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Jueves 3 de Noviembre, 2005

Después del “Kairos”, la iglesia en Sudáfrica enmudece

Manuel Quintero, CIUDAD DEL CABO, Sudáfrica, Noviembre 18, 2003

El kairos, el “tiempo de Dios”, parece cosa del pasado.  Las iglesias sudafricanas, que conmovieron Taxi Heathrow Airport al mundo con un documento histórico que ayudó a encauzar las energías de muchos en torno a la lucha por la liberación en este país, parecen optar hoy por el silencio y una “solidaridad crítica” que pone en entredicho su vocación profética.

En los días más difíciles de la lucha contra el apartheid, cuando la represión hizo muy difícil el trabajo conspirativo y organizativo de los sindicatos, las asociaciones estudiantiles y los movimientos de liberación, las iglesias fueron una de las pocas organizaciones democráticas que pudieron sobrevivir.  Y ese simple hecho las convirtió en espacio de reunión y bastión indiscutible de la oposición al régimen.

En esa época se creó una “iglesia dentro de la iglesia”, constituida por los elementos más radicalmente opuestos al apartheid, y ese grupo de obispos y pastores, teólogos y laicos, produjo en septiembre de 1985 el célebre Documento Kairos, que marcó un hito en la historia del cristianismo y del movimiento ecuménico en este país.

Reflejo del reconocimiento de los movimientos de liberación al significativo papel de las iglesias, fue el nombramiento del obispo anglicano de Johannesburgo, Desmond Tutu, para presidir la Comisión de Verdad y Reconciliación, un organismo que desempeñó un papel de primera importancia en la transición.

Pero el triunfo de los movimientos de liberación significó que “algunas de las figuras más prominentes de esa iglesia profética estén incorporados hoy en el aparato del Estado, en organizaciones no gubernamentales y en los partidos políticos, y así la iglesia perdió muchos de sus profetas”, señala el Dr. Charles Villa-Vicencio, director del Instituto por la Justicia y la Reconciliación, con sede en esta ciudad.

Hoy la iglesia está dividida en tres grupos: los que trabajan estrechamente con y dentro del gobierno, una pequeña minoría que es crítica de algunas políticas oficiales, y una gran masa que todavía busca la manera de comprometerse en este proceso, afirma Villa-Vicencio.

En todo caso, la actitud predominante parece ser de neutralidad, cuando no de estrecha complicidad con los gobernantes del país, como se evidencia en el caso de Zimbabwe.

“Las iglesias sudafricanas saben muy bien que las últimas elecciones en Zimbabwe fueron arregladas para que Mugabe continuara en el poder, y reconocen que en ese país hay una dictadura.  Sin embargo, el Concilio de Iglesias de Sudáfrica emitió recientemente una declaración en la que afirma que las elecciones fueron justas”, afirma el padre Joe Modhela, director de Comunicaciones de ese organismo.

¿La razón de esa flagrante distorsión de la verdad?  Evitar un conflicto con la posición oficial del gobierno sudafricano, que ha buscado echar una cortina de humo sobre la realidad en el vecino país.

Se ha definido la relación con el gobierno como una de “solidaridad crítica”, es decir, participar en el proceso de transformación de una manera tal, que la crítica no haga desaparecer la solidaridad.  En esa dinámica, algunos principios tienen que ser comprometidos para que dicha solidaridad exista, aclara el padre Modhela.

Pero, en su opinión, la dimensión crítica aparece muy raras veces, algo que también ocurre con otras fuerzas y personalidades políticas en el país.

“Es una actitud basada en el miedo de perder la relacion con los antiguos camaradas de la lucha contra el apartheid”, reconoce el funcionario del Concilio, un organismo que agrupa a 26 de las mayores iglesias cristianas del país, incluyendo la Católica Romana, y que constituye la voz más autorizada del pueblo cristiano sudafricano.

Como otros países africanos, la población de Sudáfrica es mayoritariamente cristiana. Alrededor de 26 de los 41 millones de habitantes del país, el 63 por ciento de la población, está afiliado a alguna iglesia cristiana.  La mayoría de los blancos y mulatos, el 60% de los negros y el 40% de los indios profesa el cristianismo; el 2% son musulmanes y el 1.5% hinduistas, mientras que el 33.5% restante practica las religiones ancestrales y animistas.

La pérdida del “enemigo común”

Algunos analistas creen que la desaparición del apartheid también significó para las iglesias la pérdida de un enemigo común fácilmente identificable, un factor que inspiró su accionar durante los años de la lucha por la liberación. En los años subsiguientes, esas iglesias no han sido capaces de identificar su nuevo papel en la etapa de construcción de la nación.

A ello se suma el hecho de que la constitución de Sudáfrica reconoce el derecho y la igualdad de todas las religiones, y que establece un Estado secular en el que el cristianismo no goza de privilegios, mucho menos de la hegemonía que disfrutó en su versión reformada y calvinista durante el régimen del apartheid.

Hay ejemplos, no obstante, que muestran una renovada vitalidad de ciertas iglesias en el contexto sudafricano.  Quizás el más notable es el de la Iglesia Católica Romana, que se vio frecuentemente reprimida bajo el régimen del apartheid en virtud de la política del gobierno y de su ideología pretendidamente reformada.  Hay muchos sacerdotes católicos en las barriadas pobres altamente politizados que desempeñan un papel muy destacado en la lucha contra las injusticias, dice el padre Modhela.

El obispo de Rustemburg, Kevin Dowling, ha alcanzado notoriedad internacional por sus pronunciamientos sobre el problema del VIH/SIDA y por su postura en favor de levantar la prohibición contra el uso del condón en el país, lo que le ha colocado en abierta oposición a la política oficial del Vaticano.

Se calcula que 4.7 millones de sudafricanos, más del 10 por ciento de la población, están infectados con el virus de inmunodeficiencia humana (HIV).  Las proyecciones más pesimistas indican que, dentro de 3 años, 250 mil sudafricanos podrían morir de SIDA anualmente, y que en el 2008 la esperanza de vida en el pais podría reducirse a 40 años si no se toman medidas urgentes para contrarrestar los efectos de la pandemia.

También del lado de las iglesias pentecostales, en su mayoría fruto de esfuerzos misioneros originados en los Estados Unidos, se advierte una importante animación y un esfuerzo por plantear temas de índole moral y ética en la agenda pública, a la vez que una permanente movilización de los sectores más desafavorecidos que resulta indispensable para la consolidación de la sociedad civil y de la democracia en Sudáfrica.          

Algunos signos parecen indicar, además, que las iglesias históricas y el movimiento ecuménico están comenzando a reconsiderar su actitud y a asumir un papel más crítico y proactivo frente a los ingentes problemas que vive el país, desde la proliferación del SIDA hasta la inadecuada distribución de las tierras, sin olvidar la corrupción en los círculos gobernantes.

Quizás esa actitud de genuina solidaridad crítica fue la que inspiró las palabras del saliente obispo metodista de Cape Town, Rev. Peter Storey, en el acto de instalación de su sucesor, el Rev. Ivan Abrahams: “Usted no puede cenar con el César un día, y al siguiente día profetizarle”.

Los profetas verdaderos, como enseñan las Escrituras, rara vez fueron populares.  Pero quizás llegará el día, para beneplácito de la sociedad sudafricana y de otros muchos países en el mundo, en que los gobernantes tendrán la sabiduría para escucharles, y los profetas para decir su palabra de juicio durante la sobremesa.