonzalo Báez-Camargo, John A. Mackay, Juan Ritchie, para que las nuevas generaciones de evangélicos/as tengan acceso a obras que forman parte de su pasado cultural y espiritual.

Nota: En el sitio del Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano: (www.cenpromex.org.mx) pueden escucharse las palabras de Carlos Monsiváis y Carlos Martínez García en la primer presentación de este libro, en febrero de este año.