Volver al inicio

Lunes 12 de Noviembre, 2007

Tejer la esperanza en comunidad

José Aurelio Paz, LA HABANA, Cuba, Agosto 31, 2004

La vida comenzó a cambiar para Isabel la tarde en que le invitaron a participar Taxi Heathrow Airport del grupo Tejedoras de la Esperanza. Esposa de un seminarista, vivía agobiada por  serios problemas de salud y las tareas hogareñas de criar varios hijos.

“Yo era una persona muy triste. Muy callada. Todo me atormentaba y tenía la autoestima por el piso. Cuando me hablaron no me creí suficiente. Nunca había tejido a crochet.”, afirma.

Mientras que para Alicia Hidalgo, costurera de oficio, aquella era una idea loca. “El tejido es muy trabajoso —afirma— nadie paga nunca lo que vale la labor y mis manos eran sumamente lentas para hacerlo. Así que, como medio de subsistencia, no me parecía nada extraordinario.”

Ambos testimonios fueron piedras derribadas por el proyecto que iniciara, tres años atrás, el Seminario Evangélico de Teología de Matanzas (SET), ubicado a unos 200 kilómetros al este de La Habana.

“La iniciativa, aupada por la entonces rectora del Seminario, la doctora Ofelia Miriam Ortega, no tenía propósitos filantrópicos sino que tomaba el tejido como pretexto para un intercambio humano y de superación entre las mujeres que le integraba”, explica Elizabeth González (Chavela), coordinadora del programa.

“Si bien comenzamos con nueve amas de casa hoy tenemos 18, y nuestro proyecto es hoy autosostenido por el resultado económico de la labor del grupo.

“La idea era tomar a mujeres minimizadas por su estatus familiar, económico o de alguna índole y demostrarles que Dios siempre tiene planes de renovación para nuestras vidas.

“Aquellas mujeres que llegaron un día hasta el Seminario para sentarse a tejer no son, espiritualmente, las mismas de hoy. Muchas, apenas si hablaban porque vivían encerradas en la rutina de la faena diaria. Sin embargo, la esperanza comenzó a establecer sus hilos.”

Los hermosos tejidos a crochet que el grupo acumula se venden y, del resultado, una parte significativa pertenece a las tejedoras como un fondo de ayuda colectiva, mientras otra es destinada al fomento de talleres de formación y autoestima, así como para llevar la práctica a otras regiones del país. Ya, en un poblado de la propia Matanzas conocido como La Guanábana y en la provincia de Pinar del Río, se multiplica experiencia.

Hoy Isabel es otra persona. El hecho de reunirse no solo a tejer, sino a compartir angustias y sueños, momentos litúrgicos y de devoción a Dios le han cambiado la vida. “Soy otra persona, tejer me relaja. Ahora entiendo que, como mujer, yo también valgo. Me siento llena de luz”, afirma.

Mientras Alicia está admirada: “Mis manos, de manera increíble, siehicieron ágiles, junto a mi mente, para el tejido. Y, aunque la cuenta de los ahorros me comenzó a dar, lo más significativo para mí, como ser humano, ha si sido este compartir, esta manera de tejer nuestra esperanza en comunidad.” (597/2004).