
Luces y sombras del periodismo de opinión - Por Manuel López
Manuel López, MADRID, España, Junio 13, 2004
“Dadme una columna en el periódico más influyente y cambiaré el mundo”. La cita es Taxi Heathrow Airport imaginaria, pero muy bien podría resumir la esencia del pensamiento de todo aspirante a líder de opinión. Por más que intente moderar razonablemente el “masaje” de su ego, a nadie que escriba algo firmando con su nombre y apellidos le “molesta” expresar y hacer valer su opinión.
“Opinar”, dice el Diccionario, no es otra cosa que “formar o tener opinión”, “expresarla de palabra o por escrito” o “discurrir sobre las razones, probabilidades o conjeturas referentes a la verdad o certeza de una cosa”.
“Verdad”, “certeza”... ¿a que estas voces tan rotundas les suenan a palabras clave en el discurso religioso? >La< Verdad. >La< Certeza. “Certeza” es una palabra cuyo significado no admite fisura alguna: “conocimiento seguro y claro de alguna cosa” y “firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar”, dice el Diccionario.
“Verdad”, en cambio, es un concepto flexible. Lo mismo puede significar de manera objetiva “realidad, existencia real de una cosa” que de modo subjetivo “conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente” o “conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”.
Así, bien puede decirse que existen tantas “verdades” como puntos de vista personales

Una imagen tan universal y “objetiva” como es la representación del mapamundi es objeto de interpretaciones subjetivas sin límite. La perspectiva varía sustancialmente según el punto de vista. Sobre el papel, el mapamundi es un referente común, pero en realidad es personalizado a la carta de acuerdo a la visión o los intereses de la fuente que lo divulga. Así, visto y representado desde el Norte, el Sur es reducido a la mínima expresión visual.

Visto desde el Sur, en cambio, el Norte pierde su apabullante predominio espacial, con lo que el Sur pasa a cobrar la posición dominante. El objeto es el mismo –el mapamundi–, pero el significado cambia ostensiblemente.

Con la información ocurre otro tanto. De continuo se nos ofrece como información “objetiva” lo que en realidad es información pasada por el tamiz de los intereses o el filtro ideológico de la fuente de turno.
Ahí estamos; con la >infopinión< hemos topado. Procede, por tanto, analizar el propio concepto de opinión como objeto... opinable. Ya sea de manera sutil o en su manifestación pura y dura, la “infopinión” es información maquillada, presentada de la manera “políticamente correcta” según la visión subjetiva que dictan los intereses del emisor.
En el ejemplo visual que encabeza este párrafo, el mapamundi de KLM sitúa el centro del mundo en Amsterdam, sede de la compañía de las líneas aéreas holandesas. Lo mismo hacen las restantes compañías aéreas; las capitales en las que tienen su sede central son respectivamente el centro del “mundo mundial”.

Las protestas en todo el mundo contra el gobierno de Estados Unidos por la guerra de Irak han alimentado la creatividad plástica del fenómeno global de imparable ascenso que es la cultura de paz.
Esta otra representación del mapamundi, ahora conforme a la cosmovisión militarista de EE. UU. en la doble clave de denuncia y humor es buena prueba de ello.
Opinar nos lleva inexorablemente al ejercicio de la crítica, que será siempre tanto más auténtica cuanto mayor sea su compromiso con su manifestación primaria: la autocrítica.
Así, lo primero que procede criticar es la propia acepción parcial y sesgada que de la propia palabra “crítica” generalmente se hace. Salvo las excepciones de contados grupos disidentes o en todo caso “incómodos” para el poder establecido, el mundo religioso asocia –interesadamente, claro– la palabra >crítica< a dos de las seis acepciones que de esta voz ofrece el Diccionario: la tercera, “censura de las acciones o la conducta de alguno”, y la séptima, “murmuración”.
Y pasa por alto las cinco restantes, desde la primera, la definición-marco teórica: “arte de juzgar de la bondad, verdad y belleza de las cosas”, hasta la que hace al caso en la práctica: “conjunto de opiniones expuestas sobre cualquier asunto”.
La opinión es el fruto raíz del ejercicio de la libertad de expresión. Y en la agenda de los despachos eclesiásticos ocupa el lugar prominente la salvaguarda del dogma, esto es, “proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable de una ciencia”.
Dogmático es la persona “inflexible, que mantiene sus opiniones como verdades inconcusas”, y lo inconcuso no es otra cosa que “firme, sin duda ni contradicción”.
Así se comprende la dificultad de armonizar espacios para el dogma y la crítica o, lo que es lo mismo, el territorio de la fe y el sustrato de la sospecha, la duda, la crítica... en definitiva, lo opinable. Pero es preciso hacerlo, en el convencimiento de que “el sabio puede cambiar de opinión”, como dijo Kant, para concluir: “el necio, nunca".
Todo lo más que se llega a tolerar internamente en los establecimientos religiosos es la crítica “constructiva”. Es el síndrome de la >cuidadosística<: “hay que ser muy >cuidadoso<, hermano; hemos de tener mucho cuidado con lo que decimos, cómo lo decimos, a quién lo decimos, en qué contexto lo decimos...”
Es norma no escrita pero práctica universal en todo “establecimiento” silenciar informaciones “inconvenientes”, en el convencimiento de que deben prevalecer la buena imagen y los intereses de la organización de turno: “hay cosas que es mejor no airearlas... podrían ser mal interpretadas, dar una imagen negativa de nosotros...”
Raro es el día que no te llegue algún aviso de “cuidadosística” aplicada a lo que justo acabas de hacer, decir... o pensar. La “lección” puede tener la procedencia más peregrina, pero el mismo denominador común: no surge por generación espontánea. La llamada al “cuidado” procede invariablemente de la órbita de las curias de los despachos eclesiásticos.
Eso no quiere decir que el escritor de artículos de opinión tenga patente de corso para decir lo que le venga en gana. La disposición a escuchar opiniones distintas y, sobre todo, el ejercicio de la autocrítica, deben presidir en todo momento no sólo el fondo y la forma de su discurso, sino el trasfondo mismo de la vida de todo “opinador” en los medios.
Del decálogo del escritor de Augusto Monterroso transcribo este consejo: “Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda.” Y concluye: “En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.”
Este consejo tiene mucho más valor cuanto más pegada a la realidad esté la actividad del escritor. Los escritos de ficción son recreo para el espíritu, mientras que los artículos de opinión son materia en bruto para la reflexión.
Por la vía de la crítica es como se estimula el flujo del contraste de pareceres, que a su vez hace posible que el lector pueda analizar distintas opiniones encontradas y sopesarlas libremente –“examinar con atención el pro y el contra de un asunto”– al objeto de poder formarse su propia opinión, su propio criterio.
La gloria del periodismo de opinión, si bien efímera –todo articulista vale lo que su último artículo– es innegable: dimana autoridad y contribuye a crear estados de opinión, lo que le convierte en referente de pedagogía social para la construcción de la democracia.
El prestigio personal y la influencia son rasgos distintivos de los más acreditados líderes de opinión. “Dadme una columna...”.
Pero tras el brillo de las luces viene la penumbra de las sombras. Los poderes fácticos manejan todos los resortes imaginables para atraer al “redil” a los “díscolos” y “molestos”. El precio de mantener la independencia está en relación directa con el peso social de las opiniones vertidas por analistas y críticos del sistema correspondiente.
Así, en el campo religioso faltan por doquier espacios para la crítica; la cultura de la tolerancia conoció mejores días. Las organizaciones religiosas suelen ponerse nerviosas sólo con que no se diga “amén”.
Manuel López, periodista español, director de la revista Foto, profesor de Ciencias de la Comunicación y miembro de la Primera Iglesia Bautista de Madrid.
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