
La utopía necesaria (y 4)
Manuel López, MADRID, España, Abril 12, 2005
Hablando en cinésica
“El lenguaje es una cosa muy pobre”, escribió Georges du Maurier. “Se Taxi Heathrow Airport llenan los pulmones de aire, vibra una pequeña hendidura en la garganta, se hacen gestos con la boca, y eso estremece el aire; y el aire hace vibrar, a su vez, un par de membranitas en la otra cabeza... y el cerebro capta toscamente el mensaje. ¡Cuántos circunloquios y qué pérdida de tiempo!...”
“Tus hechos me hablan tan fuerte que no me dejan oír tus palabras”...
Sí, han leído bien. Bajo esta célebre frase anónima del refranero popular subyace cada vez más potente la kinésica o cinésica, esto es, la disciplina de la psicología que estudia el significado expresivo de los gestos y de los movimientos corporales que acompañan los actos lingüísticos o, para ser más exactos, aquella parte de la teoría de la comunicación que estudia los gestos y los movimientos del cuerpo como medios de expresión.
Casi nada. Palabras -perdón, puesto que de comunicación no verbal se trata, pongamos no palabras- que expresan con meridiana claridad y contundente elocuencia lo que se quiere comunicar. “Las palabras”, dejó sentenciado para la historia Du Maurier, “pueden muy bien ser lo que emplea el hombre cuando le falla todo lo demás”.
Visual, gestual, táctil, química... El repertorio de canales de comunicación desborda por los cuatro costados el escaso territorio de lo meramente verbal. El universo de la comunicación es una constelación de muchas esferas. La palabra hablada sólo es una más.
Desde la publicación de la obra de referencia de Flora Davis, La Comunicación no verbal*, no han venido dejando de realizarse estudios de campo en los universos más dispares y variopintos. Curiosamente, el ámbito de la religión es un territorio como quien dice semi virgen, apenas explorado para la cinésica.
Ahí entramos de lleno en el escenario de tensión de la dicotomía entre liturgia -“orden y forma en que se llevan a cabo las ceremonias de culto en las distintas religiones”, reza el Diccionario- y proxémica -esto es, la forma en que el ser humano estructura inconscientemente su micro espacio individual-. O lo que es lo mismo, el guión oficial de la celebración colectiva, por un lado y, de otra parte, la rutina del día a día de la vida real de cada uno.
El corpus litúrgico, reducido ahora a la alabanza en los sectores carismáticos, encarna la celebración total de la comunicación del hombre con su Creador. El componente verbal es importante, pero en ocasiones no lo es menos el silencio de un periodo de oración, o la simple contemplación de las bandejas con el pan y el vino en la Santa Cena, o la audición de una música de fondo.
Actores de la liturgia cristiana somos todos los creyentes, ya sea en primera línea en lo alto del estrado o desde un lugar anónimo en el último banco. Pero el dicho de que cada uno es cada quien cobra en estos momentos de globalización y multiculturalidad unas dimensiones no siempre fáciles de salvar. Porque se trata de proyectar la liturgia en el sentido vertical hacia el Supremo Hacedor... sin olvidar la proyección horizontal convivencial de todo acto social, incluida la liturgia.
Así, aquellos que tienen la costumbre de contornearse y alzar las manos durante los cánticos, por ejemplo, resulta que es posible que no dejan leer la letra proyectada en la pantalla del estrado a los que están detrás.
Por el contrario, un excesivo envaramiento en el culto puede inducir en ocasiones a pensar que la parroquia está... dormida. O ausente.
Como nadie ignora, la ecuación resultante de la proyección vertical y horizontal de la adoración es ciertamente distinta en ambos casos. Entronización racional de la palabra, solemnidad, orden, recogimiento, reverencia, cultura colectiva por un lado, en el ámbito del protestantismo histórico. Del otro lado, en el campo evangelical, exaltación de la fibra emocional, fiesta, espectáculo, desinhibición, ritmo musical, cultura individual.
En primer lugar el respeto recíproco y más allá la armonización razonable -y tan deseable- de ambas querencias es sin duda un tema crucial para tratar en la Conferencia sobre Misión y Evangelización que convoca el Consejo Mundial de Iglesias en Atenas en fechas próximas, mayo de 2005, previa a la IX Asamblea del CMI a celebrar en Porto Alegre 2006.
Más allá de la expresión formal, lo cierto es que, una vez acabado el culto, de lunes a sábado, cada cual volvemos a nuestra burbuja. Permítaseme ilustrar esta imagen con un proverbio de Moliére: "Todos los hombres se parecen por sus palabras; solamente las obras evidencian que no son iguales".
La utopía necesaria pasa inexcusablemente por hacer nuestra la Declaración de la Conferencia de Medellín de 1968 que sostiene que “...la palabra hablada es el vehículo normal de la fe... En nuestro tiempo la palabra también se manifiesta como imagen, colores y sonidos, adquiriendo las diversas formas los diferentes medios de las comunicación social”.
Ahí estamos. "Lo importante no es escuchar lo que se dice, sino averiguar lo que se piensa". (Juan Donoso Cortés).
El pasaje de Jesús escribiendo con el dedo en la tierra cuando detiene el intento de lapidación de la mujer adúltera (Juan 8:6,8) es cada vez más moderno. En fases críticas de situaciones dadas, nos comunicamos de verdad cuando hablamos sin palabras... La oratoria, la homilética... son hijas de la cinésica. "No me lo digas, demuéstramelo".
Sí, moverse en el culto, dar algo de libertad a la expresión corporal, parece no sólo permisible, sino también recomendable. El límite está en no invadir el espacio -o la paz mental- del vecino, claro está...
* Título original: Inside Intuition - What we Knew About Non-Verbal Comunication, McGraw-Hill, Nueva York, 1971. Edición castellana: Alianza Editorial, Madrid,1976.
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Manuel López, periodista español, director de la revista Foto y miembro de la Primera Iglesia Bautista de Madrid.

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