
!Cuidemos el agua!
Alfredo Salibián, BUENOS AIRES, Argentina, Junio 5, 2005
Como la gente no tenía agua, se reunieron todos para protestar...
¿Acaso quieren que muramos Taxi Heathrow Airport
nosotros y nuestro ganado? ....
Aquí no se puede sembrar nada ...
¡ni siquiera hay agua para beber! [Números 20, 2-5].
El agua es importante
En marzo de este año se dio inicio al Decenio Internacional para la Acción, fijado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, bajo el lema "El agua, fuente de vida".
En efecto, el agua relaciona aspectos tan distintos pero todos asociados con la vida, como son la salud de la humanidad y del ambiente, la biodiversidad, la producción y seguridad alimentaria, la generación de energía o el desarrollo industrial.
El recurso agua tiene, además, un papel fundamental en muchas culturas y religiones. En determinadas circunstancias, el agua puede ser un factor de destrucción, de desastres: es el caso de los tsunamis, las inundaciones o los huracanes caribeños. También atenta contra la vida cuando es escasa o no desaparece como en las sequías que afectan vastas áreas del Africa.
A todo ello debemos añadir otros factores como la contaminación, el crecimiento de las poblaciones humanas y el cambio climático que están provocando tremendos cambios negativos en la calidad y la cantidad de agua disponible, que afectarán radicalmente el presente y futuro de todas las formas vivientes del planeta.
Un enorme número de seres humanos es víctima de enfermedades asociadas al agua o transmitidas por ella (cólera, fiebre tifoidea, meningitis, hepatitis A y E). Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente 4 millones y medio de niños menores a 5 años de edad mueren cada año por enfermedades transmitidas por el agua contaminada.
¿Por qué preocuparnos por el agua?
El 97 % del agua del planeta es salada. El agua dulce, la que es potable para los seres humanos, se halla en ríos, lagos, lagunas, en las napas subterráneas o congelada. Es la fracción que se encuentra en menor proporción (aproximadamente 0,02 % del total), aunque, para peor, no toda ella es accesible para los seres humanos (por ejemplo, la de los casquetes polares o la que se halla a grandes profundidades).
Se estima que unas 1.500 millones de personas dependen del agua subterránea como su única fuente de agua para consumo.
Globalmente, alrededor del 70 % del agua utilizada se destina a las actividades agrícolas, entre 15-20 % a las industriales y el 10-15 % restante a la provisión doméstica en ciudades y pueblos. Estos porcentajes varían según el desarrollo social y económico de los países.
La urbanización y el agua
En nuestra América asistimos a una sostenida y fuerte tendencia a la urbanización. Se estima que la población urbana en nuestros países alcanzará al 90 % para el año 2025. Estas aglomeraciones urbanas aumentarán la demanda de agua potable (o potabilizable), la que sólo podrá ser satisfecha por transferencia masiva del recurso de una cuenca a otra, dentro de un mismo país o en la interacción con fuentes de países vecinos.
Las aglomeraciones humanas tienen otros impactos. A medida que crecen se reduce la cantidad disponible de agua, particularmente en las napas subterráneas y al mismo tiempo se pueden producir importantes eventos de contaminación de las mismas y de los cursos de agua superficiales.
Como contrapartida, los procesos de urbanización particularmente graves en América Latina (en 50 años se cuadruplicó la población de ciudades como México, San Pablo y Managua), liberan grandes superficies por migración de la gente, las que están siendo ocupadas por las corporaciones transnacionales para expandir las fronteras agropecuarias.
Esto trae aparejado otros graves problemas ambientales y sociales, también asociados al agua. En Argentina estamos percibiendo esto en forma dramática con el proceso que se ha dado en llamar “sojización”.
En otro nivel de complejidad están los casos de contaminación del agua (por metales pesados), como consecuencia de las actividades mineras que desarrollan las mismas empresas transnacionales, a veces radicadas fuera de los límites de cada país, y que conllevan impactos ambientales y sociales sobre poblaciones asentadas a veces muy lejos de los sitios donde se han establecido las explotaciones.
En Argentina, ello ocurre en la cuenca de los ríos Bermejo-Pilcomayo, afectada por la actividad de empresas radicadas aguas arriba, en Bolivia.
La mayor parte del agua potable que se consume en el más grande conglomerado humano e industrial de Buenos Aires, conocido como el Conurbano Bonaerense, proviene de dos fuentes: de las napas subterráneas y del río de la Plata. Este, a su vez, es un cuerpo de agua al que se vierten aproximadamente 2.300.000 metros cúbicos diarios de residuos cloacales y 1.900.000 metros cúbicos de residuos industriales, sin considerar los aportes de sus afluentes, además de la contaminación internacional que arrastran los ríos Uruguay y Paraná que desembocan en esa cuenca.
Por último, aclaremos que la contaminación del agua no debe ser atribuida solamente a la actividad industrial o a los conglomerados urbanos. Por ejemplo, está suficientemente documentado que todas las guerras, sin excepción, han tenido y tienen consecuencias adversas sobre el recurso.
Agua y globalización
Al momento de escribir estas líneas, una botella de 2 litros de agua gasificada cuesta en Argentina lo mismo que un litro de nafta sin plomo. La primera contiene un recurso natural renovable mientras que la segunda es un recurso natural prácticamente no renovable.
Los usuarios somos presionados con el argumento de que el agua que disponemos para el consumo doméstico está contaminada y que la única forma de asegurar la ingesta de agua limpia es comprarla envasada en botellas (de plástico) o botellones reciclables.
Lo que en realidad está ocurriendo es la privatización de un recurso natural de propiedad social. El agua no ha escapado a las apetencias de la globalización. Asistimos a una estrategia global cuyo objetivo es adueñarse del recurso, de los sistemas para su extracción, distribución y administración.
Hoy por hoy el agua potable es un recurso estratégico que será la base de un importante negocio y también de verdaderas batallas económicas y/o bélicas, en las que estará en juego, entre otras cosas, la soberanía de los Estados.
Serán suficientes dos botones de muestra: la Coca Cola y la Pepsi Cola se establecieron en la India. Cada una de ellas extrae entre 1 y 1,5 millones de litros de agua subterránea por día.
Ese volumen de agua es literalmente “sustraído” al país que, obviamente, no le conviene convertir su agua subterránea potable limpia en bebida gaseosa ni está interesada en consumir la producción de la empresa, que disfruta de un enorme beneficio económico por la mano de obra barata que dispone localmente.
Este mismo botón nos ilustra cómo puede ocurrir la transferencia del recurso de un sitio a otro: la producción de esas empresas, obviamente, está destinada mayormente a otros mercados que consumirán el agua potable de la India.
Y eso sin considerar los efectos ambientales y sociales adversos, secundarios a la actividad de dichas empresas, que sólo “disfrutarán” los habitantes de India.
El otro botón es éste: el caso de un magnate británico, dueño de una estancia de 14 mil Has entre Bariloche y El Bolsón, Argentina, que pretendería comprar una superficie adicional que impediría a los vecinos utilizar arroyos para riego y limitar su acceso a tres lagos de propiedad de la Provincia de Río Negro.
Pero hay más: como paliativo a la creciente demanda por agua, se construyeron en el mundo alrededor de 45 mil represas. En estos momentos casi el 60 % de los ríos más importantes del mundo están fragmentados por las represas, desvíos o canales.
Pero resulta que ahora el Banco Mundial, que por cinco décadas impulsó y financió la construcción de esas obras, acaba de reconocer sus consecuencias negativas: sobreprecios, degradación ambiental y desplazamiento de comunidades, etc.
Un reciente estudio científico demostró la existencia de una conexión subterránea entre la represa de Yaciretá, localizada en la frontera paraguaya-argentina, y los esteros de Iberá, (en la mesopotamia argentina) uno de los reservorios de agua más limpios del planeta, cosa que se agravaría si se da cumplimiento a la reciente decisión de aumentar el nivel del agua en la represa.
Es llamativo que el mismo Banco haya creado fondos para financiar acciones tendientes a preservar uno de los enormes depósitos de agua subterránea ubicado en S de nuestro continente, compartido por Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay, en una región ocupada por aproximadamente 15 millones de personas.
La disponibilidad de agua dulce en la naturaleza no es uniforme - La disponibilidad geográfica de agua dulce es disímil. Veamos algunos datos correspondientes a nuestra región. Expresada en Km3 totales, la mayor cantidad corresponde a Brasil (5420), seguido de Chile (930) y Argentina (360); muy atrás se hallan Paraguay (95) y Uruguay (59).
A partir de esas cifras podemos efectuar otro cálculo: si determinamos la disponibilidad en m3 por persona, el país más beneficiado resulta Chile (61.000), seguido de Brasil, Paraguay, Uruguay y –último- Argentina (9720).
Estas cifras hablan de la disparidad en la distribución del agua en nuestra región; por fuera de ella ocurre lo mismo; en un extremo, está Canadá con 92 000 m3 de agua por persona y por año y en el otro, Israel con 120.
Asia tiene el 60 % de la población mundial y el 36 % del recurso hídrico, mientras para el caso de América el Sur esos porcentajes son 6 y 26 % respectivamente..
Si tenemos en cuenta que la disponibilidad de agua se considera adecuada cuando es de aproximadamente 1.700 m3 por persona apreciaremos que el recurso agua de nuestra región es candidata a ser explotada por otros.
Paradójicamente, disponer de agua potable por red era –en 1999- un verdadero “lujo” para 80 millones de latinoamericanos.
Consideraciones finales – Preservar el agua potable es preservar la vida. El agua será uno de los recursos críticos en el futuro próximo de nuestras comunidades; el riesgo acecha a nuestros países que, por su precariedad política, social y económica, pueden ser los más perjudicados ante el avance del proceso de apropiación que se espera.
El agua es un recurso cuya administración y cuidado debe estar en manos de cada Estado, explotándolo conforme a sus necesidades. De lo contrario, lo que se pondrá en juego, en muchos casos, es la sobrevivencia misma de la gente.
Pero también afirmamos que las comunidades eclesiales pueden ser reconocidas como espacios desde los cuales se enfatiza la responsabilidad que cabe a los cristianos en el cuidado y preservación de la integridad de toda la Creación.
Precisamente la problemática del agua es uno de los ámbitos particulares en los cuales la Iglesia puede incidir hacia adentro y hacia fuera. Lo hará generando acciones de concientización de su gente y proponiendo acciones concretas a favor del cuidado y conservación del recurso.
Hacia fuera estimulando a los hermanos y a las hermanas a compartir su compromiso con la comunidad de la que forman parte, empezando por el entorno inmediato y, por extensión, expandiendo su acción a los diferentes niveles de gobierno.
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Alfredo Salibián.

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