Franciscanos: primeros en traer la cerveza a Sudamérica
Manuel Quintero, QUITO, Ecuador, Abril 28, 2004
Las vetustas paredes del Convento de San Francisco, el mayor y más antiguo en el Taxi Heathrow Airport continente americano, albergan --además de una extraordinaria colección de pinturas, vestuarios de la época y muebles de fino diseño-- unas antiquísimas bateas y toneles. Son las bateas donde se mezclaban los ingredientes y los toneles empleados para fermentar y madurar el producto de lo que fuera la primera cervecería en Sudamérica.
La curiosa iniciativa se debió a los esfuerzos del fundador del convento, el fraile flamenco Jodoco Rique (1498-1578), que era natural de Malinas. Este poblado belga, situado 32 km al sur de Amberes era entonces la capital religiosa de Bélgica y alcanzó celebridad por la calidad de sus encajes, sus campanillas de bronce y ... su cerveza.
No es extraño que Rique, fiel a sus costumbres y al espíritu de su terruño, decidiera tempranamente producir aquí la bebida de su predilección. Rique perteneció a la Orden de los Franciscanos, la primera enviada a las Américas por la corona española para evangelizar a los autóctonos de esta parte del mundo.
El monumental conjunto arquitectónico, formado por el convento y la iglesia del mismo nombre, comenzó a levantarse en 1535 sobre las ruinas de un palacio del inca Huayna-Capac. La construcción del conjunto, que mezcla los estilos arquitéctonicos italianos y españoles, demoró setenta años. Pero cuando ya la estructura básica estaba en pie, hacia 1560, una sección del convento se destinó a la destilería de la mundialmente célebre bebida.
La más antigua mención de la cerveza se encuentra en unas tablas de arcilla escritas en lenguaje sumerio, cuya antigüedad se remonta a 4.000 años antes de Cristo. En esas tablillas se describe una fórmula casera para su elaboración: se cuece pan, se deshace en migajas, se prepara una mezcla en agua y se deja fermentar. El resultado, dicen las tablillas, es una bebida que hace que la gente se vuelva “alegre, extrovertida y feliz”.
Para realizar sus sueños el fraile Rique se trajo el trigo de Europa, una gramínea que encontró propicios los suelos de Quito. También una fórmula particular para producir su cerveza, que luego sería transmitida fielmente de un maestro cervecero a otro, a lo largo de generaciones.
“Es que esos primeros misioneros eran como Abraham. Salían de su tierra y de su parentela para no volver atrás. Por eso traían consigo sus libros y lo que era posible de su propia cultura”, señala el padre John Castro, director e historiador del Museo de San Francisco.
“Si esos frailes hubieran sido franceses, seguro hubieran intentado producir vino. De hecho, un franciscano oriundo de Niza, el fraile Marcos, trajo una cepas de uvas, pero ni el terreno ni las condiciones climáticas aquí son favorables para los viñedos”, agrega.
No sabemos cuál fue la fórmula original que utilizó Rique, pero al decir de muchos que la degustaron la modesta destilería produjo una cerveza de óptima calidad, que se fabricó artesanalmente, año tras año, para satisfacer las necesidades de los habitantes del convento.
Si en el primer siglo el número de frailes franciscanos no era tan importante, en etapas subsiguientes el convento llegó a tener una población de 200 monjes, a los cuales abastecía la destilería con una cerveza ligera y clara, para consumo cotidiano, y otra negra y más fuerte, para las fiestas y ocasiones especiales.
“La cerveza es el pan del alma”, es un dicho que se atribuye aquí a los franciscanos, y un monje célebre, Martín Lutero, probablemente estaría de acuerdo.
También otro personaje histórico, el desaparecido José María Velasco Ibarra, quien fuera presidente del Ecuador en cinco ocasiones el pasado siglo y la figura política dominante en más de cincuenta años en este país.
Don Velasco Ibarra solía asistir a misa en la Iglesia de San Francisco y, al concluir la celebración, se unía a los monjes franciscanos para almorzar en un salón contiguo a la destilería. Además de la amable hospitalidad y la culta conversación de los monjes, al político le motivaba otra razón para esos almuerzos dominicales: disfrutar de la excelente cerveza franciscana.
La cervecería funcionó ininterrumpidamente desde mediados del siglo XVI hasta la década de 1980, cuando debió cerrarse por problemas laborales, explica el padre Castro. Pero su testimonio de cuatro siglos y medio de presencia es imborrable, quizás porque las risas de tantos frailes a los que hizo “alegres, extrovertidos y felices”, todavía resuenan entre las paredes del convento.(269/2004).
Albert Dómina
Es invalorable este comentario respecto a la cerveza.
Es increíble que semejante legado histórico se haya cerrado en 1980. Nada se puede hacer para volver a hacerla funcionar? (-Envíen la formula artesanal para Argentina, ya que aquí nuestro nuevo gobierno promueve todo tipo de emprendimientos productivos. Y mas aún este que tiene un fuerte incentivo cultural-).
Los felicito por vuestros artículos.
Alberto Dómina

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