
Marcas en el mundo
Oneide Bobsin, SAN LEOPOLDO, Brasil, Noviembre 11, 2004
"Quiero dejar mi marca en el mundo", respondió un joven pobre al ser interrogado por Taxi Heathrow Airport estudiantes de medicina que investigaban las causas del embarazo entre adolescentes.
Seguramente esa respuesta puede ser compartida por gran parte de los millares o millones de adolescentes que provocan embarazos anualmente en Brasil y, posiblemente, en otros contextos de creciente miseria en el mundo.
Esta respuesta revela unas razones para la gravidez en la adolescencia, que no se ajustan a las explicaciones de sentido común y de los programas de salud pública.
Estos, en general, se dirigen a concientizar a los jóvenes para que usen preservativos y contraconceptivos, pero ignoran las motivaciones con sentido de vida. Sabemos que gran parte de las adolescentes conocen los recursos para evitar el embarazo. Por eso, las razones no son necesariamente descuido o falta de información.
En una sociedad con tanta riqueza acumulada en pocas manos y con miseria creciente, tener se transforma en la finalidad de la vida. El que no tiene nada, no es. "Tengo, luego soy", es la máxima de nuestra sociedad.
En el siglo XIX, cuando Carlos Marx denominó a los trabajadores asalariados como proletarios, quiso expresar que solamente tenían hijos. Eran dueños solamente de sus hijos. Así denunciaba la miseria de los trabajadores.
En esas condiciones de miseria, tener hijos puede ser una razón para hacer presente en el mundo su marca. En otras palabras, el adolescente citado puede estarse valiendo de la gravidez prematura para decir a todos: "!Lola, yo existo!"
Hace 20 años, cuando hacía cola en el registro civil para inscribir a mi hija, una abuela trataba de contestar a un hombre por qué estaba muy alegre por el nacimiento de su sexta descendiente.
Al ser recriminado por una señora bien arreglada por el trabajo que daba a su mujer, el hombre respondió: "La única cosa que mi pobre señora tiene son sus hijos". Y lo decía con el rostro repleto de felicidad.
Estudios recientes sobre la gravidez en la adolescencia en sociedades patriarcales, como la nuestra, buscan nuevas explicaciones para entender este fenómeno.
Sin dejar de considerar los argumentos que todos conocemos, recordemos las experiencias que nos muestran cómo la vida se reorganiza en algunos hogares cuando una criatura está próxima a nacer.
Al contrario de lo que podamos pensar, la llegada de un nuevo ser puede restablecer una serie de relaciones y referencias significativas, rotas por la pobreza o por otros factores de incidencia negativa.
Ante este cuadro, me atrevo a decir que el hijo salva, a la joven madre que fue sumergida en el caos a que está sometida la juventud en el contexto en que vivimos, especialmente los jóvenes pobres.
Además, ser madre es asumir un status que arranca a la joven del anonimato. Igualmente, la joven podría estar inspirando el culto a la mujer que trae el ser divino en su vientre.
Nuestras hijas y tantas otras jóvenes también dejan sus marcas en el mundo. Ellas pueden estudiar, soñar con una profesión, ingresar a una universidad, porque sus familias conservan ciertos valores y estabilidad financiera; en fin, pueden planear su futuro como alguien singular.
En las familias consumistas, hijos e hijas andan en autos lujosos, usan ropa de marca y zapatillas de moda. Asimismo, hay referencias de vida, valores estables o símbolos de consumo, a través de los cuales estos jóvenes dejan su marca en el mundo, singularizándose, a veces, falsamente.
Necesitamos, pues, dar un paso más allá de los programas de salud pública y de los prejuicios moralistas. Si creemos que el Hijo Salva, ¿dónde están las marcas de la solidaridad en la fe en nuestro mundo? Las marcas de nuestra fe pueden contribuir para cambiar significativamente esta situación.
Oneide Bobsin. Pastor de la Iglesia Evangélica de Confesión Luterana en el Brasil y profesor de Ciencias de las Religiones en la Escuela Superior de Teología de Sao Leopoldo, Brasil.

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