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Jueves 7 de Junio, 2007

Evangélicos y preservativos

Alberto Roldán, BUENOS AIRES, Argentina, Febrero 1, 2005

El pasado 18 de enero se produjo un revuelo en el ámbito de la Iglesia Taxi Heathrow Airport  Católica Romana a raíz de un anuncio de la Conferencia Episcopal  Española. En el mismo, se autorizaba el uso de preservativos para los creyentes en el contexto de una prevención integral y global del SIDA.

Ello parecía dar por  superada la posición inflexible de la Iglesia Católica Romana en esta  materia. Como sabemos, esa Iglesia tiene un corpus documental en el cual  establece una posición clara e inflexible en materia sexual. En  encíclicas como Casti Connubi, Humanae Vitae y Evangelium Vitae se expresa en forma  negativa en cuanto al uso de métodos anticonceptivos.

Establece una clara distinción entre "métodos naturales" y "métodos artificiales". Sólo está permitido para los fieles católicos el uso de los primeros (por caso, el  método del ritmo) negando toda posibilidad de utilizar otros métodos que considera artificiales (preservativos, anticonceptivos, etc.).

Aunque la postura parece clara en su enunciado, a veces se torna difícil establecer la distinción entre "natural" y "no natural" y aplicar diferencias de criterio moral para ingerir una aspirina (medio no natural) o el uso de anteojos para ver mejor (otro medio no natural) y la prohibición de un anticonceptivo.

En  los dos primeros casos, se permite; en el tercero no. Es oportuno que, como evangélicos, tengamos en claro varias cosas en esta materia del uso de métodos anticonceptivos. A la raíz del tema en cuestión está el punto de vista que las iglesias tienen sobre la sexualidad. ¿Por qué existe? ¿cuáles son sus fines? 

Es sabido que para la Iglesia Católica Romana -tal como lo fijan sus documentos ya citados- hay sólo un fin primordial que es la  procreación.  En consecuencia, toda relación sexual que no esté abierta a la procreación es moralmente inadmisible. Junto con ello, es bueno recordar su fuerte  énfasis en la virginidad y el celibato de sus sacerdotes.

Como bien observa Mario Vargas Llosa, esa posición estricta "ha alejado de la Iglesia Católica a millones de hombres y mujeres" y, además, "las prohibiciones de esta índole son poco menos que universalmente desobedecidas por los creyentes, aunque vayan a misa los domingos y se casen y entierren según los ritos católicos." (Diario La Nación, 23 de enero de 2005, p. 11).

Pero ¿y por casa cómo andamos? En esta materia -como en muchas otras- las posiciones fijadas en documentos o visibles en  los  comportamientos de los evangélicos y evangélicas muestran una gran diversidad.

Aunque no hay relevamientos y estadísticas, se tiene la  sospecha de que hay muchos -incluyendo pastores- que dentro de las iglesias  evangélicas creen que la sexualidad es sólo para la procreación y que,  por lo tanto, es indigno que los creyentes usen métodos que impidan la  procreación.

En ese caso están -sin proponérselo y sin saberlo- en un alineamiento implícito con la posición católica. Es bueno que -más  allá del  derecho que le cabe a cada iglesia de fijar su posición- se tengan en cuenta varias cosas. A eso vamos. 

Según la Biblia misma la sexualidad no tiene un único propósito que es la procreación. Ya en el relato de Génesis 2 la sexualidad es vista como una complementación y medio unitivo entre hombre y mujer porque "no es bueno que el hombre esté solo".

Cuando se le indica "serán una sola carne", el contexto inmediato no está refiriéndose a la procreación. Ésta, por supuesto, es una de las finalidades de la sexualidad, pero no la única y  principal al punto de ubicar a las otras en un segundo plano.

¿Y qué del  placer sexual? Pues bien, nunca nos cansaremos de indicar que en la  negación  abierta o velada del placer sexual, está un enorme bagaje cultural del pensamiento griego que se filtró en el cristianismo.

Ese bagaje tiene que ver con el desprecio del cuerpo, la dicotomía "cuerpo/alma" (soma/sema =cuerpo = cárcel del alma) que se desliza en escritos de padres de la Iglesia  y en las prácticas de flagelación en los monasterios, que dejó para la  posteridad un cúmulo de enseñanzas y actitudes de negación de lo sexual. 

San Agustín de Hipona, por ejemplo, llega a afirmar que "el acto sexual, aún en  el matrimonio es cruel y vergonzoso".

Es muy difícil deconstruir toda una comprensión equivocada que se fue forjando a través de siglos. Esas posiciones se fueron construyendo y solidificando en las mentalidades y es muy difícil deshacerse de ellas.  Pero lo que cabe para los evangélicos es tener en cuenta que en esa materia,  existen algunos principios que son fundamentales para orientar nuestra  ética  respecto a los anticonceptivos o el uso del preservativo.

La madre del  borrego está en responder adecuadamente la pregunta: ¿para qué existe la sexualidad? Si ella existe sólo y puramente para procrear, entonces las  posiciones inflexibles y restrictas son válidas, legítimas y ¡bíblicas! 

Pero ¿será así? Una cosa es clara: desde la Biblia y desde la experiencia  milenaria -pasando por los aportes de la psicología- se ha establecido claramente que somos seres sexuales.

La sexualidad forma parte constitutiva  de nuestra naturaleza. Y el placer es elemento esencial de esa  sexualidad.

La Biblia es muy clara respecto a este tema, de tal modo que existe un libro entero de la Biblia dedicado al erotismo y la sexualidad. Porque más allá  de  las creativas e ingeniosas hermenéuticas simbólicas (Jehová e Israel,  Cristo y la Iglesia) el Cantar de los Cantares es en sí, un manual sobre la sexualidad del hombre y la mujer y el placer que su práctica provoca. 

 Bien lo decía Dietrich Bonhoeffer: "no podemos imaginarnos un amor más ardiente,  sensual y fogoso que el descrito allí. Es una verdadera suerte que se halle  en la Biblia, a despecho de quienes ven lo cristiano en la moderación de las pasiones." (Resistencia y sumisión, p. 212).

Entonces ¿se pude usar el preservativo? Si entendemos la  sexualidad como un don de Dios, una de cuyas finalidad es el placer,  no  hay  nada indigno en su uso ya que no se trata de un método abortivo. Decir lo  contrario podría revelar cierta hipocresía porque, como bien señala el  citado Vargas Llosa, la incitación primordial para hacer el amor "en  todos los seres humanos, sin excepción, ha sido la búsqueda del placer y no la  fabricación de descendientes."

Alberto Fernando Roldán. Doctor en Teología por el Instituto Universitario ISEDET (Bs.As.) y la Escola Superior de Teologia (San Leopoldo, Brasil). Director de Programas Superiores de la Facultad Internacional de Estudios Teológicos (FIET). Ha publicado 14 libros en castellano, con 3 traducciones al portugués y una al alemán.

E-mail: alberto@teologos.com.ar