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Lunes 12 de Noviembre, 2007

Manuel López, periodista español, director de la Revista Foto y miembro de la Primera Iglesia Bautista de Madrid.
Manuel López, periodista español, director de la Revista Foto y miembro de la Primera Iglesia Bautista de Madrid.

Blanca Navidad / Negra Navidad

Manuel López, MADRID, España, Diciembre 23, 2005

El oficio de director no toca en una tómbola; hay que demostrarlo día a día. Taxi Heathrow Airport Si los periodistas valemos lo que nuestro último artículo, un director vale lo que los últimos artículos de todos sus colaboradores.

En éstas estaba un servidor anteayer por la noche cuando de repente me decidí a mandarle a Fernando Oshige un mensaje escueto a propósito de mi ausencia en estas páginas desde hace dos meses por acumulación de trabajo y compromisos.

“¿Te paso Bautistas/3?”, le pregunté. Y para que no tuviera mala conciencia añadí entre paréntesis una mentirijilla piadosa: “(pensaba rematarlo esta noche)”. [Y dije mentirijilla, y así es, porque para rematar la tercera entrega de mi serie “Bautistas en la encrucijada” me quedan por leer 200 de las 300 páginas de un libro que se me antoja esencial: “Free Church. Free State. The positive Baptist Vision”, de Nigel G. Wright, Paternoster, Bletchley, Milton Keynes, Reino Unido, 2005].

El buen oficio que da el señorío -vale igualmente a la inversa- se dejó traslucir de la antológica respuesta telegráfica de Fernando de once palabras en dos tiempos. Primer tiempo: “Ok Manuel. Aguardo la nota.” He ahí el señorío. Segundo tiempo, el buen oficio: “¿O tienes una historia sobre Navidad?”

La tentación en estos casos es tirar del hilo de un par de ideas fuerza de algo que ya tengas escrito, como aquello de que “De la A de aguinaldo a la Z de zurrón, el glosario específico de la Navidad es probablemente el menos espiritual y religioso de los glosarios posibles.” O echar mano del recurso de lo que acabas de escribir a propósito de “la orgía planetaria del desenfreno consumista”. O lanzar una pirueta de sana provocación de teología rebelde criticando los belenes al uso por entronizar la figura del Niño Jesús que dibujaste “desnudito en una tosca cuna de paja en el portal de Belén flanqueado por las figuras de unos padres irresponsables”.

Tampoco me parece justo repetir la metáfora del frío, la nieve y el trinomio gorro-guantes-bufanda en esta época en Europa de “Navidades blancas” en contraste con el más liviano trinomio gorro-gafas de sol-sandalias de los bañistas en estas fechas en las playas americanas de Cuba a Chile y Argentina.

¿Una historia de Navidad me pides, Fernando? Pues no quiero defraudarte; voy a dibujarte dos. Una personal y otra planetaria.

La personal. El pasado sábado 17, a mediodía, en un local en un barrio popular de Madrid. Comida de Navidad de la Misión Evangélica Urbana ofrecida a sus “clientes” habituales: ciudadanos desclasificados del sistema, mujeres y hombres, españoles y extranjeros. Se alegran de ver a un periodista sentado a la misma mesa compartiendo discreto y humilde menú. Cada uno de ellos lleva escrita en el rostro una historia a cual más penosa y triste, a fuer de increíble, de fracaso. Me acuerdo del poema de Raúl Rivero y suscribo la primera parte del verso: “Aquí estamos los perdedores”, si bien para discrepar -en este caso; no en el contexto de la falta de libertades en Cuba- de la segunda: “vestidos por el enemigo”.

Los perdedores (¿y quién nos garantiza que algún día no lo vayan -¡vayamos!- a ser probos y exitosos ciudadanos hoy -coyunturalmente- triunfadores?), en este caso, digo, los perdedores, esto es, los desheredados, desposeídos y desclasificados por el sistema tienen un sitio a donde acudir a buscar comida y amor solidario. Amor cristiano sin añadidos: sin “moralina”, sin sermón “redentorista” o “venta” condicional de salvación. A los acomodados agentes del Evangelio de la prosperidad se les ha olvidado que el Señor Jesucristo vino a salvar a los pobres de este mundo. “Exaltó a los humildes (...) y a los ricos envió vacíos” (Lucas 1:52-53). Es más: se identifica a sí mismo con ellos (“mis hermanos más pequeños”): “…a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Una cena el mismo día en casa de unos amigos en la que no faltó exquisitez gastronómica digna del paladar más exigente me sirvió para situar en su justo lugar las dos orillas del río de la vida en el que unos con todo lo innecesario y otros sin nada de lo necesario nos movemos hacia el mar que es la eternidad.

La planetaria. “Navidad. O sea Apocalipsis”, titulé hace tres años un artículo navideño al hilo de Romanos 8:19. Habla de la extensión del Evangelio a la propia creación, que tiene como “anhelo ardiente” (apokaradokía) nada menos que estar ahí aguardando “la manifestación (apokalipsin) de los hijos de Dios”. La dimensión de tal anhelo no es baladí, sino palabras mayores. Se trata no sólo del kosmos (el mundo, nuestro planeta azul… en las postales de la NASA; en realidad, mares contaminados y ríos negros), sino de la ktisis (esto es, la propia creación), que “gime a una” (sustenásei)  y sufre “dolores de parto” (susnodínei) en tanto no se produce esa manifestación de los creyentes.

Hace mucho frío en Madrid estos días; demasiado frío para que nieve. A la hora en que me dispongo a rematar este artículo, las tres de la mañana del viernes 23 de diciembre de 2005, los indigentes se protegen como pueden en portales durmiendo sobre cartones, mientras yo bajaré un par de grados la calefacción. Mañana, cuando me levante y me disponga a abrir el correo electrónico para ver qué le ha parecido a Fernando esta historia de Navidad, las cuadrillas de peones de la construcción ecuatorianos y marroquíes que trabajan en las obras de lo que hace poco era un hermoso monte y pronto será una nueva urbanización de lujo frente a mi casa llevarán varias horas peleando contra el frío en la furgoneta que les habrá traído desde alguna provincia limítrofe y el propio frío de justicia de la intemperie en que desarrollan su trabajo.

Las Navidades blancas de las películas al uso poco, muy poco o nada tienen que ver con las Navidades negras de la creciente población marginal de Europa, y esto no es nada para la miseria del resto de un mundo en el que uno de cada dos ciudadanos vive con menos de dos dólares al día. Para colmo, los que se quedan con los dólares que no llegan a quienes pueblan la Tierra están esquilmando el planeta de manera inmisericorde. Los triunfadores trabajan nerviosamente para… el Apocalipsis. Santo Dios, qué pena. Y qué miedo.

¿Navidad, dulce Navidad? Pues va a ser que no, mi querido Fernando. Para eso tendríamos que blanquear la negra Navidad que espera a los desheredados de este mundo... y al propio mundo, que Dios nos dio para que lo sojuzgáramos (Génesis 1:28).

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Manuel López, periodista español, director de la revista Foto y miembro de la Primera Iglesia Bautista de Madrid.