Nace un nuevo movimiento cristiano en Honduras
Manuel Quintero, TEGUCIGALPA, Honduras, Febrero 5, 2004
Es una abúlica tarde de domingo y en la veranda del hotel, bajo un cielo Taxi Heathrow Airport que rápidamente se torna gris y amenaza lluvia, converso con un pastor, Víctor, y dos laicos, Carlos y Gregorio, que conjuntamente con el teólogo Osmundo Ponce forman la directiva o “equipo coordinador” del Movimiento Popular Cristiano, MCP.
Se trata de un movimiento nuevo, que comenzó a estructurarse durante el último año y que da sus primeros pasos en la vida política y eclesial del país.
Está constituido por varias iglesias evangélicas del área de Tegucigalpa, pero tiene la intención de alcanzar a otras en el resto del país. Es por naturaleza y por vocación ecuménico y, como lo indica muy bien su nombre, busca colocarse del lado de los sectores más desfavorecidos en una sociedad marcada a fuego por la desigualdad.
Ya había conocido al pastor Víctor y a Gregorio durante la marcha por la paz que la mañana de ese 1 de febrero protagonizaron jóvenes cristianos de otros países centroamericanos y hondureños.
El MCP se hizo presente en la marcha con una gran tela y un grupo de pastores y jóvenes de sus respectivas congregaciones. Pero confieso que el nombre despertó en mí algunos recelos.
¿No es ese término “popular” un factor de exclusión en un movimiento que se define a sí mismo como cristiano y ecuménico? Y, también: ¿Por qué surge ahora este movimiento, a destiempo de lo que ha ocurrido en los vecinos países centroamericanos y en la mayoría de los países del continente, donde se dio una compleja, a veces contradictoria, a veces fecunda relación entre la fe cristiana y el compromiso político?
Gregorio, el primero en tomar la palabra, se esfuerza por explicar las razones y factores que determinaron el “atraso histórico” de los cristianos hondureños en su aggiornamento. Es verdad que en los 80 hubo sectores eclesiales que manejaron un discurso liberador, pero fueron pocos y débiles, al lado de una iglesia, la católica, que estaba fuertemente comprometida con el status quo, y de otra, la evangélica, que predicaba la doctrina de los “dos reinos” y postulaba una separación de los cristianos de la cosa pública.
A ello se sumó, puntualiza, el comparativo atraso cultural y educacional de la población del país, las fracturas dentro del movimiento popular y las políticas represivas de los gobiernos de turno, que sembraron el temor y forzaron a muchos cristianos a replegarse.
Carlos interviene para señalar que, en esos años, los cristianos carecían del instrumental teórico y la práctica que les permitieran establecer una relación entre su fe y el compromiso político. “Preferíamos trabajar con las comunidades, se dejaba a un lado lo eclesial, reconociendo que era muy difícil”.
Refiriéndose a la génesis del MCP, Carlos relata que el 1 de mayo del 2003 fue el momento en que “se juntaron dos visiones, una de fe y otra política”. En los años precedentes, los cristianos con vocación de protagonismo en la arena política habían permanecido replegados, sumidos en cierta desesperanza.
Para algunos de ellos, con experiencias en luchas y procesos políticos, el trabajo con las iglesias significaba un desgaste y era mucho más satisfactorio concentrar los esfuerzos en los organismos sociales y los sindicatos, “generando conciencia social a partir de los problemas concretos de la gente en las barriadas”.
Víctor interviene para señalar que, en Honduras, la influencia de la teología de la liberación fue débil y en los pocos seminarios existentes en el país se estudiaba como algo demoníaco. Bajo la influencia de misioneros provenientes principalmente de los Estados Unidos, se impuso una visión teológica que separaba la vivencia de la fe de la realidad social y política.
Lo popular en la concepción de los líderes del MPC denota claramente “un llamamiento a favor de las mayorías” a las que el sistema quiere convertir en “desechables”, añade Carlos. Esta identidad popular es coherente con la realidad de un país donde el 83 por ciento de la población vive en la pobreza, y cerca del 46 por ciento en la miseria extrema.
“Sin cerrar la puerta a otros sectores sociales, debemos mantener una opción preferencial por los pobres”, dice. “Lo de popular también obedece a una meta consciente: la construcción del poder popular, a partir de los niveles comunales”, afirma.
Gregorio destaca que el MCP se propone fortalecer el movimiento popular, que como fruto de la aplicación del modelo neoliberal en los 90 sufrió una sensible desarticulación, especialmente en las organizaciones sindicales.
Busca también impulsar los principios éticos de inspiración cristiana en el seno de ese movimiento e involucrar a otros cristianos en el movimiento popular. Ello es posible ahora porque se advierte una ruptura de esquemas de parte de la izquierda tradicional, una superación de prejuicios respecto de los cristianos.
Pero lo esencial en el movimiento es la identidad cristiana, apunta Osmundo. En ocasión de la toma de la ciudad de Tegucigalpa el pasado 26 de agosto, se celebró una liturgia y en una situación de gran tensión entre las organizaciones populares, el MCP aportó un mensaje de unidad que fue decisivo para evitar la polarización.
“En esa oportunidad pude ver la mano de Dios”, en esa confrontación entre los “blandos” y los “duros” de la izquierda, señala Gregorio. “De esa experiencia salimos fortalecidos, lo que se expresó cuando nos dimos el saludo de la paz. Ese fue el germen de donde brotó la Coordinadora Nacional de Resistencia Popular”.
Osmundo considera que el MCP disfruta de especial credibilidad en el seno del más amplio movimiento popular en razón del compromiso de sus pastores y laicos, de la tenacidad y paciencia con que desarrollan las tareas más humildes, de su capacidad para abordar los problemas y conflictos con un enfoque netamente pastoral.
En opinión de Carlos, esa credibilidad también se debe a que los sectores populares están sedientos de una palabra de esperanza: “Quieren tener fe en un poder superior que les ayude a derrotar el poder abrumador del sistema”.
Y Víctor complementa la reflexión: “El movimiento fomenta la espiritualidad en los sectores populares”.
El pastor habla entonces de la necesidad de evitar un distanciamiento de los líderes del MCP con sus bases y describe la misión del movimiento como un “leudar” a las congregaciones cristianas, ayudándoles a leer la Biblia a partir de la realidad hondureña.
Como pastor, a raíz de su propia conversión, Víctor comenzó a preocuparse por la situación de sus feligreses, y reuniéndose regularmente y conversando con ellos descubrió la triste realidad de sus vidas.
“Había muchos que mostraban su alegría en los cultos, que saltaban, gritaban ‘¡gloria a Dios!’ y oraban agradeciendo por las bendiciones recibidas. Solo conversando con ellos comenzaron a hablarme de sus problemas: de la violencia en el hogar, de los hijos que se unían a las pandillas, del desempleo... asuntos que no se atrevían a manifestar por temor de que se les considerara personas de poca fe.
A ellos les invito ahora a que juntos desahoguemos nuestra entereza espiritual y demostremos a los poderes establecidos que conocemos cuál es nuestra realidad y que estamos comprometidos a cambiarla”.
Carlos destaca que la formación teológica es una de las áreas en las que el MCP concentra sus mayores esfuerzos, mediante talleres y seminarios donde se plantea una nueva lectura de las Escrituras vinculada con problemas cotidianos de la gente.
El MCP también intensifica sus esfuerzos para lograr una mayor presencia e inserción en las estructuras del movimiento popular.
Dice Carlos: “Queremos impulsar desde adentro del movimiento popular los valores éticos del Reino, introducir elementos bíblicos y teológicos en los análisis que se hacen de la realidad nacional y fortalecer la espiritualidad de los que están en ese proceso, con una perspectiva ecuménica. Sin olvidar un papel de vigilancia moral, para salvaguardar la integridad del proceso”.
Los líderes del MCP saben que el camino emprendido dista de ser fácil. El movimiento se ha sostenido sin apoyo externo, gracias a la mística de sus miembros, pero la escasa disponibilidad de recursos conspira contra sus metas de ampliar y profundizar su presencia en todo el país.
Como cualquier movimiento, vive la tensión de su institucionalización, de convertirse en una estructura rígida: “no podemos convertirnos en otra ONG, porque allí muere”, reflexiona Carlos. Por eso, no se le pide a la gente que viene al MCP que abandone su propia iglesia u organización cristiana, sino que se inserte en ella con más fuerza para “leudarla”.
La tarde dominical ha avanzado y se ha vuelto más silenciosa en la veranda del hotel. Pronto va a anochecer, y todos sentimos que es hora de despedirnos. Pero queda una pregunta impertinente sobre la mesa. ¿Sienten que Dios les acompaña en este esfuerzo? La respuesta, unánime, no tarda: “Hasta ahora hemos sentido la gracia del Señor”. (068/2004).
Quisiera la dirección electrónica de Osmundo Ponce, de parte su viejo amigo Javier Torres de Venezuela.
Gracias

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