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Sábado 25 de Diciembre, 2004

Recuerdos de Navidad

Hugo Lévano, LIMA, Perú, Diciembre 20, 2004

En recientes décadas el pavo se ha convertido en la principal víctima de las navidades Taxi Heathrow Airport peruanas, aunque nada tenga que ver con el nacimiento de Cristo en Belén de Judea. Pero de eso es culpable la invasión del “american way of life” en nuestro país y en otras partes del mundo.

El hecho es que el pavo, en su insípida versión al horno, ha desplazado a otros más suculentos y sabrosos alimentos que constituían el elemento principal de la cena de Navidad. Entre los que se contaban, al menos en Lima, los tamales, el escabeche, y el aguadito de gallina “al punto de parida”, que quiere decir un manjar capaz de restablecer ipso facto a la mujer que acababa de dar a luz. Sin mencionar otros muchísimos manjares regionales.

No ha podido el pavo, sin embargo, desplazar de las mesas navideñas al criollo chocolate. Quizá porque los gringos, que han impuesto a Papa Noel y los árboles de Navidad, la desconocida nieve con su trineo y las hojas de esa ignota planta llamada arce, nunca aprendieron a preparar chocolate como se debe. A lo más han llegado a ese sucedáneo que se denomina cocoa, que parece pero no es.

La verdad es que las intrusiones foráneas no se limitan al pavo. También allá por los años 30 del siglo XX apareció en las mesas navideñas el “panetone” o pan dulce, de origen italiano. Pero los italianos, en Perú, nunca fueron extranjeros. Y el panetón fue aceptado, entre otras cosas, porque se adicionaba a  los dulces que tenían lugar reservado en las mesas peruanas, ya con el chocolate como con los pastelillos y mazamorras.

Lo que es de lamentar es que esa intrusión ha ido desalojando de las costumbres navideñas peruanas al pesebre o Nacimiento, que era el foco de la Navidad y que se anticipaba al dicho de “No hay Navidad sin Jesús”, puesto que el Niño era el centro.

En el barrio en que nací, había un nacimiento, de la familia Chichizola, que ocupaba la mitad de una gran sala y tenía cerros, animales, trenes, ríos con cascada y otros artilugios. Venía gente de lejos a contemplarlo. No era el único, ni muchos menos. En las casas más pobres se armaban otros nacimientos. En el callejón donde nací, la señora Sara y sus hijas, una se llamaba Domitila, reunían desde principios de noviembre, a los niños del vecindario y nos hacían ensayar villancicos.

Y en la noche del 24 de diciembre, ataviados con la ropa dominguera y algunos disfrazados de ángeles, coreábamos, a voz en cuello “Niño Manuelito, qué quieres comer. Torrejitas fritas, envueltas en miel”. El repertorio era más amplio, pero no lo recuerdo. La culminación era cuando, a medianoche, la dueña de casa colocaba en el pesebre, hasta entonces vacío, el Niño.

Claro, que después de los cánticos llegaba el banquete, no sólo de sabrosos platos, sino de chocolate y dulces. Naturalmente, en casas más acomodadas los ensayos se habían hecho con piano, no a capella, y las voces sonaban mejor. Lo mismo que el refrigerio. Por otra parte, esa noche se repartían los juguetes a los niños. En cada hogar según las posibilidades del padre.  

Y los nacimientos, además del pesebre, el Niño, los Magos y ángeles, tenían cerros de papel maché, corderos, aves, pastores y cuanto la imaginación del dueño y sus colaboradores podía concebir. Y que podía estar confeccionado de yeso, arcilla, porcelana o cualquier otro material, incluso oro o plata.

Para confirmar la fama de fiesteros de los limeños, el Nacimiento era motivo de otra jarana. El seis de enero o poco después se procedía a la “bajada de reyes”. Ese día se reunían los vecinos en la casa donde había Nacimiento. Y tras los bailes, cada invitado procedía a retirar un animal, un pastor, un ángel u otro objeto del  pesebre.

No el niño, ni los reyes magos que eran reservados para invitados especiales. Porque antes de retirar algo del Nacimiento, el que lo hacía debía depositar una ofrenda en un plato. Y además prometer que el año siguiente lo repondría, con un ejemplar mejor. Y en el caso del Niño o de los Reyes ese compromiso era solemne. Y por supuesto, motivo de jolgorio general.


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