Teología de la Prosperidad
Jonathán Pimentel, SAN JOSÉ, , Mayo 2, 2005
Una problematización de las críticas hacia la llamada “teología de la prosperidad”
Durante los últimos Taxi Heathrow Airport años se han dado algunas críticas contra la práctica de lo que se ha denominado con el nombre de “teología de la prosperidad” (TP). Esas denuncias provienen de federaciones de iglesias, organismos ecuménicos, universidades, iglesias indepedientes y profesores universitarios.
A mi juicio, hasta ahora, hace falta una mayor problematización en algunas de las críticas planteadas; más adelante intentaré ofrecer una problematización.
Primeramente, deseo explicitar, en líneas generales, de que no y de que sí se tratan las críticas.
Estado de la cuestión
En primer lugar, la crítica fundamental no intenta juzgar la validez del uso de medios masivos de comunicación en el ámbito de los ministerios cristianos. En segundo lugar, la problematización no incluye valoraciones personales, es decir, la cuestión es planteada a nivel estructural, no personal. En tercer lugar, las críticas no excluyen – al menos la mayoría -la pluralidad ni veta las previsibles divergencias hermenéuticas.
Es decir, no yace en el planteo de la discusión un deseo totalizador u homogenizante. Por último, el problema nuclear no discute directamente una u otra doctrina cristiana.
Sin embargo, en ocasiones la discusión sobre el tema de la gracia es central en la crítica hacia la TP. Ahora, después de haber dejado claro de qué no se trata el problema planteado, podemos plantear, vía positiva, cuáles son las críticas centrales hacia la TP.
En primer lugar, aparece una crítica teórico – teológica en la que se denuncia la falsedad de los juicios y discursos de tal teología (principalmente en puntos que se consideran centrales de alguna herencia denominacional) frente a otros discursos que reclaman validez o cierta verdad.
En segundo lugar, aparece la crítica ética que señala el carácter dañiño (injusto?) de las acciones de la TP.
En tercer lugar, la crítica hace referencia a la deformación e inadecuación espiritual y existencial que promueve la TP. Esas tres críticas conforman el núcleo de lo que se ha dicho en los últimos años.
Problematización
En consideración a ese núcleo hago las siguientes precisiones, con el propósito de problematizar la discusión:
a) No se trata de interrogar la TP desde textos o tradiciones denominacionales, preguntándose por medio de qué error, desviación, ignorancia, distorsión especulativa o práctica, la “doctrina” ha podido ser traicionada hasta tal punto.
Se trata, por el contrario, de interrogar nuestras tradiciones desde la realidad de esa teología. Mejor que buscar en nuestras tradiciones lo que podría condenarla anticipadamente, se trata de preguntarse qué es lo que, en ellas, lo ha permitido, lo que continúa justificándolo, lo que permite todavía que exista.
La cuestión de la TP no debe plantearse en términos de error (versión teórica) sino de realidad.
b) No tratar de situar la interrogación únicamente a nivel de las causas – aunque esto es importante -. Si nos preguntamos: ¿cuál es la causa de la TP (ignorancia, mala intención, oportunismo, involución)? Hace de esa teología una enfermedad. Se la piensa solamente de modo negativo; como un obstáculo a eliminar, un disfuncionamiento que corregir.
La TP es la enfermedad de un cristianismo por lo demás sano y robusto. La cuestión de la TP debe plantearse en términos positivos. No debe hacerse una escisión entre el problema de las causas y el problema del funcionamiento: ¿para qué y a quiénes sirve? ¿qué funcionamiento asegura?, ¿en qué discursos y prácticas se integra?
c) Debemos renunciar a la subvaloración que yace en colocar a la TP como representante de un cristianismo entre comillas, frente a nuestro cristianismo – sin comillas -, el cual sería el único en dar el punto de vista legítimo.
d) En suma, hay que hacer valer la especificidad de la cuestión de dicha teología contra toda conversión teórica (que hace de ella una cuestión legible a partir de algunas tradiciones), contra toda conversión historicista (que hace de ella un efecto de coyuntura, aislable a partir de sus causas), contra toda disociación utópica (que coloca a la TP como “pseudocristianismo”, en oposición al cristianismo “en sí”)
Conclusión
Debemos cuidarnos de no caer en simplismos y simplificaciones burdas; pero ante todo hemos de buscar el debate crítico. Las discusiones coyunturales – en ocasiones – nos hacen crear (¿o necesitamos crearlos?) monstruos y nos convierten en vigilantes y verdugos. El quehacer teológico latinoamericano no puede permitirse caer en semejante trampa.
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Jonathan Pimentel Chacón. Director del Seminario Teológico Bautista de Costa Rica

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