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Jueves 7 de Junio, 2007

Espíritu del capitalismo y autojustificación

Oneide Bobsin, SAN LEOPOLDO, Brasil, Julio 28, 2005

En el bienio 2004/2005 se viene conmemorando el centenario de la publicación de Ética Protestante Taxi Heathrow Airport y el Espíritu del Capitalismo; obra  del sociólogo alemán Max Weber, que vivió entre 1864 y 1920.

El libro puede ser considerado un clásico, porque  su núcleo central sobrevive a las generaciones de estudiosos y, al mismo tiempo, continúa siendo una importante clave explicativa de fenómenos socio-religiosos de la actualidad. Además porque resiste a las simplificaciones.

Y las simplificaciones no nacieron solamente en el mundo académico. De la esfera de conflictos eclesiásticos de tiempos ya superados surgió una popularización de la teoría de Weber. Sectores del catolicismo conservador atribuían al protestantismo el surgimiento del capitalismo.

Actualmente hay consenso sobre la irrelevancia de buscar en el protestantismo la única causa del surgimiento del capitalismo.  En realidad, la propia obra presupone otras lecturas con respecto al nacimiento y avance del capitalismo, que constituyó y constituye nuestra sociedad occidental. 

Sociedad que trajo, desde  su origen, una tendencia a la globalización, hoy profundizada por el sistema financiero internacional y las nuevas tecnologías.

Una lectura que hace justicia no deja de considerar dos aspectos básicos de la tesis de Weber. De acuerdo con Weber, los reformadores del siglo XVI no tenían como intención colocar las bases de un sistema capitalista de producción, circulación y consumo.

Lutero, Calvino, Muenzer, Zwinglio y otros estaban preocupados con un problema religioso fundamental: la salvación. Si de allí surgió una ética afín al capitalismo comercial primitivo, la discusión es otra.

En esa perspectiva debe concluirse que no corresponde a los reformadores religiosos el control de las consecuencias éticas de su predicación.

El otro aspecto se refiere a una explicación marginalizada por parte de intérpretes que no entendieron que las personas del siglo XVI estaban inmersas en un mundo mágico y religioso. 

Max Weber defendió sus tesis al afirmar que las personas de su mundo secularizado no conseguían comprender el siglo XVI. 

Los impactos de la separación entre mundo religioso y secular eran una posibilidad teológica, pero que llevó casi tres siglos para configurarse en una práctica pública.

La revolución francesa, o burguesa, del final del siglo XVIII sella, por medio de una práctica revolucionaria, lo que era una posibilidad teológica en el siglo XVI.

En otras palabras, no podemos responsabilizar   a los reformadores del siglo XVI por el desarrollo del capitalismo. Ellos fueron protagonistas religiosos del nuevo mundo llamado tardíamente moderno, tan bien caracterizado por Weber, cuando sostuvo: “En este caso, los ‘últimos hombres de ese desarrollo cultural podrían ser designados como ‘especialistas sin espíritu, sensualistas sin corazón, nulidades que imaginan haber alcanzado un nivel de civilización nunca antes logrado”.

Y en la misma página parece contradecirse: “(... ) o si, al final de ese tremendo desarrollo, no surgirán profetas enteramente nuevos, o un vigoroso renacimiento de viejos pensamientos e ideas, o aún 
si ninguna de esas dos – la eventualidad de una petrificación mecanizada caracterizada por esta convulsiva especie de autojustificación.”

Y agregaríamos, actualizando: por la compulsiva autoayuda y por el renacimiento de viejos dioses.

En las próximas crónicas continuaremos con la interpretación de la Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo y su relevancia para la comprensión de iglesias que se dicen evangélicas o protestantes, pero que adoptan el espíritu del capitalismo sin la ética protestante.

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Oneide Bobsin. Pastor de la Iglesia Evangélica de Confesión Luterana en Brasil y profesor de Ciencias de las Religiones de la Escuela Superior de Teología de São Leopoldo/RS/Brasil.