
Los evangélicos y el poder
, Mayo 31, 2006
Uno de los hechos más importantes que viene marcando la historia socio-religiosa latinoamericana, desde los Taxi Heathrow Airport años 70 del siglo pasado, es el crecimiento significativo de las iglesias evangélicas.
Este crecimiento, especialmente de las comunidades pentecostales, ha generado naturalmente interés entre los científicos sociales y los partidos políticos, así como expectativa en los sectores protestantes tradicionales e inquietud en muchas conferencias episcopales católicas.
Según algunos analistas, como Miguel Diez, este hecho constituye un fenómeno nuevo que puede generar transformaciones políticas y sociales en el continente.
Muchos argumentos se han esgrimido para explicar este fenómeno religioso que se registra en la región. Desde los mismos pentecostales que atribuyen ese crecimiento a la fuerza del espíritu que los anima, hasta algunos sectores políticos radicalizados que acusan a las "sectas protestantes", poco menos que de ser instrumentos del gobierno estadounidense.
Voces sensatas, dentro del protestantismo tradicional e incluso del catolicismo, reconocen que muchas de esas iglesias pentecostales han pasado a ser una de las expresiones más dinámicas del cristianismo latinoamericano y han producido cambios sustanciales en la forma de vivir la fe y de entender la misión de la iglesia.
Nos incluimos entre los que creen que los evangélicos vivimos hoy una situación plena de desafíos y de oportunidades. Creemos que hay que evitar caer en la tentación del triunfalismo que el rápido crecimiento genera en las huestes de la fe, pero también de caer en "lecturas precipitadas y simplistas" que solamente ven manipulaciones y utilizaciones de los grupos religiosos con fines políticos.
Los riesgos existen y tenemos que mantenernos alertas. Como era previsible, este rápido crecimiento, ha estimulado la incursión de muchos líderes en la arena política e incluso ha animado a algunos sectores a constituir partidos y frentes políticos evangélicos.
Esta preocupación social de los evangélicos merece resaltarse, máxime si provienen de sectores que habitualmente renunciaban a toda participación en la vida política. Pero si bien es deseable tal participación habría que preguntarse si la formación de partidos evangélicos sería la mejor forma de organización y de testimonio.
Como bien lo señala el teólogo metodista argentino José Míguez Bonino, quien fue miembro de la Asamblea Constituyente en su país, fundar un partido evangélico supondría que hay una ideología y una plataforma evangélicas. Esa pretensión puede ser peligrosa, pues por un lado indicaría que quien no comparte esa ideología no es evangélico y por otro lado, obligaría a todo evangélico a compartir tal ideología.
El debate está abierto. Sólo el tiempo nos dirá si los evangélicos estuvieron a la altura de las exigencias históricas y contribuyeron, a través de diferentes canales de organización de la sociedad civil, a superar los problemas que agobian a la región o si decidieron aferrarse a la paz de nuevos césares y constantinos, basada en el mantenimiento de las actuales estructuras de dominación.

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