Comunicando la verdad en tiempos de violencia
Rolando Pérez, LIMA, Perú, Diciembre 6, 2004
Entre 1980 y el año 2000, el Perú vivió una situación de violencia política sin Taxi Heathrow Airport precedentes que dejó un doloroso saldo de asesinatos, secuestros, desapariciones forzadas, torturas, detenciones injustas, graves crímenes y violaciones a los derechos humanos. Las consecuencias del proceso de violencia se tradujeron en cifras que alarman por su dramatismo.
La Comisión de la Verdad y Reconciliación en su informe final ha estimado que el numero mas probable de peruanos muertos o desaparecidos en el conflicto armado interno se sitúa alrededor de 69 mil personas. Los daños materiales causados por el conflicto son igualmente enormes, aún cuando sólo se tome en cuenta el impacto de la violencia en la infraestructura nacional, pública y privada. Los cálculos conservadores consignan un monto similar a la deuda externa nacional: más de 26 mil millones de dólares.
Recordamos aquellos tiempos duros de la guerra que S.L. le declaró al país, Ayacucho nos remite no solo a aquel escenario tangible en donde se generó la violencia, si no también a una suerte de símbolos que nos han permitido acercarnos a una realidad que cada vez nos ha ido tocando a todos: la necesidad de comprometernos con la paz.
Se ha escrito y se ha hablado mucho en estos años respecto a la experiencia de los ayacuchanos en los tiempos de la guerra y de la post-guerra. Los que se desplazaron, aquellos que se quedaron y los que hoy retornan forman parte de una misma historia: Los actores que convivieron y se enfrentaron con la violencia. Pero, Qué estrategias usó la población para sobrevivir y crear nuevos modos de comunicación y convivencia en este tránsito accidentado y cargado de aquella cultura de la incomunicación que generó el terrorismo, anulando la posibilidad de ejerce el derecho a comunicar. Los estudiosos del fenómeno dan cuenta del surgimiento, en medio de la guerra, de nuevas experiencias de organización -como los Comités de autodefensa, las rondas campesinas- y del papel de las organizaciones del sociedad civil que jugaron un papel fundamental en la estrategia de enfrentamiento al senderismo.
Creo que vale la pena resaltar esta valiosa contribución de los evangélicos en este contexto, que si bien no respondió a una estrategia organizada en términos de ejercer desde la iglesia una participación en la vida ciudadana, obligó a muchos miembros de las iglesias responder desde su religiosidad y sus valores cristianos a la acción terrorista y la propia cultura senderista, siendo, entre otras cosas, solidarios y tolerantes.
Sin embargo, hay otros actores que han hecho contribuciones igualmente valiosas en estos tiempos de la guerra, de quienes tampoco se ha dicho mucho. Uno de ellos, son los medios de comunicación, y en especial la Radio local, un medio que ha estado al lado de la gente en este tránsito violento.
Allí donde las vías de comunicación estaban bloqueadas o no existían formas para saber lo que acontecía con los encarcelados, desaparecidos y desplazados, la radio se convirtió en un medio eficaz para enterarse de los acontecimientos que en medio de la guerra ocurría cada día. La radio ha trascendido las fronteras y ha transitado en medio de los dos fuegos, en medio de los asesinos y de las víctimas, en medio de los violentos y los pacificadores, en medio de los que habrían heridas y los que la sanaban. Y hoy sigue interactuando con el nuevo escenario cultural y social que encontramos en las comunidades ayacuchanas. Y es que -como diría Anibal Ford- nuestras culturas se arman tanto en los medios como en la calle. De modo que estamos hablando de un medio que se ha convertido no solo en un testigo simple de la guerra, sino también en un actor activo en este tránsito difícil de la historia peruana.
La historia de la radio
Huanta, una comunidad ubicada a 4 horas de la ciudad de Huamanga, la capital del Departamento de Ayacucho, es una de las localidades que se convirtió en el escenario desde el cual surgió la violencia perpetrada por el Movimiento terrorista Sendero Luminoso.
A esta localidad llegaban los heridos, los huérfanos, y los que se desplazaban a otras ciudades huyendo de la guerra; Por allí transitaban militares y subversivos.
En esta comunidad, los misioneros presbiterianos decidieron hace mas de 20 años instalar una Emisora radial, permitiendo que un grupo de jóvenes y líderes asumieran la tarea de "hacer una radio para al gente". La denominaron Radio Amauta.
Radio Amauta desarrolló una estrategia de inserción en la comunidad, incorporando en su programación los elementos de la cultura andina en esta zona del Perú. Pero, nunca imaginaron que mas tarde se encontrarían con el desafío de "hacer radio" en medio de la violencia, entre detonaciones y disparos. Hoy, revisando las páginas de la historia sangrienta de la violencia política en el Peru, podemos percibir que la trascendencia de los comunicadores que impulsaron esta experiencia de comunicación, no solo está en el hecho de haberse quedado cuando todos -atemorizados por la guerra- se iban, sino más aún el haberse comprometido con el dolor, la fuerza, el canto y la esperanza de la gente, y el haber caminado junto a ellos para derrotar la violencia.
Hace poco estuve en Huanta y tuvimos un largo diálogo con los integrantes del equipo de esta radio. Todos ellos cuentan sus propias historias personales y colectivas. Sus testimonios dan cuenta de la manera como desde la radio han estado cerca a la gente, consolando a los heridos y golpeados, animando a los huérfanos y viudas. Ellos han aprendido mucho estos años, su visión del compromiso con la comunidad y de lo que significa "hacer comunicación tomando partido de lado de las victimas de las violencia y en defensa de los más débiles, de los excluidos.
La apropiación de la palabra en la radio
La población de Ayacucho, por su raíz quechua y su tradición oral son sumamente expresivos y afectivos para comunicarse e interactuar entre ellos y con los otros.
Es tan fuerte este tejido cultural que aún cuando la violencia generó una suerte de fragmentación de las relaciones e interacciones sociales, no ha logrado socavar la memoria oral de la gente, aquel "verbo popular" que se humaniza en lo cotidiano, allí donde se procesa lo que se vive y lo que se ve, donde transita la vida y se encuentra instalada la esperanza.
La radio recuperó este capital cultural otorgándolo un significado nuevo al convertirlo en un factor de comunicación en medio de la guerra.
Hay muchos testimonios que dan cuenta que en los años tensos de la guerra, los pobladores venían a la localidad de Huanta, desde donde transmitía la radio, buscando refugio, pero también buscando un lugar donde compartir sus tensiones, sus temores, sus miedos, sus impotencias.
Muchos se alojaban en el local de la Radio Amauta. La radio, decían muchos de ellos, es nuestra compañera, nos hace sentir que no estamos solos. Pero, es interesante notar en los testimonios que muchos de ellos venían a la ciudad con un fuerte deseo de hablar, de contar, de narrar lo que estaban viendo y viviendo.
Algunos solo lloraban, otros cantaban, también habían aquellos que solo oraban a Dios. La radio, recogía estos testimonios y los compartía con los oyentes, recuperando así esa necesidad tan humana de hablar y de ser escuchado, mas aun cuando el terror y la violencia atropella la palabra, deshumanizándolo todo.
Así, frente a cada detonación de un explosivo que intentaba destruir en pedazos no solo los recursos materiales y las vidas humanas, sino también los bienes simbólicos y la propia comunicación cotidiana entre la gente, la radio recuperaba -desde la hermosa experiencia de hacer de la palabra una voz viva y humana- el valor de la comunicación, el derecho a expresar en alta voz la opción por la vida.
En este contexto, la radio se ha convertido en un factor importante para recuperar aquellas memorias culturales propias de la tradición andina, permitiendo que la gente exprese su alegría en medio del dolor, su indignación, su impotencia, sus sentimientos personales y colectivos.
Mientras la violencia fragmentaba el tejido social en las comunidades,, la radio, simbólicamente ha ayudado en estos años a generar otras construcciones sociales, otros relatos, otros territorios, que han posibilitado la construcción de nuevas relaciones, abriendo paso a una estrategia contrasubversiva de articular el tejido social que el senderismo intentaba desarticularlo.
La radio ha ayudado a recrear el sentido de la solidaridad en medio de las transformaciones de la vida comunitaria. Bien dice García Canclini que cuando los hombres producen nexos y concatenaciones, hacen la vida soportable y son un auxilio para el terror.
El discurso ético en la radio: Una confrontación con la cultura senderista
La violencia ha trastocado fuertemente la ética social de los Ayacuchanos. Valores, como la solidaridad comunitaria, la convivencia tolerante han sido golpeadas por cada estallido.
Aquella cultura dogmática de la intolerancia y la irracionalidad, que sostenía las acciones senderistas intentó mover la estructura de la ética social ayacuchana.
Sin embargo, la gente ha buscado nuevas estrategias para superar y vencer cotidianamente esta fuerza avasalladora, y en la radio ha encontrado un medio estratégico para seguir sosteniéndose en sus valores mas ancestrales.
Es aquí, donde Radio amauta, junto a otros proyectos de comunicación posibilitó un lugar para que la gente colocara su apuesta ética en medio del fundamentalismo senderista y el autoritarismo militarista.
Cuando el discurso senderista se legitimaba públicamente a través de los medios, se levantaban desde la orilla religiosa voces que también predicaban la esperanza, aquella que anhela un mundo más justo y humano.
En estos años de la violencia también se libró una intensa confrontacióna nivel discursivo, entre aquellos predican una ética cristiana -traducida, entre otras cosas, en el amor al prójimo, en la solidaridad, en una ética personal de compromiso con los pobres- y aquellos que desde la orilla violentista predicaban la intolerancia, la muerte, la anulación del encuentro, la aniquilación de la palabra, el fundamentalismo ideológico, etc.
Todo esto nos hace pensar que la guerra propiciada por S.L. no ha sido solo una guerra de armas, sino también una confrontación con valores éticos, que en muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana hoy ha dejado huellas.
La música y la información: Dos géneros radiales para entender la ritualidad cultural andina
Este pueblo que cuenta y narra sus historias con el canto y la música encontró en la radio un medio para revivir y re-significar aquella cotidianeidad que la violencia intentaba distorsionarlo.
Mientras que la información ha hecho que los ciudadanos hablen y opinen sobre aquello que les tocaba cercanamente a su vida cotidiana, la música ha permitido que la gente exprese sus sentimientos.
En el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación da cuenta que “en los años de violencia, Radio Amauta, organizó festivales musicales que eran transmitidos en directo. Al lado de este espacio abrieron otro, una especie de participación popular, cada fin de semana llegaban hasta el local de la emisora grupos de pobladores que querían no solo enviar sus mensajes de saludo, sino también entonar sus canciones para decir lo que sentían.
En ese sentido, cumplió un rol terapéutico, de soporte emocional al brindar un espacio público de expresión de dolor, de tristeza, pero también de esperanzas. De esta forma Amauta contribuyó a reconstruir las redes sociales rotas por el accionar de el PCP-SL en una de las zonas mas golpeadas por la violencia”.
Por otro lado, la narración de noticias en Radio Amauta no se circunscribía a un espacio solamente, sino que la información recorría permanentemente. La narración informativa se daba desde las noticias respecto a los acontecimientos propios de la guerra, hasta los mensajes personales, pasando por las novedades de la vida social de la comunidad.
Escuchar noticias, y gozar con la música, han sido dos modos expresivos que el lenguaje de la radio ha permitido que la gente, al tiempo de enterarse de los hechos diarios, también goce aflorando su subjetividad en medio de la racionalidad de la guerra. la radio, en ese sentido, se ha convertido en una suerte de amortiguador de los duros golpes que la violencia ha generado en la población.
Si bien los informativos radiales locales narraban los hechos en medio de la censura dictada por los dos lados del fuego, la gente se enteraba de los hechos en su real dimensión sintonizando los noticieros que provenían de la otras radios nacionales. pero, la radio local o Departamental se convirtió en un buen Medio para que la gente enviara sus mensajes y saludos, tan vitales en medio de tanta incomunicación.
En los últimos años, Amauta continuó acompañando a las victimas de la violencia, ofreciendo su espacio a sus demandas y colocando permanentemente la defensa de los derechos humanos en su agenda periodística.
Por otro lado, a través de estos dos géneros la radio ha recuperado la ritualidad cultural de la gente, reconocibles en la riqueza del canto y la narración, en su ritualidad oral que la violencia ha intentado acabar. Esto se ha convertido en una suerte de liberación subjetiva, en un verdadero encuentro con la libertad de vivir y de expresar los sentimientos sin censuras y castraciones.
La música se ha convirtió en un código de comunicación que ha recuperado memorias culturales, como lo festivo, la riqueza del canto ayacuchano, de aquellos géneros y ritmos musicales que hablan de la historia, de la vida, de la esperanza del pueblo ayacuchano, pero también de sus modos de imaginar y soñar la vida. Y los radialistas se convirtieron, ciertamente, en cómplices con este encuentro con la vivencia cultural musicalizada.
El escenario nuevo hacia el proceso de reconciliación
El Gobierno Transitorio presidido por el Dr. Valentín Paniagua creó la Comisión de la Verdad el 4 de junio del 2001, la misma que fue ratificada y complementada por el Dr. Alejandro Toledo el 4 de septiembre del mismo año, denominándose finalmente Comisión de la Verdad y Reconciliación
La creación de la Comisión de la verdad sin embargo, se crea como consecuencia de una sostenida campaña que duro muchísimos años por parte de las instituciones y organizaciones de la sociedad civil que denunciaron permanente la sistemática violación de los derechos humanos, y en donde emisoras como Radio Amauta han jugado un papel importantísimo para colocar la voz y la propuesta de la victimas de la violencia en la agenda política sobre el tema de la reconciliación en al país.
La campaña se sostenía en la constatación de tres hechos significativos:
- La falta de conciencia de la población respecto a la importancia de pasar un nivel de conocimiento de la verdad parara generar un verdadero proceso de reconciliación y de pacificación del país.
- La falta de voluntad política por parte de los gobernantes para conformacion una Comisión de la vedad.
- La ausencia en la agenda publica generada por los medios de la necesidad del proceso de reconciliación y encuentro con la verdad.
En esta tarea de visibilizar la palabra de las victimas lograda a través de los medios y particularmente a través de la radio, permitió que la ciudadanía empezara a reconocer que aquella herida era nuestra herida, aquella historia personal era parte de nuestra historia colectiva.
La campaña logró finalmente que la transición democrática incluyera en su agenda la creación de la Comisión de la Verdad, es decir el reconocimiento de la necesidad de que se nos conceda el derecho a conocer la verdad, a romper la historia oficial tergiversadamente contada para encontrarnos con la historia real.
Nuevamente encontramos en esta experiencia que el rol de los medios en tanto legitimadores de la opinión publica sigue siendo fundamental para construir la democracia.
En este caso, “El rol de los medios no solo se limita a la promoción de la paz y la visibilidad a los procesos de rehabilitación y resarcimiento público. En la medida que es importante que la reconciliación se enmarque en un proceso de inclusión social de las poblaciones afectadas es necesario que se generen los consensos y sentidos comunes en torno a atacar las causas estructurales que alimentaron el escalonamiento de la guerra.
Sin medios, en las sociedades modernas, es muy difícil el consenso nacional, necesario para que no vuelva a repetirse la historia en un pueblo usualmente desmemoriado. La reconciliación es una oportunidad no solo para cerrar las heridas del pasado sino para rediseñar el futuro”.
Unas reflexiones finales!
J.F. Lyotard considera a la civilización como el aprendizaje de una palabra compartida a la que distingue tres estatutos del derecho a comunicar, a opinar, a decir: En primer lugar, la facultad de interlocución -que es un principio fáctico inherente a las lenguas humanas-, en segundo lugar, la legitimación de la palabra que anuncia como algo distinto (lo cual se esfuerza por hacer entender al otro); y en tercer lugar, el derecho positivo de hablar, que reconoce al ciudadano la autoridad de dirigirse a los otros”.
Las experiencias que hemos compartido se han dado en escenarios en donde la palabra pública se ha devaluado considerablemente. Y los grandes medios de comunicación han contribuido muy poco a potenciar el valor pedagógico de la palabra.
La sobreexposición de las imágenes, la cultura de la publicidad ha puesto en escena el discurso de la vida cotidiana asociándolo con el espectáculo, con la frivolidad.
Los programas de Talk Show o Reality Show son una verdadera caricatura de la vida social, que asocia el dialogo, la conversación con el insulto, con el con el chisme, con la discriminación, poniendo en positivo la intolerancia, la violencia, el atropello, etc.
En este contexto necesitamos construir un discurso público alternativo, pero no marginal, que comunique una ética nueva en una sociedad fragmentada y violentada por los discursos dogmáticos, autoritarios e intolerantes.
Necesitamos construir un discurso que convoque al diálogo, a la complicidad con el bien común, una palabra que con coherencia ética y con autoridad moral interpele a las autoridades, pero también a los ciudadanos, que muchas veces se convierten en cómplices del adormecimiento y la pasividad política frente a las injusticias, al atropello de la dignidad humana.
Si hablamos de afirmar la democracia, construyendo una cultura de paz y reconciliación no podemos hacer comunicación soslayando las voces de las victimas, de aquellos que especialmente fueron excluidos históricamente en América Latina.
En ese sentido, necesitamos romper con la cultura de la exclusión que los medios legitiman cotidianamente. Necesitamos, en ese sentido, trabajar para que los medios de comunicación se conviertan en verdaderas plazas publicas en donde todos puedan no solo decir su palabra, sino también dialogar, discutir, conciliar y plantear propuestas para el cambio.
Aquí necesitamos valorar y legitimar públicamente la palabra de las mujeres, de los jóvenes, de los indígenas, de comunidades de fe excluidas, de los desplazados por la violencia terrorista y estructural.
Esto implica que la construcción de la democracia y la afirmación de la ciudadanía también significa también hacerse responsable de la desigualdad económica, social y cultural existente en nuestros países, lo cual implica recuperar a la democracia como la nueva utopía que debe ser construida a través de procesos educativos desde la pluralidad, la justicia, el diálogo, la deliberación y la participación.
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