Resveratrol
Manuel López, MADRID, España, Setiembre 19, 2003
Sí, han leído bien. Resveratrol. A quienes no lo conozcan, puede que este “palabro” les Taxi Heathrow Airport suene raro, como a medicamento. Pero no; se trata de una sustancia altamente benéfica que se encuentra en la uva y se conserva íntegra en el vino.
Una sustancia que, por más señas, protege las uvas contra las plagas de hongos y, macerada y hecha vino, previene enfermedades geriátricas, como el Alzheimer, a la vez que ejerce una acción anticancerosa, lo que se traduce en que ayuda a prolongar la vida, y nada menos que un 30 por ciento.
Los científicos, al fin, constatan lo que es sabido desde tiempos inmemoriales: que el vino, señoras y señores, tiene efectos cardiovasculares saludables.
Quienes se esfuerzan por adentrarse en la cultura del vino suelen mezclarlo con agua, para “rebajarlo”. Pero la historia nos dice que lo correcto es justamente lo contrario: según relatos de la época, los soldados romanos utilizaban vino para purificar el agua durante sus operaciones militares.
Ahí estamos. La prensa internacional se ha hecho eco recientemente de un informe sobre el resveratrol aparecido en la revista “Science”. La conclusión es que si un hombre –o una mujer, claro– empieza a tomar una copa de vino tinto al día a partir de los cincuenta años, podría “sólo con eso ganar diez años de vida adicionales”.
El vino. Aleluya. Y ay. Aleluya, porque la Biblia, gracias a Dios, sigue siendo el referente. Ay, por tantas campañas crueles, demoledoras, a lo largo de tantos años, con tal cantidad de medios y con tan claras motivaciones económicas contra el consumo del natural fruto de la vid, alentadas, a ver, desde los entornos de la todopoderosa industria de los brebajes de cola.
Me pregunto qué sería de nosotros los españoles si nos plantáramos en Estados Unidos anatematizando las bebidas/brebaje de cola y llamando adictos a sus consumidores…
Se dice que tiene que haber gente para todo y en mi país, España, no faltan quienes, aunque no se atrevan a decirlo, en el fondo piensan que la verdadera integración sociocultural de la creciente población inmigrante sólo se llegará a producir el día en que los extranjeros, "nuestros" extranjeros, opten por beber vino en las comidas.
Ya lo sé, quienes así piensan no suelen gozar allá de grandes simpatías en los altos despachos eclesiásticos de las sedes centrales de las misiones foráneas, Se les tilda de inmediato de gente “del mundo”, abiertamente “pecadora”; personas, en fin, “poco espirituales”. Seres políticamente incorrectos, vaya. Bravo; soy uno de ellos.
Lo cierto es que son montañas las investigaciones que destacan los efectos positivos de un consumo moderado del vino, sobre todo el tinto, en las comidas. Datos cantan –y en EE,.UU. no tienen más remedio que reconocerlo–. Los consumidores moderados de vino rebajan en un 50 por 100 la probabilidad estadística de morir por ataques cardiacos; en un 20 por 100 los de morir por otras causas y también sufren menos hospitalizaciones debidas a patologías cardiovasculares. Ahí queda eso.
Ingenuo que es uno, sigo sin explicarme por qué en tantas iglesias alineadas con las consignas de la militancia –comercial e ideológica, que no religiosa o espiritual– anti-vino se sigue viendo en sus altares un ramillete de espigas de trigo y un racimo de uvas, las señales del Nuevo Pacto. Ya puestos, yo estaría por animarles a que pusieran una bolsa de comistrajos sintéticos y una lata de brebaje de cola.
La Biblia no muda y nos sigue diciendo que la vid es un fruto natural de la tierra. Para nosotros en España, la cultura mediterránea del vino nos es tan consustancial como… ¡en Israel!
¡Jesús bebía vino! Normal.
Las misiones internacionales de América hacia España lo ignoran, pero el Salmo 104,15 afirma que el vino es una creación de Dios, como el aceite y el pan. De donde: a) el pan “sustenta la vida del hombre”, b) el aceite “hace brillar el rostro” y c) el vino “alegra el corazón del hombre”.
Alegría… y salud. No sólo en el protocolario, sino en el sentido etimológico estricto del término. El Buen Samaritano cura al hombre medio muerto tendido en el camino no con productos del maletín de primeros auxilios del “drugstore” o la “pharmacy”, sino con… aceite… ¡y vino! (Lucas 10,34).
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Manuel López, es periodista, editor y profesor de Ciencias de la Comunicación. Miembro de la Primera Iglesia Bautista de Madrid.

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