La historia de Guadalupe ilustra el drama de los migrantes y el SIDA
Manuel Quintero, BANGKOK, Tailandia, Julio 10, 2004
La historia de Guadalupe, una niña mexicana de siete años nacida en los altos de Taxi Heathrow Airport Jalisco, fue presentada por el Rev. Hernán Quezada en uno de los talleres del encuentro “Acceso para todos: la respuesta de la comunidad de fe” e ilustró dramáticamente la vulnerabilidad de los migrantes frente a la pandemia del SIDA.
Miguel, el padre de la niña, había viajado a Estados Unidos antes del nacimiento de la pequeña. Después de pasar cinco años en el país norteño, regresó temporalmente a México, y de esa visita nació Guadalupe, cariñosamente llamada Lupita.
Volvió entonces a Estados Unidos, de donde regresó cinco años más tarde, sin fuerzas para trabajar, perdiendo peso y sufriendo de fiebres. Los análisis fueron tan claros como brutales: había contraído el SIDA. La madre, contagiada por el esposo, y la misma Lupita, también tenían el VIH. Faltaba por saber si el bebé por nacer igualmente tendría la enfermedad.
Miguel murió antes de que naciera su segundo hijo; la madre murió poco después del parto, dejando huérfanos a Lupita y su hermanito, quienes fueron recogidos por una tía materna.
Pero cuando el esposo de esa tía descubrió que ambos niños tenían el VIH, encolerizado y violento, le exigió a su esposa que los sacara de la casa, temiendo por el posible contagio de sus propios hijos.
La mujer, aterrada, arrojó al bebé al río y llevó a Lupita al Mesón de la Misericordia, donde una monja la recibió y aceptó quedarse con la niña.
La migración internacional, que abarata los costos de producción en los Estados Unidos, sirve de mecanismo para propagar el HIV en el territorio mexicano, señaló Quezada, sacerdote jesuita y líder del proyecto Migración y SIDA en la Universidad Iberoamericana.
Según la información de la Asociación Administrativa de Servicio y Salud (AASS) hay unos veintitrés millones de mexicanos en Estados Unidos, de los cuales más de la mitad (doce millones) nacieron en México; 8.5 millones son migrantes con residencia fija en aquel país, y 3.5 millones son trabajadores temporales del sector agrícola.
De acuerdo con un informe del Consejo Nacional de Prevención y Control del SIDA, de la Secretaría de Salud de México, un número significativo de casos de SIDA tienen antecedentes de residencia en el país del norte, y algunas de las tasas de incidencia de SIDA más altas corresponden a estados y ciudades donde se origina la mayor migración hacia los Estados Unidos.
Por otro lado, el noventa por ciento de los migrantes mexicanos en Estados Unidos no tiene acceso a servicios de salud, y al menos una quinta parte del total padece dos o tres enfermedades crónicas. Tan sólo en California, el 68 por ciento de los casos de VIH y SIDA corresponde a personas nacidas en México, en su mayoría hombres (77%) en edad de trabajar.
“Los migrantes enfrentan a la pobreza; la discriminación y la explotación; la alienación y el sentido de anonimato; el acceso limitado a servicios sociales educativos y de salud; la separación de sus familias y de su pareja; y la separación de normas socioculturales que rigen el comportamiento en comunidades estables. Todos estos son factores determinantes de creciente riesgo de infección por el VIH para los migrantes y sus familias”, señaló.
La migración no se detendrá, tampoco el SIDA. América Latina se enfrenta a un rostro nuevo de la epidemia, el rostro del Jesús migrante, que huía de Herodes, que emigró en los brazos de José y María en busca de oportunidades de vida. Y ello plantea nuevos y grandes retos para las iglesias, concluyó Quezada. (454/2004)

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