![Mons. Oscar Rodríguez, arzobispo de Tegucigalpa [Foto: M. Quintero]](/picture/Rodriguez_c32d99.jpg)
Cardenal afirma que la lógica del mercado no puede servir a los cristianos
Manuel Quintero, QUITO, Ecuador, Setiembre 17, 2004
El cardenal hondureño Oscar Andrés Rodríguez Madariaga, uno de los prelados católicos latinoamericanos que con Taxi Heathrow Airport más consistencia ha combatido los males del sistema neoliberal, afirmó aquí que “la lógica implacable del mercado no puede servir a los cristianos en un proyecto de vida inspirado apenas en la razón del éxito, por encima o a costa de los demás”.
El cardenal hizo sus planteamientos en la conferencia que inauguró el simposio de obispos, sacerdotes, laicos y laicas de América Latina, Alemania y España, que sesionó del 13 al 17 de septiembre en la Casa Bethania de Quito.
El simposio, tercero de su tipo, fue organizado por la Acción Episcopal Alemana Adveniat, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y la Conferencia Episcopal del Ecuador (CEE) y tuvo como principal objetivo reflexionar sobre la realidad política y económica del continente a la luz de la doctrina social católica.
Haciéndose eco de un documento del CELAM, Rodríguez Madariaga afirmó que “en un contexto de globalización, marcado por una cultura que busca a todo precio la eficiencia y el éxito económico, los cristianos tenemos el desafío de recordar la dimensión de gratuidad, ya que lo más humano no se compra ni se vende, tiene valor pero no tiene precio”.
“En su esencia, el cristianismo es la religión de la gratuidad, por eso cristianismo es Evangelio; ahí todos los excluidos oyen de Jesucristo que Dios los ama de verdad y sin condiciones; ellos no tienen que demostrarle que son buenos, Él los ama primero con un amor que se recibe como regalo”, puntualizó.
El crítico análisis del prelado hondureño marcó el tono de los debates y deliberaciones del simposio, que contó con la participación de destacados economistas de varios países del continente y de personalidades del mundo de la política del país sede.
Ese talante crítico quedó reflejado en el documento final del evento, que enfatiza la preocupación de los participantes por el incremento de las tasas de pobreza e indigencia en América Latina y el Caribe, al lado del aumento del desempleo, la exclusión social y las migraciones.
Preocupación que se extiende a la inestabilidad política, la falta de capacidad y voluntad de los gobiernos para aplicar políticas sociales, y el hecho de que los tratados de libre comercio se estén negociando “a espaldas del pueblo y en condiciones desfavorables para nuestros países”.
La declaración advierte que la deuda externa se sigue pagando “a costa del pan, de la salud y de la educación de nuestros conciudadanos” y que la misma continúa agobiando a los países del continente, especialmente a sus sectores más marginados.
Critica la emergencia de una “mentalidad consumista” que es, afirma, la que “sostiene la economía de mercado”; economía cuyo propósito “no es producir bienes y servicios para satisfacer las necesidaes humanas, sino producir necesidades artificiales y mercancías para satisfacerlas”.
En cuanto al impacto de la globalización, destaca que “las transformaciones globales de la economía mundial están modificando los parámetros del desarrollo social en todos los países” y que se están globalizando así algunas amenazas al bienestar del ser humano, especialmente los riesgos ambientales.
En el plano político, el documento reconoce el predominio de sistemas democráticos de gobierno y el fortalecimiento de las libertades fundamentales, pero señala al mismo tiempo “una pérdida de liderazgo y un debilitamiento de los partidos políticos”.
“Se viven formas de democracia y espacios de libertad que de ninguna manera son la democracia que merecemos ni la democracia a la que aspiramos”, establece la declaración.
El texto recuerda que la ética, la economía y la política son tres disciplinas con una racionalidad propia en la consecución de sus fines, pero afirma que la ética “tiene la misión de iluminar a la economía y a la política para que sus acciones tengan como centro a la persona humana.”
Recordando que cada mujer y cada hombre son imagen de Dios con derecho a una vida digna, establece que “el crecimiento y el desarrollo, vistos integralmente, deben ser procesos complementarios con la finalidad de favorecer a todas las personas sin discriminación”.
Señala que en esa ética juega un papel muy importante la solidaridad, “una solidaridad abierta al cambio, a la promoción de la autoestima, del desarrollo autogestionario y la equidad”.
Concluye con una cita de Juan Pablo II, en la que se define esa solidaridad “como la determinación firme y perseverante de empeñarse en el bien común”.(645/2004).

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