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Lunes 12 de Noviembre, 2007

De Juan de Valdés a la “evan–jerga”

Manuel López, MADRID, España, Agosto 19, 2003

De no haber sido heterodoxo en la católica España del siglo XVI, Juan de Valdés Taxi Heathrow Airport habría sido a buen seguro reconocido como quien realmente fue: uno de los padres de la gramática del idioma español actual. (Al otro padre de la Lengua, Antonio de Nebrija, quien sería oficialmente reconocido como tal sobre la exclusión de Valdés, le bastó con ser católico, o al menos con no ser erasmista, léase protestante como Valdés).

El libro básico de Juan de Valdés, “Diálogo de la Lengua”, debería ser obligatorio que estuviese en las bibliotecas de las iglesias evangélicas que se expresan en español. Por no hablar de sus otras obras, éstas clásicas de la literatura de la Reforma Protestante, como son el “Comentario a los Salmos” o ”El Evangelio según San Mateo”.

El lenguaje, la herramienta más precisa y viva de que disponemos los humanos, ya se sabe: está permanentemente “en obras”, siempre forjándose, reinventándose, fijándose, actualizándose. En cierto modo, puede hablarse del cultivo del lenguaje como la “agricultura” básica que todos los humanos estamos llamados a practicar.

Así, surgen de continuo “palabros” de nuevo cuño o acepciones nuevas, a veces acertadas y oportunas y otras veces “inopinadas”, cuando no “políticamente incorrectas”, de voces existentes en el Diccionario de la Lengua. Por poner un ejemplo, el otro domingo, a la salida del culto en la iglesia, saludé a una persona a la que veía por vez primera. Intercambiamos unas palabras de saludo. La cosa empezó con mi saludo inicial, un “¡hola!”, y terminó con el suyo de despedida, un “¡bendiciones!” (¡?).

La divergencia semasiológica entre ambas expresiones habla por sí sola. Cierto, ambas palabras son meros formulismos. Pero entre “hola” y “bendiciones” media mucha… ideología. Mucha… teología, también.

Nuestro “hola”, como el “hello” inglés o el “hi” estadounidense, es un saludo… civil. Otra cosa bien distinta es, sin duda, el cortés y religioso “Buenos días nos dé Dios” que se pronunciaba en otros tiempos a la vez que se procedía ceremoniosamente a descubrirse la cabeza.

Quitarse la gorra para saludarse, invocando además en tan rutinario trance al Altísimo. Qué hermoso. Y cuán triste, la nueva ¿cultura? de no quitarse la gorra, para más “inri” vuelta del revés, ni siquiera para comer… a dos carrillos, sin cerrar la boca y escondiendo una mano bajo la mesa. Herman@s: ¡hay que evangelizar USA! Basta de mascar chicle con la gorra puesta. El Evangelio también es urbanidad y buenos modales.

De la “agricultura”, el paciente, sosegado, creativo, solidario cultivo del idioma, hemos pasado  –mejor dicho, “nos han” pasado– a la “caza”, el atropello súbito e incivil del lenguaje con “palabros” cuyo significado sólo entienden sus muñidores en los despachos eclesiásticos y en los gabinetes de mercadotecnia religiosa de telepredicadores ricos y famosos.

Gracias a Dios, el Jesús de los Evangelios no nos habla en la torpe y pobre clave de la telepredicación ni en el registro cursi de la coritología, sino en… cristiano. En el lenguaje corriente y moliente de la calle, el que todos los mortales entendemos, vaya.

Dios se hizo hombre. No clérigo.

(Continuará).

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Hay creyentes, ay, que borraron de sus vocabularios la palabra “ojalá” creyendo que es un término “esotérico” cuando en realidad es… ¡religioso!: “law sá llá”, esto es, “Si Dios quiere” en el árabe hispano, la frase–tipo de encomendación a Alá, ¡el mismo Supremo Hacedor, el Dios de Abraham a quien los hebreos llaman Jehová y nosotros los cristianos llamamos Dios!

En este tiempo en que vivimos, ¡gracias a Alá/Jehová/Dios!, en una sociedad secularizada –la que vemos reflejada, sin ir más lejos, en el pasaje del Juicio de las Naciones en Mateo 25–, resulta altamente preocupante la proliferación de cierta terminología evangélica que un servidor llama “evan–jerga”.

“Evangelismo”, por ejemplo, es un término que no viene en el Diccionario. Procede decir evangelización. Como tampoco vienen “palabros” que se están colando en la terminología eclesiástica neoprotestante o “evangelical”, como “inspiracional” (inspirador/a, inspirativo/a), “llamado” (llamamiento), “femenil” (femenino/a o, mejor aún, “de mujeres”), “asociacional” (asociativo/a), “consejería”, (dirección espiritual)…

Por no hablar de ”palabros” que se dan de patadas no ya contra el Diccionario, sino contra el buen gusto, como es el caso de ”iglecrecimiento”, apresurada traducción al “spanglish” del inglés ”church growth”, crecimiento de la iglesia. Por esa regla de tres, bien podríamos ir introduciendo “palabros” más a tono y de más clara raíz hispana, como, por ejemplo “predinisu” (por “predicador al que ni su padre le aguanta el rollo”).

De la construcción paciente y ordenada del idioma, la “agricultura” de las palabras, hemos pasado a la “caza”, la incorporación irreflexiva y violenta de “palabros” mal traducidos del inglés.  Gran parte de la culpa del atropello del idioma corresponde a la cicatería presupuestaria de las prepotentes maquinarias empresariales de los telepredicadores de grande fama y renombre, en las que mandan los profesionales de la mercadotecnia pura y dura, aplicada a la venta de religión, esto es, los modernos “cazadores” cuyo principal empeño es anular a los “agricultores”, como sería el rodearse de buenos profesionales de la comunicación.

-“Les voy a >compartir< un mensaje...”

-“Pásate por casa, tomamos un café y >compartimos<…”

Mentira.

En el primer supuesto, el orador no se propone >compartir< nada, sino >impartir< su discurso... “Largar” su “rollo” que se dice en el lenguaje común en España, vaya.

En el segundo, el café ya es el objeto del >compartir< (“repartir, dividir, distribuir las cosas en partes / participar en alguna cosa”). Lo otro es >departir<...

Del orden gramatical del protestante Juan de Valdés, ya ven, se está retrocediendo a pasos agigantados a una “evan–jerga” cada vez más empobrecedora. Un servidor es de los que no se cansan de predicar en el desierto en la denuncia de los continuos atropellos que, sin duda con las mejores intenciones y además pretendiendo hacerlo “en nombre de Dios”, se están infligiendo al bendito idioma de Cervantes desde el campo “evangelical”.

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Manuel López es periodista, editor y profesor de Ciencias de la Comunicación. Miembro de la Iglesia Bautista de Madrid.