Carta del Segundo Encuentro de Familias Confesionales
Consejo Latinoamericano de Iglesias, SANTIAGO, Chile, Mayo 20, 2004
Queridas Hermanas y Hermanos,
Nos hemos reunido por tres días en Santiago de Chile, en Taxi Heathrow Airport total 65 obispos y obispas, presidentes y presidentas, y moderadores y moderadoras de iglesias cristianas de 15 países de América Latina, así como representantes del Consejo Mundial de Iglesias, de la Conferencia de Iglesias de Europa y del Concilio Nacional de Iglesias de Estados Unidos.
Nos convocó a este encuentro el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI) "para avanzar, bajo el discernimiento del Espíritu Santo, en el proceso de edificación de la iglesia del Señor". En estas jornadas analizamos temas como la unidad y la cooperación, la voz pública y el crecimiento, y los desafíos a la misión de la iglesia.
Con ésta queremos compartir con nuestras iglesias un saludo fraternal de esperanza en la resurrección de Jesús, de paz en la cruz de Jesús y de justicia en la misión de Jesús.
Aunque no tenemos que recitarles la letanía de dificultades, problemas y sufrimientos que padecen nuestros pueblos, porque Uds. las conocen bien, pues las sufren en su propia carne, sí queremos pedirles oración por situaciones muy delicadas que se viven en países como Colombia, Venezuela y Cuba, que corren peligro de intervenciones militares externas; y países como Bolivia, Ecuador y Perú, atravesados por profundas crisis económicas y sociales que amenazan su estabilidad política, todo ello con funestas consecuencias para los pueblos de estos países.
Pero esta misma realidad produce una exigencia desde nuestros pueblos, recogida en el clamor de Jeremías: "Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame y seré salvo, porque tú eres mi alabanza." (Jer 17.14) Consideramos que esta necesidad y la búsqueda de alternativas, soluciones, sanidad y salvación es tan apremiante que, o abrimos las puertas y corazones de nuestras iglesias para dar respuestas, o las derriban. Es la irrupción del Espíritu Santo que sorprende y desafía a su pueblo. Es una oportunidad grandiosa que el Señor nos da en este momento de la historia, que nos recuerda las palabras de Jesús a la iglesia en Filadelfia: "Delante de ti he puesto una puerta abierta que nadie puede cerrar, y aunque tienes poca fuerza has hecho caso de mi palabra y no me has negado." (Ap. 3.8)
Reconocemos que nuestras estructuras eclesiales son muy frágiles, que nuestras congregaciones han crecido a margen del poder en nuestros países y han ministrado desde la pobreza económica y la debilidad. Pero hermanas y hermanos: esa es nuestra fuerza; ahí está nuestra riqueza: en ello radica nuestra contribución.
Precisamente porque nunca hemos estado instalados en el poder secular ni lo poseemos, es que podemos desarrollar la misión de Jesús a la manera de Jesús. Es por eso que tenemos que depender de la fuerza y el accionar del Espíritu de Dios, en lugar de depender de nuestro dinero, inteligencia o prestigio; de la fuerza del irresistible amor no-violento de Dios y el nuestro, y no del poder de las armas; de la fuerza de la solidaridad comunitaria y humana, en vez del individualismo competitivo, solitario y deshumanizante; de la fuerza de la adoración, cooperación y apoyo entre cristianos y cristianas a nivel intereclesial, interdenominacional o ecuménico, nacional, regional e internacional, y no del aislamiento y sectarismo al cual nos quiere acostumbrar el mundo.
Damos gracias a Dios y celebramos la presencia de comunidades de fe en todos los rincones de nuestro continente con la participación activa de mujeres y hombres; de jóvenes, niños y niñas y adultos; de indígenas, afroamericanos, mestizos, orientales y blancos. Les animamos a crecer en una espiritualidad integral y a ejercer un ministerio dirigido hacia la dimensión intelectual, emocional, espiritual y física del ser humano en sociedad, evitando las polarizaciones entre lo espiritual y lo material, y entre iglesias con diferentes énfasis.
Durante los próximos años les instamos a asumir el reto de:
Llamar a hombres y mujeres a seguir a Jesús en su vida personal, a esforzarse para vivir cada día "a la manera de Cristo"; Crecer juntos y juntas en comunidades de fe, de justicia, no-violencia, equidad, paz y entrega a los pobres; Trabajar en la transformación de nuestras sociedades de acuerdo con la voluntad redentora de Dios en la historia.
Con la ayuda de Dios, edificaremos iglesias caracterizadas por la unidad, el amor y la justicia.
Al despedirnos, después de tres jornadas de compartir fraternal y de profunda comunión espiritual, les llamamos a hacer una realidad entre nosotros la exhortación del apóstol Pablo a los efesios: "Les ruego que se porten como deben hacerlo los que han sido llamados por Dios, como lo fueron ustedes. Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor; procuren mantener la unidad que proviene del Espíritu Santo por medio de la paz que une a todos".
Afirmamos, hermanos y hermanas, con el apóstol Pablo, que "hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como Dios los ha llamado a una sola esperanza. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos".
En el amor de ese solo Dios y Padre de todos y todas les saludan,
II Encuentro de Familias Confesionales
Santiago de Chile, 17-18 de mayo de 2004
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